19
«¿Cuántas veces ha atacado la soledad este cuerpo mío? No hay alma que consiga salvarme de la estancia vacía en la que yo misma he aprendido a encerrarme. Es una caída libre que podría frenar, y sin embargo no lo hago; acaso porque conozco demasiado bien el abismo que me espera.
»He intentado aferrarme a cada rama que se cruza en el descenso: a una palabra, a una promesa, a la tibieza de una mano. Pero las ramas se quiebran. Y, aunque llevo horas, días o quizá años cayendo, el fondo no llega nunca. No es volar ni flotar. Es una sensación fría, persistente, de ahogo.»
—¿Y bien? —preguntó Emma, alzando la vista de las páginas con una mezcla de pudor y entusiasmo—. ¿Qué pensáis?
Mary y Rajá se miraron por encima de las hojas. En los dos había una tristeza tan visible que Emma se arrepintió casi de haber leído en voz alta. Llevaban cerca de dos años en Longford.
Dos inviernos de escarcha sobre los cristales, dos primaveras de brezos violetas en las laderas, dos cumpleaños de Sean y dos años sin una carta íntima de Charles.
—Es hermoso —dijo Mary al fin—. Pero también… duele.
—Eso quería —respondió Emma, recogiendo las páginas antes de que la emoción se le notara—. No todas las historias terminan con un salón iluminado, un vals y un hombre que sabe qué prometer.
Raj, apoyado junto a la ventana, cruzó los brazos.
—Es distinto a lo que habéis publicado antes, mi lady.
—Por eso lo enviaré hoy mismo a la editorial —dijo ella con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Me he cansado de fingir que la vida siempre es bondadosa con los personajes que la merecen.
Desde Londres y Belfast llegaban, de vez en cuando, noticias impresas en papel barato: debates sobre la autonomía irlandesa, nuevas disputas por las rentas, desalojos, rumores de grupos armados aprovechando el miedo de las familias rurales.
También aparecían informes secos sobre la columna de seguridad que Charles dirigía en el norte, cerca de Lough Foyle, donde los caminos se habían vuelto inseguros para comerciantes, médicos y mensajeros.
Pero nunca llegaba una carta para ella.
Emma había dejado de preguntar. Al principio, lo hizo por orgullo; después, por miedo a escuchar una respuesta que no pudiera sobrevivir.
En Longford nadie la obligaba a fingir que era otra mujer.
No había veladas en las que demostrar elegancia, ni risas ajenas que interpretar, ni puertas cerradas detrás de las cuales imaginar secretos.
Escribía, atendía el pequeño dispensario que había organizado junto con las familias de los alrededores y, cuando el tiempo lo permitía, corría por los jardines con Sean.
Muchos en el condado hablaban de la dulzura de la condesa de Longford.
La recordaban por el modo en que recibía a los arrendatarios que llegaban con los zapatos rotos y los niños hambrientos, por las mantas que mandaba distribuir antes de que el invierno endureciera los caminos, por las historias que leía a quienes aguardaban en la antesala del hospital.
Nadie sabía que, de noche, cuando Sean dormía y Mary apagaba la lámpara de su habitación, Emma lloraba con la cara escondida entre las sábanas.
Raj la acompañaba casi siempre que salía del castillo.
No porque ella se lo pidiera, sino porque él había decidido que era prudente.
Durante mucho tiempo, Emma se burló de su vigilancia.
Luego dejó de hacerlo. Había aprendido que la seguridad podía ser un gesto de afecto, aunque no siempre lograra aliviar la soledad.
—Emma —anunció Mary desde el umbral—, llevaremos a Sean a jugar con los Faray. La señora Faray prometió helado de vainilla, y tu hijo ya ha decidido que es el acontecimiento más importante de su vida.
La sonrisa de Emma apareció por fin. Sean estaba sentado sobre las piernas de su tía, con una bota desabrochada y los rizos rojizos revueltos sobre la frente.
Era una versión diminuta e insolente de su padre: ojos claros, mejillas redondas y una expresión que parecía estar a punto de meterse en dificultades.
—Sean, cariño —dijo Emma, levantándose para tomarlo por la cintura—, ¿te portarás bien?
—¡Sí! —aseguró él con una convicción sospechosa.
—¿Y obedecerás a la tía Mary y al señor Raj?
—¡Sí! Y quiero vainilla.
—Eso ya lo sabemos todos —murmuró Raj, ajustándole una pequeña bufanda de lana al cuello.
Emma besó a su hijo en ambas mejillas. Por un segundo, el olor a jabón de lavanda, leche y pan tostado la dejó sin aire. Lo sostuvo un instante más de lo necesario.
—Volved antes de que anochezca —pidió.
—Estaremos de regreso para el té —respondió Mary—. No te preocupes tanto.
No era preocupación, se dijo Emma mientras los veía partir. Era costumbre. Desde que Sean nació, cada despedida parecía tener el peso de una promesa.
Cuando el carruaje se perdió tras los árboles, la sonrisa se le apagó.
El gran vestíbulo de Longford volvió a parecer desmesurado: piedra gris, armaduras viejas, retratos de hombres Donovan mirando desde marcos oscuros.
Cada sala contenía algún rastro de Charles: una caja de acuarelas abandonada detrás de una biblioteca, partituras incompletas en el salón de música, libros de botánica apilados junto a mapas.
A veces Emma abría los cuartos que permanecían cerrados.
La señora O’Briain le había entregado copias de algunas llaves maestras con la solemne advertencia de que no debía tocar nada peligroso.
Emma fingió obedecer. Había encontrado habitaciones con pinturas de paisajes, una biblioteca desordenada, un cuarto lleno de instrumentos rotos y, en el ala más antigua, una estancia vacía con un diván en medio y un gran lucernario en el techo.
En los días de sol, la luz caía allí como una sentencia.
Se dirigía hacia esa parte del castillo cuando oyó su nombre.
—¡Emma!
No fue el volumen lo que la detuvo, sino el tono. Una voz quebrada. Un grito que no pedía ayuda: anunciaba el fin de algo.
Corrió.
Más tarde, recordaría aquella carrera como si la hubiera escrito otra persona.
Sus zapatos apenas rozaban la piedra. El aire se había vuelto espeso.
A su alrededor, los corredores se estrechaban y las puertas parecían demasiado lejos.
En su cabeza, una frase se repetía con la insistencia de un tambor: no, no, no.
Llegó al salón de entrada y vio a Mary en el suelo junto a su silla de ruedas. Raj estaba de rodillas a su lado, con una mano firme sobre su hombro. Dos criados lloraban cerca de la puerta abierta. Fuera, en el patio, un caballo relinchó con violencia.
Emma no oyó las primeras palabras que le dijeron.
Vio los labios de Mary moverse. Vio el rostro de Raj endurecerse. Vio a uno de los mozos con barro en el abrigo y sangre en la ceja. Pero el sonido parecía venir de muy lejos, amortiguado por el golpe brutal de su propio corazón.
—Emma —la sacudió Raj—. Respira. Tienes que respirar.
Ella abrió la boca, pero no salió nada. Las manos le temblaban tanto que tuvo que agarrarse al brazo de Raj para mantenerse en pie.
—¿Sean? —consiguió preguntar—. Dime que Sean está contigo.
Raj cerró los ojos.
Y Emma comprendió antes de que nadie pronunciara la verdad.
—No —susurró—. No. No, no, no.
Mary le tomó la mano con una fuerza desesperada.
—Nos detuvieron en el camino de los Faray —dijo entre sollozos—. Había hombres en la curva del viejo molino. No llevaban uniforme. Cubrían sus rostros. Dijeron que sabían quién era Sean… que sabían quién era su padre.
Emma se quedó inmóvil.
—¿Se lo llevaron? —preguntó con una calma que asustó a todos—. ¿Se llevaron a mi hijo?
—Raj intentó seguirlos, pero dispararon al aire y… —Mary se quebró—. Lo siento. Lo siento tanto.
Emma miró hacia la puerta abierta. El viento de la tarde entraba con olor a tierra mojada y estiércol de caballo. En el patio había marcas de ruedas, huellas, una pequeña manopla roja de Sean abandonada en el lodo. Se agachó, la recogió y se la apretó contra el pecho.
—Voy a buscarlo.
—Lady Emma —dijo Raj, poniéndose de pie—, no puedes salir sola. Esos hombres conocen tu nombre. No son soldados ni defensores de causa alguna; son criminales que se cubren con el desorden para extorsionar y aterrorizar a quienes creen que pueden pagar.
—Mi hijo está con ellos.
—Lo sé.
—Entonces no hay nada que discutir.
—Hay mucho que discutir —intervino Mary por primera vez con una firmeza que no solía permitirse—. Si vas tras ellos sin plan, te tomarán también. Sean necesita que pienses, Emma. No que te sacrifiques por impulso.
La frase la golpeó más fuerte que cualquier grito. Emma cerró los ojos. Sean necesitaba que pensara.
Cuando los abrió, ya no lloraba.
—Llévame a Londonderry. Necesito hablar con Gregory.
El trayecto hasta Londonderry se le hizo interminable.
Emma no miró los campos ni las aldeas que atravesaban.
Mantuvo la manopla roja de Sean entre las manos y repasó cada detalle que Mary había podido contarle: cuatro hombres, dos caballos, un carro sin insignias, rumbo norte. No era suficiente. No servía de nada.
Raj cabalgaba junto al carruaje, serio, silencioso. La lluvia había comenzado antes de que llegaran a las puertas de la residencia Donovan. El mayordomo palideció al verla bajar sin sombrero y con el vestido manchado de barro.
—Mi lady, ¿ha recibido noticias del conde? —preguntó, confundido.
—No —respondió ella sin detenerse—. ¿Dónde está el marqués?
—En el despacho, pero...
—Perfecto.
No esperó a que la anunciaran. Cruzó el vestíbulo, subió los escalones y abrió las puertas del despacho de Gregory con tal fuerza que el sonido hizo sobresaltarse a todos los presentes.
Gregory se puso de pie de inmediato. Clare estaba junto a una ventana con Renata en brazos; Francisco revisaba unos papeles junto a la chimenea. Genoveva, pálida, se llevó una mano al pecho.
—Emma —dijo Gregory—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Hay noticias de…?
—No sé nada de Charles —contestó ella—. Pero sé de Sean.
Nadie respiró.
—Lo han secuestrado.