18
El cuarto olía a leche tibia, lavanda y cera apagada. Afuera, la mañana irlandesa apenas conseguía atravesar las cortinas; una lluvia fina empañaba los cristales y convertía los jardines en una extensión de verde oscuro, brillante y silenciosa.
Emma estaba recostada entre almohadas, agotada hasta los huesos. El niño dormía contra su pecho, envuelto en una manta de batista blanca. Tenía el cabello apenas más oscuro que el de ella, una boca diminuta y una mano cerrada con la solemnidad de quien se ha aferrado a la vida sin pedir permiso.
Cuando la puerta se abrió, Emma levantó los ojos de inmediato.
—¿Por qué vienes tú antes que él? —preguntó.
Rajá Balcobich se detuvo a mitad de la habitación. Se había quitado el sombrero y lo sostenía entre las manos, una rareza en un hombre que rara vez parecía incómodo. Miró a Emma y al recién nacido con una gravedad que la obligó a enderezarse un poco.
—Porque quería asegurarme de que estuvierais bien —dijo al fin—. Y porque, desde hoy, os prometo que no estaréis desamparados.
Emma frunció el ceño.
—No entiendo de qué hablas, Raj.
—De nada que debierais resolver esta mañana. Solo quiero que sepáis que, si necesitáis un caballo, una escolta, una carta entregada con discreción o a alguien que os diga la verdad aunque sea desagradable, podéis llamarme.
La firmeza de su voz no tenía nada de galantería. Era una promesa seria, casi militar. Emma bajó la vista hacia el niño y acarició con un dedo la curva de su mejilla.
—Te lo agradezco —murmuró—. Pero dime dónde está Charles. Pensé que querría ser el primero en ver a su hijo.
Raj apretó la mandíbula antes de responder.
—Lady Gertrudis lo retuvo en el salón azul.
—¿Lo está regañando?
—Con considerable entusiasmo.
Emma esperó. Raj no añadió nada.
—¿Y Clare? —preguntó entonces.
El silencio fue respuesta suficiente.
El pecho de Emma se cerró, aunque se negó a mostrarlo. Había pasado demasiadas horas llorando; no permitiría que sus lágrimas fueran la primera bienvenida que Sean recibiera del mundo.
—Comprendo —dijo con una calma que no sentía—. En ese caso, hazme un favor. Habla con mis doncellas. Quiero que empiecen a preparar mis pertenencias.
Raj la miró con cautela.
—¿Para qué viaje?
—Para Longford. No hoy ni mañana; cuando la señora Hargreaves diga que puedo moverme sin poner en riesgo al niño. Pero quiero salir de este castillo en cuanto sea prudente.
—¿Y Charles?
Emma sonrió sin alegría.
—Charles puede decidir por sí mismo. Parece ser una costumbre que domina muy bien.
Raj hizo una inclinación mínima de cabeza.
—Como ordenéis, mi lady.
La puerta se abrió de nuevo antes de que pudiera marcharse. Charles entró sin notar al principio la tensión que llenaba el cuarto. Tenía el rostro pálido, el cabello mal peinado y la corbata torcida, como si hubiese cruzado medio castillo sin detenerse. Sus ojos azules fueron directamente al niño.
—Emma... —dijo, apenas.
Raj se apartó con discreción. Charles lo miró de reojo, desconfiado, pero Emma levantó una mano y lo detuvo antes de que pudiera acercarse a la cama.
—No avances.
Charles se quedó inmóvil. La firmeza de aquella voz no era nueva en Emma, pero nunca había estado dirigida a él de esa manera.
—¿Qué ocurre?
—Quiero que escuches sin interrumpirme. Después podrás decir lo que desees.
Él tardó un segundo en asentir.
—De acuerdo.
Emma acomodó a Sean contra su pecho. El niño soltó un pequeño suspiro, ajeno a los adultos que estaban a punto de romper algo que quizá ya venía resquebrajado desde hacía meses.
—Partiré a Longford en cuanto el médico considere que el viaje es seguro. Mi hijo y yo viviremos allí por una temporada.
Charles la observó como si no hubiera comprendido.
—¿Qué dices? Acabas de dar a luz. No vas a ir a ninguna parte hasta que estés recuperada.
—He dicho cuando sea seguro. No necesito que me expliques mi propia recuperación.
—Entonces dime por qué quieres irte.
—Porque no puedo respirar aquí.
—¿Por mi madre? —preguntó él, con una sombra de irritación—. Sé que Lady Genoveva puede ser difícil, pero también sabe cuidar de una casa y del niño.
—No es tu madre. No se trata de ella.
—Entonces, ¿de qué?
Emma cerró los ojos un instante. Había imaginado aquel momento tantas veces que pensó que llegaría preparada. No lo estaba. Nadie podía prepararse para decirle a la persona que amaba que había terminado de confiar en ella.
—Me he cansado de vivir entre secretos ajenos —dijo al fin—. Me he cansado de ser la última en entender lo que ocurre en mi propia casa.
Charles palideció apenas.
—Emma...
—No. Todavía no. Me pediste que no interrumpieras.
Él bajó la mirada, pero obedeció.
—No pretendo castigarte ni convertir a Sean en una moneda entre nosotros. Quiero paz. Quiero una casa donde no tenga que preguntarme si el silencio de un pasillo, una conversación detrás de una puerta o una salida a solas esconden algo que yo no debo saber.
—No sé de qué hablas.
Emma soltó una risa breve, quebrada.
—Ese es el problema, Charles. Siempre dices que no sabes. No sabes por qué estoy herida. No sabes por qué Clare se pone pálida cuando entro en una habitación. No sabes por qué Gregory se marcha enfurecido cuando os ve juntos. No sabes por qué Raj ya no te mira como antes.
—Sé que estás resentida conmigo, pero...
—No estoy resentida porque no entraras primero a ver al niño. Estoy herida porque, incluso hoy, cuando yo acababa de traer a nuestro hijo al mundo, te fuiste a hablar con ella.
El silencio cayó entre ambos.
Charles abrió la boca, pero Emma levantó de nuevo la mano.
—No me digas que fue un incidente. No me digas que no significó nada. El problema no es una sola conversación. El problema es que ha habido demasiadas. Y que nunca tuviste el valor de contarme la verdad.
—Clare me pidió hablar —dijo con la voz más baja—. Eso es todo.
—¿Y tú qué le respondiste?
Charles la miró de frente. Por primera vez, Emma percibió que no buscaba una salida elegante.
—Le dije que no.
—¿No a qué?
Él apretó los labios.
—A volver a ofrecerle algo que nunca debí ofrecerle.
Emma sintió que la sangre le abandonaba el rostro. Conocía la respuesta, la había sospechado, incluso había escuchado fragmentos de ella. Pero oírlo con tanta claridad era otra forma de caída.
—Entonces era verdad.
—Fue antes de que tú y yo nos casáramos. Antes de que entendiera lo que podía destruir con mi irresponsabilidad.
—¿Y eso debía tranquilizarme? —Emma habló en un susurro—. ¿Debía agradecer que mi esposo descubriera que no quería perderme solo después de haber dejado una puerta abierta para otra mujer?
—No. No espero que me lo agradezcas.
—Qué bien. Porque no pienso hacerlo.
Sean se removió contra ella. Emma lo acunó con cuidado, respirando despacio para contener el temblor de las manos.
—Me voy a Longford porque necesito recordar quién soy cuando no estoy intentando adivinar qué papel cumplo en tu vida.
—Eres mi esposa —dijo Charles—. Eres la madre de mi hijo. Eres mi mejor amiga.
—No uses esas palabras como si fueran una venda.
Si me hubieras tratado como amiga, me habrías hablado.
Si me hubieras tratado como esposa, no habría tenido que descubrir todo a retazos.
Y si me respetaras como madre, entenderías que necesito distancia para cuidar de este niño sin vivir con el corazón en guardia.
La puerta se abrió con brusquedad. Gertrudis entró apoyada en su bastón, seguida por una nodriza joven que esperaba en el corredor. Al ver a Emma tan rígida y a Charles de pie junto a la cama, la anciana entrecerró los ojos.
—Este niño no va a escuchar una discusión de adultos antes de aprender a sostener la cabeza. Dame a mi bisnieto, aceituna.
Emma abrazó a Sean con más fuerza.
—No necesito una nodriza.
—No he dicho que la necesites. He dicho que necesitas respirar, comer algo y dejar de estar preparada para pelear con el mundo durante diez minutos. La señora Hargreaves te explicará cómo alimentar al niño; nadie te lo va a quitar.
La dureza de Gertrudis se suavizó cuando extendió los brazos.
—Prométeme que vuelve conmigo en un momento.
—Volverá contigo en cuanto puedas descansar —dijo Gertrudis—. Soy una bruja, no una secuestradora de bebés.
A Emma se le escapó una risa húmeda. Con cuidado, entregó a Sean a la anciana. Gertrudis lo acomodó contra su hombro con una sorprendente delicadeza y salió con la nodriza, pero antes de cerrar la puerta miró a Charles.
—No le levantes la voz, diablo. Ya ha tenido suficiente dolor.
Charles asintió, sin discutir.
—No voy a levantarle la voz.
Emma se pasó una mano por el rostro. La ausencia del peso de Sean en sus brazos la hizo sentir extrañamente desnuda.
—No quiero seguir hablando.
—Necesito explicarte.
—No hoy.
—Emma, no puedo dejar que tomes una decisión de esta magnitud desde el dolor.
Ella se enderezó, con el rostro pálido y los ojos encendidos.
—No me hables de decisiones tomadas desde el dolor. ¿Sabes cuánto tiempo llevo así? ¿Sabes cuántas veces te vi sonreírle a Clare y fingí que no importaba? ¿Cuántas veces escuché a todos callar para no herirme? El dolor no es nuevo, Charles. Solo se cansó de ser silencioso.
Él dio un paso hacia ella.
—Nunca quise humillarte.
—Pero lo hiciste.
Charles se quedó quieto.
—Lo sé.
Fue esa aceptación, tan simple y tardía, la que terminó de quebrar la contención de Emma. Las lágrimas le corrieron por las mejillas. No gritó esta vez. Lloró en silencio, con una dignidad triste que hizo que Charles pareciera aún más perdido.
—Te odio —dijo ella—. Y odio que una parte de mí siga amándote.
Charles cerró los ojos.
—No voy a obligarte a quedarte.
—Entonces vete.
—Me iré por ahora. Pero no abandonaré a nuestro hijo. Ni te abandonaré a ti, aunque no quieras verme.
—Eso lo decidiré yo.
Charles asintió, herido.
—Tienes razón.
Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Sean es un buen nombre.
Emma no respondió. Charles se fue sin mirar atrás.
En el corredor, Charles encontró a Gregory esperándolo junto a una ventana. La luz gris de la lluvia le marcaba el cansancio del rostro.