18 #2
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Gregory—. Raj dice que Emma quiere irse a Longford y que tú pareces dispuesto a arrancarle las paredes al castillo.
—Raj habla demasiado.
—Raj habla cuando tú te niegas a hacerlo.
Charles no respondió. Al fondo del pasillo, Raj lo esperaba con los brazos cruzados y el gesto endurecido.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Charles, caminando hacia él.
—La verdad que necesitaba oír.
—No tenías derecho a intervenir entre mi esposa y yo.
—No intervine. Emma ya había entendido bastante sola. ¿Crees que es ciega? ¿Que no vio la forma en que Clare te buscaba, o que no escuchó las cosas que se dijeron en esta casa?
—Nunca he pensado que Emma sea estúpida.
—La trataste como si su inocencia fuera una excusa para no decirle nada. No es lo mismo, pero duele igual.
Gregory miró de uno a otro.
—¿Qué cosas se dijeron? ¿Qué tiene Clare que ver con esto?
Charles tensó la mandíbula. Raj no apartó la vista de él.
—No es el momento —dijo Charles.
—Ha sido el momento desde hace meses —replicó Raj—. Solo que elegiste el silencio porque era más fácil.
Charles soltó una risa amarga y se alejó por el corredor.
Raj lo siguió hasta las puertas que daban al jardín.
Afuera, el aire olía a tierra mojada, boj cortado y humo de turba de las chimeneas del pueblo.
Los senderos estaban vacíos; la lluvia había dejado gotas redondas en las rosas y oscurecido la piedra del patio.
—Déjame en paz, Raj.
—No mientras estés a punto de hacer otra estupidez.
Charles se volvió de golpe.
—¿Qué propones? ¿Qué me quede aquí mientras ella me mira como si fuera una amenaza? ¿Qué finja que nada pasó?
—Propongo que pidas perdón sin convertir el perdón en una exigencia. Que le digas la verdad sin esperar que te absuelva. Que recuerdes que acaba de parir a tu hijo y que su cuerpo, su casa y su tranquilidad no son un campo de batalla para tu orgullo.
Charles respiró hondo.
La lluvia golpeaba con suavidad las hojas de los tejos.
—Me han pedido que me presente en tres días.
Raj frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Hay disturbios en las propiedades del oeste. Amenazas contra administradores, ataques a carruajes, familias de arrendatarios aterradas. Los magistrados locales han pedido que algunos oficiales con experiencia ayuden a organizar una escolta y evitar que aquello escale.
—No es una guerra.
—No he dicho que lo sea.
—Pero piensas usarlo como si fuera una. Piensas marcharte porque te aterra quedarte y escuchar a Emma decirte que la heriste.
Charles miró hacia las tierras, más allá de los muros del jardín. Irlanda estaba cubierta de una niebla suave, hermosa y hostil a la vez. Desde lejos era fácil confundir esa belleza con quietud; desde dentro, uno sabía que bajo la hierba había hambre, rabia, deudas y siglos de agravios.
—Me han convocado, Raj.
—Y puedes presentarte sin convertirlo en una huida. Puedes dejar claro que volverás. Puedes hablar con tu esposa antes de irte.
—Ella no quiere escucharme.
—Eso no te da permiso para rendirte.
Charles soltó una carcajada sin humor.
—Jamás he tenido que perseguir a una mujer.
—Eso no es un mérito; es una desgracia que te ha hecho creer que el amor se queda quieto esperando a que lo mires.
Charles lo miró, ofendido. Raj no retrocedió.
—Hubo una mujer a la que sí buscaste —continuó—. La buscaste durante años, aunque te empeñaras en llamarla amiga. Era Emma. Y ahora, cuando por fin entiendes lo que significa perderla, estás dispuesto a irte al primer sitio donde alguien te dé órdenes y no tengas que pedirle perdón a nadie.
Charles guardó silencio. La frase atravesó la soberbia con precisión.
—No sé cómo arreglarlo —admitió por fin.
—Empieza por no empeorarlo.
Cuando Gertrudis regresó al cuarto, Sean dormía envuelto en una manta nueva. La anciana lo depositó en la cuna junto a la cama y se sentó frente a Emma sin pedir permiso.
—¿Cómo te enteraste? —preguntó con una suavidad que, en Gertrudis, era casi una caricia.
Emma miró a su hijo.
—Primero escuché cosas que no entendí del todo. Después vi demasiadas miradas, demasiados silencios. Y luego descubrí que Clare esperaba que él le ofreciera una salida. ¿Qué más necesitaba saber?
—Necesitas saber qué respondió Charles.
—Ha dicho que no.
—¿Y le crees?
Emma se quedó callada. Aquella era la pregunta que más miedo le daba contestar.
—No sé —admitió—. Quiero creerle. Eso es lo que me enfurece. Que aún quiero creerle.
Gertrudis asintió despacio.
—El amor no desaparece cuando alguien te decepciona. Solo se vuelve una cosa incómoda, como una piedra en el zapato. Pero no dejes que esa piedra te haga caminar hacia un precipicio.
—No sé qué significa eso.
—Significa que no tomes todas tus decisiones hoy. Ve a Longford cuando estés lista. Descansa. Piensa. Pero no conviertas a este niño en una prueba de quién sufre más.
Emma tocó la mano de Sean. El bebé se movió, sin abrir los ojos.
—No haré eso.
—Bien. ¿Cómo lo llamarás?
—Sean.
Gertrudis repitió el nombre en voz baja, probándolo como se prueba una copa de buen vino.
—Sean Donovan. Le queda.
Emma sonrió débilmente.
—No sé si te gusta.
—No seas insoportable. Si no me gustara, te lo habría dicho con palabras mucho menos amables.
La puerta se abrió otra vez. Esta vez Charles no entró de inmediato. Se quedó en el umbral, con las manos visibles y una cautela que no le era habitual.
—¿Puedo pasar?
Emma tardó en responder.
—Sí.