19 #2
La palabra cayó en el despacho como una pieza de hielo. Genoveva se tambaleó y Francisco tuvo que sostenerla. Clare llevó una mano a su boca. Gregory cerró los ojos un instante, como si necesitara impedir que la rabia hablara antes que él.
—Cuéntamelo todo —dijo.
Emma lo hizo. Sin lágrimas, sin adornos. Al terminar, Gregory caminó hasta el escritorio y apoyó ambas manos sobre la madera.
—El grupo que opera en esa zona ha estado asaltando caravanas y reteniendo a quienes creen ligados a grandes propiedades —dijo—. No responden a ningún mando político serio. Aprovechan las disputas por la tierra y la inseguridad de los caminos.
—¿Dónde está Charles? —preguntó Emma.
Gregory tardó demasiado en responder.
—Su destacamento está al norte, cerca de Lough Foyle. Deben proteger los caminos, escoltar suministros y localizar a esa banda.
—Entonces iré con él.
—No —dijo Raj a su espalda.
—No —repitió Gregory.
Emma se volvió hacia ambos.
—No os he pedido permiso.
—Y yo no te daré la ubicación exacta —continuó Gregory, con voz grave—.
El campamento no es un lugar para ti, Emma.
Ni para ninguna dama que viaje sin escolta.
Hay puestos de control, patrullas, caballos nerviosos, hombres armados y demasiada gente que estaría encantada de usar tu apellido contra Charles.
—Mi hijo ya está siendo usado contra él.
—Precisamente por eso no puedes exponerte.
Clare dio un paso hacia Emma.
—Déjanos enviar un telegrama. Gregory puede hacer que llegue por la línea de Derry y luego por mensajero. Charles sabrá qué hacer.
—¿Y mientras tanto yo qué hago? ¿Me siento en una habitación a esperar a que otra persona decida cuánto vale la vida de mi hijo?
—No has entendido —dijo Francisco con suavidad—. Sean es también nuestro nieto. Vamos a mover todo lo que podamos. Pero no te dejaremos entrar en una zona de disturbios sin protección.
Emma soltó una risa corta, incrédula.
—Me vais a dejar encerrada, entonces.
—Te vamos a proteger —corrigió Genoveva, con lágrimas.
—No necesito que me protejan de mi propio hijo.
La discusión se prolongó hasta que la voz de Emma se volvió ronca. Gregory prometió mensajes, dinero, contactos, una recompensa, hombres de confianza. Todo sonaba inútil.
Finalmente, Emma salió del despacho con la respiración agitada. En el pasillo, un asistente de Gregory pasó junto a ella llevando una cartera de cuero. El sello oficial de un despacho recién llegado destacaba sobre el papel húmedo.
Emma se detuvo.
No fue el sello lo que reconoció, sino la línea breve, escrita en el margen con tinta más oscura: una sucesión de letras y números que nadie en aquella casa habría entendido.
Charles se la había enseñado de niño. A ella, a sus primos, como un juego durante los veranos en Inglaterra. Un código sencillo, casi ridículo, creado para intercambiar secretos y luego adaptado por él a las comunicaciones de campaña.
El asistente dejó la cartera sobre una mesa lateral para ir en busca de Gregory. Emma no pensó. Abrió el despacho, encontró el pliego y leyó.
No necesitó más de un minuto.
Una referencia a la ribera occidental de Lough Foyle. Un puesto de mando temporal. Un apellido de coronel. La ruta por la que debían circular los suministros al amanecer.
Cuando Raj la encontró, Emma ya se había puesto el abrigo.
—No vas a hacer una locura —dijo él.
Ella levantó la vista. En sus manos tenía la manopla roja de Sean y el papel doblado en el bolsillo.
—Raj, mi hijo está solo.
—Y tú no puedes ir sola a un campamento.
—No iré como condesa.
—Emma...
—No me detengas.
Raj la miró con furia, con miedo y con una lealtad que a veces pesaba más que una cadena.
—Charles me pidió que cuidara de ti.
—Charles no ha estado aquí en dos años.
La frase lo hizo callar.
—Quédate con Mary —continuó Emma, más suave—. Dile que estoy buscando a Sean, no que estoy huyendo. Y no permitas que nadie diga que lo abandoné.
—No diré eso jamás.
Emma se acercó y le tomó las manos.
—Sé que no.
Al anochecer, Emma regresó a Longford sin escolta.
Entró por la puerta de servicio, subió a su habitación y abrió el armario donde guardaba la ropa que ya no usaba: vestidos de lana sin bordados, un abrigo gris, botas de montar endurecidas por el barro.
Se quitó las joyas, el anillo con el escudo Donovan y la cadena que Gertrudis le había regalado. Dejó todo sobre la mesa.
La señora O’Briain la encontró mientras se recogía el cabello bajo un pañuelo oscuro.
—Mi lady, ¿qué hacéis?
—Viajar.
—No con ese aspecto.
—Justamente con este aspecto.
La anciana la miró durante un largo momento. Luego abrió un cajón, sacó un chal grueso y se lo puso sobre los hombros.
—Mi hija viajaba así cuando llevaba pan a las familias junto al río —dijo—. Nadie mira dos veces a una mujer con las manos ocupadas y la espalda encorvada. Pero prométame que no dirá su nombre.
Emma sintió que la garganta se le cerraba.
—Lo prometo.
—¿Y el pequeño?
—Lo traeré de regreso.
Antes de partir, dejó una nota para Mary. Solo cinco palabras: «Por Sean. Vuelvo con él.»
La caravana de abastecimiento salía antes del alba.
Transportaba sacos de harina, vendas, medicinas, café, carbón y barriles de agua hacia los puestos del norte.
Entre las carretas viajaban cocineras, lavanderas, una partera y dos mujeres que vendían cintas, tabaco y aguardiente allí donde acampaban los hombres.
Nadie preguntó demasiado cuando Emma se presentó como Mara, una viuda dispuesta a lavar ropa a cambio de un asiento y un poco de comida.
El carro olía a lona húmeda, vinagre, madera vieja y lana sin secar. Las mujeres la miraron de arriba abajo, desconfiadas de sus manos demasiado finas y de su acento imposible de ocultar por completo.
—No pareces lavandera —dijo una, sin malicia, pero sin suavidad.
—Tampoco parezco una mujer que tenga algo que perder —respondió Emma.
La otra la observó unos segundos y luego apartó la vista.
El carruaje se puso en marcha. Las ruedas crujieron sobre el barro. A lo lejos, Longford fue empequeñeciéndose hasta convertirse en una sombra de piedra tras la neblina.
Emma apretó la manopla roja de Sean dentro del bolsillo.
No sabía qué encontraría al llegar al norte. No sabía si Charles la recibiría con rabia, con alivio o con aquella distancia que tanto le había dolido. No sabía si los hombres que se habían llevado a Sean pedirían rescate, venganza o algo peor.
Pero ya no importaba.
No viajaba como la esposa de un general ni como la señora de Longford. Viajaba como una madre y una madre con el corazón quebrado podía ser más peligrosa que cualquier ejército.