18 #3
Gertrudis lo miró con una expresión que habría asustado a un ejército entero, pero se levantó.
—Voy a encontrar a Mary. No hagas llorar al niño ni a la madre —dijo—. Y, por una vez en tu vida, escucha antes de abrir la boca.
Charles esperó a que su abuela saliera. Luego se acercó a la cuna y contempló a Sean durante varios segundos. La rigidez de su rostro cambió; no se volvió débil, pero sí vulnerable.
—¿Puedo cargarlo?
Emma observó las manos de Charles. Eran grandes, curtidas, manos hechas para riendas, armas y cuentas de tierras. También habían sostenido la suya durante el parto, sin soltarla.
—Sostén su cabeza —dijo.
Charles asintió. Tomó al niño con una delicadeza casi incrédula y lo acomodó contra su pecho. Sean hizo una mueca, pero no lloró. Charles lo miró como si estuviera viendo un milagro que no se atrevía a tocar.
—Hola, hijo —murmuró.
Emma sintió un dolor extraño. Era hermoso verlo así. Y por eso mismo le resultaba insoportable.
—Longford estará preparado —dijo Charles al cabo de un momento—. Pero no partirás hasta que la señora Hargreaves confirme que estás recuperada. Mary puede ir contigo, y elegirás a las doncellas que quieras llevar. Nadie tomará decisiones por ti.
Emma lo miró con sospecha.
—¿Y tú?
—Debo presentarme en tres días por los disturbios del oeste. No es una guerra abierta, Emma. Pero habrá patrullas y una escolta que organizar. Me han pedido ir.
—¿Y aceptarás?
Charles cerró los ojos un momento.
—Sí. Pero no porque quiera escapar de ti.
—¿No?
—También porque me aterra quedarme y decir todo mal. No es una justificación. Es la verdad.
Emma no supo qué contestar.
—No voy a quitarte a Sean —continuó él—. Ni voy a usar la ley, el título o cualquier otra cosa para separarlo de ti. Sería una crueldad. Es nuestro hijo, pero tú eres su madre. No volveré a amenazarte con algo así, ni siquiera en un ataque de orgullo.
Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas otra vez.
—No me has amenazado aún.
—Lo pensé. Y eso ya es bastante vergonzoso.
Emma bajó la mirada.
Charles se sentó en una silla junto a la cama, todavía con Sean en brazos, el tesoro de ambos protegido por su padre.
—No te pediré que me perdones hoy —dijo—. Ni que me acompañes. Solo quiero que sepas que, si viajas a Longford, no será porque te haya abandonado. Iré en cuanto cumpla lo que debo hacer.
—Siempre hay algo que debes hacer.
—Lo sé.
—Y siempre termino esperando.
Charles apretó los labios. No tuvo defensa.
—Tienes razón. —Después de un silencio largo, dejó a Sean con cuidado en la cuna—. Descansa. Volveré cuando quieras verme.
Emma no dijo que sí. Tampoco dijo que no. Charles lo aceptó como una respuesta incompleta y se marchó.
En el corredor, Clare estaba de pie junto a la ventana. Había escuchado lo suficiente para saber que no debía estar allí, pero no pudo evitar quedarse. Tenía el rostro pálido y los dedos apretados alrededor de un pañuelo.
Emma la vio antes de que Charles cerrara la puerta.
—¿Vas a entrar o seguirás escuchando desde fuera? —preguntó.
Clare se estremeció.
—Solo quería saber cómo estabas.
—No. Querías saber qué me había dicho Charles.
—Emma...
—Entra, entonces. No tengo fuerza para fingir cortesía hoy.
Clare pasó al cuarto. La cuna de Sean quedó entre ambas.
—No debí hablarle como lo hice —dijo Clare, sin preámbulos—. Ni hoy, ni nunca. Estaba sola y confundida, y convertí mi soledad en una excusa. Él me dijo que no.
Emma la miró sin pestañear.
—¿Y crees que eso borra todo?
—No.
—Entonces no me pidas que te tranquilice.
Clare bajó la vista.
—No te lo pido. Solo... no quiero que Charles vaya a esa misión creyendo que lo odias. Puede pasarle algo.
La expresión de Emma se endureció, aunque su voz salió baja.
—No quiero que muera, Clare. Quiero que deje de herirme. Son cosas distintas.
—Él te ama.
—Entonces debería haber aprendido a tratarme como alguien a quien ama antes de que yo tuviera que romperme para que lo notara.
Clare se mordió el labio. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tienes razón. Y yo también te fallé.
Emma miró a Sean, que dormía con la boca entreabierta.
—Sí —dijo—. Me fallaste.
—¿Podrás perdonarme algún día?
Emma tardó en responder.
—No lo sé. Hoy no puedo prometerte nada. Hoy solo sé que mi hijo acaba de nacer y que necesito proteger la poca paz que me queda.
Clare asintió, incapaz de sostenerle la mirada.
—Lo siento.
—Yo también —dijo Emma, y la tristeza de esa respuesta fue peor que cualquier insulto.
Clare se dirigió a la puerta. Antes de salir, volvió el rostro.
—No eres un monstruo, Emma.
La joven soltó una risa baja, sin humor.
—Tal vez no. Pero no llegué a este borde sola.
Clare se marchó en silencio.
Emma quedó a solas con Sean. La lluvia siguió cayendo contra los cristales, paciente e interminable. Ella acercó la cuna a la cama, tomó la diminuta mano de su hijo y cerró los ojos.
Por primera vez desde que había nacido, no pensó en Charles, en Clare ni en la casa que iba a dejar.
Solo pensó en la respiración tranquila de Sean y en la vida nueva que, aunque nacida del dolor, todavía podía pertenecerle a ella.