20
Emma llevaba dos días fingiendo que no le dolía el cuerpo. No era solo el cansancio de los caminos ni el frío que se le había metido en los huesos bajo la lluvia. Era el miedo. Un miedo viejo y feroz, más hondo que cualquier herida: el de no saber dónde estaba Sean.
Había tomado la decisión de alcanzar el campamento con una urgencia que, en otro momento, habría llamado insensatez.
Sin embargo, cuando una madre imagina a su hijo solo, hambriento o aterrado, la prudencia se convierte en una palabra pequeña.
A Emma le bastaba con recordar los rizos rojos de Sean y la manera en que pronunciaba cuentos a medias antes de dormir para seguir andando.
La caravana avanzaba al norte entre carros pesados, mulas agotadas y el olor agrio de las lonas empapadas.
No era una guerra limpia ni ordenada, como la describían ciertos caballeros al hablar de mapas.
Era una crisis de caminos, desalojos, hambre y banderas.
Los periódicos discutían el Home Rule y los derechos de Irlanda; en los pueblos, en cambio, grupos armados aprovechaban el desorden para cobrar venganzas, saquear provisiones y sembrar temor entre quienes no tenían con qué defenderse.
Emma había visto cosas que le costaría borrar de la memoria: heridos abandonados junto a las cunetas, hogares vaciados a toda prisa, mujeres que no miraban a los ojos porque el espanto les había robado la costumbre.
Cada visión le dolía como si le rasgaran una capa más del corazón.
Aun así, no podía detenerse. Sean la necesitaba.
La primera noche, Emma no pudo comer. Agnes le ofreció una corteza de pan duro y un poco de té aguado, y ella la aceptó solo para que no se ofendiera.
Después, cuando las ruedas dejaron de sonar y las demás mujeres se acomodaron para dormir, escuchó historias en susurros: una madre que había dejado a tres hermanos menores en una buhardilla de Belfast; otra que había huido de un patrón violento; una tercera que enviaba casi todas sus monedas a una abuela ciega.
Ninguna hablaba de placer ni de libertinaje.
Hablaban de sopa, de carbón, de alquileres atrasados y de niños que debían llegar vivos al invierno.
Emma se sintió avergonzada por las ideas que había tenido durante años.
En los salones, la desgracia solía convertirse en rumor y los rumores, en una forma cómoda de sentir superioridad.
Allí, rodeada de lana húmeda y olor a caballo, comprendió que la moral de las personas que nunca habían pasado hambre era una cosa fácil de defender.
—No vuelvas a mirarnos con pena, lady —le dijo Brenda cuando Emma le pidió perdón—. La pena no alimenta a nadie. Pero, cuando tengas poder, úsalo mejor que los que lo tuvieron antes que tú.
Emma asintió sin saber que esa frase terminaría acompañándola incluso cuando fuera vieja.
Si volvía a Longford, cambiaría las cosas que pudiera cambiar: las cuentas de las familias, los empleos, las habitaciones para mujeres sin amparo, los hospitales pequeños a los que nadie destinaba dinero porque no daban prestigio.
Sean debía regresar a un mundo un poco menos cruel que aquel.
Las mujeres que viajaban con la caravana habían sido las primeras en advertir que Emma no pertenecía a aquel mundo.
No lo dijeron de inmediato; la observaron durante horas: las manos finas, la forma de pronunciar ciertas palabras, la manera en que se sobresaltaba al escuchar un grito.
Sin embargo, ninguna la dejó expuesta. Brenda, una mujer de voz grave y cabello oscuro recogido con una cinta roja, fue la primera en ofrecerle un rincón junto a las mantas.
—Tienes que esconderte mejor, querida —murmuró, acomodándole un chal sobre los hombros—. Cuando lleguemos, habrá hombres que no harán demasiadas preguntas antes de inventarse una respuesta.
Emma asintió. Llevaba el vestido manchado de barro y la garganta reseca, pero todavía conservaba el orgullo suficiente para no llorar frente a ellas.
—No sé cómo agradecerles que me protejan.
La joven Agnes, apenas mayor que una niña, se sentó junto a Brenda y le sonrió con una timidez luminosa.
—Desde el principio supimos que no eras de las nuestras —dijo—. No por mala, sino porque miras como si el mundo pudiera ser distinto.
Emma bajó la vista. Aquello le dolió más que un reproche.
—Yo también creía que el mundo era distinto —admitió—. Crecí rodeada de salones, vestidos y personas que podían comprar silencio. Pensaba que las mujeres como ustedes habían elegido una vida fácil o frívola. Qué poco sabía.
Brenda soltó una risa sin alegría.
—Nadie llama fácil a una vida cuando tiene hambre.
—Lo sé ahora —respondió Emma con la voz baja—. Cuando regrese, haré cuanto esté en mis manos para que nadie tenga que elegir entre comer y humillarse.
—¿Y por qué vas al campamento? —preguntó Agnes—. Una mujer como tú debería huir de un sitio así.
Emma se llevó una mano al pecho. Por un instante, la palabra hijo se le clavó en la garganta.
—Se llevaron a Sean. A mi niño. Creo que mi esposo puede ayudarme a encontrarlo.
Las dos mujeres guardaron silencio. Luego Brenda tomó la mano de Emma y la apretó con fuerza.
—Entonces llegaremos contigo hasta donde haga falta.
El agradecimiento de Emma fue interrumpido por dos soldados que se acercaron tambaleándose con una botella entre las manos. Sus risas venían antes que ellos. Agnes y Brenda intercambiaron una mirada rápida; sin explicaciones, ocultaron a Emma bajo las mantas y unas bolsas de ropa.
—Mis muchachas —canturreó uno de ellos—. ¿Acaso planeaban escabullirse sin saludarnos?
—¿Escabullirnos? —replicó Brenda, fingiendo indignación—. Me gusta que me atrapen, pero solo cuando lo merecen.
Los hombres rieron. Agnes les siguió el juego con una ligereza que a Emma le pareció heroica. Los alejaron de la carreta entre bromas aprendidas a la fuerza. Emma permaneció inmóvil, con la respiración contenida y la vergüenza mezclándose con una gratitud tan grande que casi la hizo sollozar.
Debía volver. Debía sacar a Sean de aquella pesadilla. Y, cuando lo hiciera, no olvidaría jamás los nombres de Brenda y Agnes.
A varias millas de allí, Charles Donovan inclinaba la cabeza sobre un mapa extendido en la mesa central de su tienda.
La lona carmesí se movía con el viento y dejaba entrar el olor a turba húmeda, cuero, aceite de armas y humo de leña.
Sobre el papel, Lough Foyle era una curva azul; en torno a ella, pequeñas marcas de tinta indicaban aldeas, patrullas, caminos anegados y puntos donde se habían denunciado ataques contra convoyes.
No se trataba de una guerra declarada entre dos ejércitos, por más que algunos periódicos quisieran venderla como tal.
Charles dirigía una fuerza provisional formada para proteger rutas, propiedades y poblaciones civiles mientras la agitación política y agraria se extendía por el norte.
Era una tarea ingrata: demasiados hombres armados, demasiadas lealtades mezcladas, demasiadas familias atrapadas en medio.
Desde hacía semanas, Charles repetía a sus oficiales que no había victoria posible si convertían cada aldea en un enemigo.
Había hombres que no entendían aquella idea.
Creían que el uniforme les otorgaba permiso para tomar, castigar o mandar sin medida.
Charles, en cambio, había visto suficiente sufrimiento en los caminos para saber que el miedo no engendraba obediencia: solo resentimiento.
Sobre la mesa, una carta sin abrir llevaba el sello de Longford.
La había recibido días atrás; no se había atrevido a romper el lacre porque temía que contuviera una noticia que no pudiera soportar.
Cada vez que pensaba en Emma, la imaginaba con Sean en brazos, más tranquila de lo que él merecía.
No sabía que ella había estado llorando por el niño; no sabía que se acercaba a su campamento por un camino donde un solo error podía costarle la vida.
—Y, cabo —añadió cuando el hombre ya iba a retirarse—, que los centinelas refuercen el perímetro del río. No quiero ataques contra los carros de suministros ni contra las familias que cruzan por allí.
—A la orden, mi general.
—Mi general —anunció un cabo desde la entrada—. Los vigías han visto llegar las caravanas de Belfast.
Charles alzó la vista.
—Que el administrador revise las medicinas y las provisiones. Y que nadie moleste a las mujeres que viajan con ellas. Quiero disciplina, cabo; no una jauría.
—Sí, mi general.
Cuando el hombre salió, Charles dejó caer la espalda contra la silla.
Llevaba noches durmiendo apenas unas horas.
Sean estaba perdido, Emma en Longford, y la distancia entre ambos le había dejado un sabor metálico en la boca.
En sus momentos más silenciosos, se preguntaba si ella lo odiaba todavía.
En los peores, se preguntaba si estaba viva.
El campamento recibió a las caravanas con un rumor de botas, gritos y ruedas contra el barro.
Emma, escondida entre mantas, esperó hasta que el movimiento disminuyera.
Había llegado; lo sabía por el ruido de órdenes y por los estandartes que vio a través de una rendija.
Ahora solo debía encontrar a Charles sin que nadie la descubriera.
Eso fue lo que intentó. Pero el miedo tiene manos torpes. Cuando los hombres comenzaron a descargar las cajas, uno de ellos levantó una lona y la encontró encogida entre las mantas.
—¿Y esta joya de dónde ha salido? —exclamó.
Emma retrocedió. Vio cómo algunas cabezas se volvían hacia ella, cómo una sonrisa demasiado ancha se dibujaba en varios rostros.
Corrió antes de pensar. Sus botas resbalaron en el lodo y cayó de rodillas.
Dos hombres la alcanzaron; la sujetaron por los brazos mientras otros se reían, celebrando su vulnerabilidad como si fuera un juego.
—Suéltenme —dijo Emma con una fuerza que no sentía—. No tienen derecho.
—Aquí todos tienen derecho a lo que encuentran —respondió uno, acercándose demasiado.