17 #2
En las habitaciones altas, el olor a lavanda, cera y agua caliente se mezcló pronto con el vapor de las palanganas.
La señora Hargreaves, partera de manos firmes y cabello gris recogido bajo la cofia, llegó antes que el doctor.
La examinó con calma, hizo preguntas breves y no permitió que nadie con demasiada ansiedad llenara el cuarto.
—El niño viene hoy, mi lady —dijo al final.
Emma la miró con una expresión de amenaza.
—Eso ya lo había adivinado.
La partera no sonrió, pero sus ojos sí.
—Lo hará bien. Respire cuando le diga y ahorre las fuerzas.
—¿Ahorre fuerzas? ¿Para qué? ¿Para asesinar a mi marido después?
Charles, que permanecía junto a la cama, soltó una risa que se apagó cuando Emma le clavó las uñas en la mano.
—No te rías —lo reprendió ella—. Todo esto es culpa tuya.
—No discutiré esa parte —respondió él, inclinándose para besarle la frente—. Pero no voy a irme.
El doctor Dellrie entró poco después con el maletín de cuero en la mano. Revisó a Emma, habló con la partera y luego miró a Charles.
—Milord, habrá un momento en que necesitemos espacio. Puede quedarse ahora, si la condesa lo desea, pero cuando la señora Hargreaves lo indique tendrá que esperar fuera.
Emma apretó de nuevo la mano de Charles.
—Quédate hasta que te echen.
—No me moveré antes.
Las horas perdieron forma. A veces Emma distinguía las voces de las mujeres; otras, solo existía el ritmo de su respiración y el dolor que se elevaba, cedía y volvía a subir desde el centro de su cuerpo.
Charles le humedecía los labios, le apartaba el cabello pegado a las sienes y soportaba, sin quejarse, cada insulto que ella encontraba.
—Prométeme algo —dijo Emma entre una contracción y otra.
Charles se inclinó de inmediato.
—Lo que sea.
—Promete que lo amarás. Sea niño o niña, prométeme que no lo dejarás solo nunca.
La sonrisa de Charles desapareció.
—No lo dejaré solo. Nunca.
—Y si yo...
—No.
—Charles, escúchame.
—No voy a escuchar esa parte. Estás cansada, tienes miedo y vas a traer a nuestro hijo al mundo. Eso es todo lo que importa ahora.
Emma cerró los ojos, vencida por una nueva oleada de dolor.
—Siento que voy a partirme en dos.
—La señora Hargreaves dice que todo marcha como debe.
—¡Pues la señora Hargreaves debería hacerlo una vez para ver si sigue diciendo lo mismo!
La partera carraspeó con deliberación.
—Condesa, concéntrese en empujar cuando le indique.
Emma miró a Charles con los ojos brillantes de lágrimas y furia.
—Si sobrevivimos, no tendremos otro hijo jamás.
—Entendido.
—No pareces convencido.
—Estoy aterrorizado, Emma. Me parece un momento perfecto para fingir que te llevo la contraria.
Eso le arrancó una risa corta, rota, que terminó convertida en un gemido. Poco después, la señora Hargreaves hizo una seña al doctor.
—Milord. Ahora.
Charles no soltó la mano de Emma de inmediato. Ella la apretó.
—Ve —susurró, exhausta—. Pero no lejos.
—No lejos.
Al salir, Charles recibió una última protesta desde la cama.
—¡Y no te atrevas a beber vino mientras yo sufro!
Rajá, que aguardaba en el corredor con una copa servida por un criado nervioso, levantó las cejas.
—Parece que lo ha pensado.
—Puedes quedártelo —dijo Charles, sin mirar la copa.
El corredor estaba lleno de una inquietud contenida.
Genoveva caminaba de un lado a otro; Mary mantenía las manos entrelazadas sobre el regazo; Gregory permanecía junto a una ventana, rígido y silencioso.
Gertrudis, en cambio, se había instalado en una silla como una reina en campaña y repartía órdenes a quien se acercara demasiado.
—¿Cómo está? —preguntó Mary.
—Fuerte —dijo Charles—. Furiosa, pero fuerte.
—Eso es buena señal —murmuró Gertrudis.
Rajá se acercó a Charles y bajó la voz.
—¿Has hablado con ella?
Charles negó.
—No he encontrado el valor.
—No es valor lo que necesitas. Es honestidad.
—Lo sé.
—Ahora hay un niño en medio de todo esto. No puedes seguir esperando a que el silencio arregle lo que tú rompiste.
Charles miró la puerta cerrada. Del otro lado, Emma gritó algo que hizo a Rajá contener una sonrisa.
—Lo haré cuando esto termine —dijo—. Se lo diré todo.
—No "cuando esto termine" —replicó Rajá—. Cuando ella esté lista para oírte. Esa diferencia importa.
Charles asintió despacio.
Al otro extremo del corredor, Clare no apartaba la vista de él. Llevaba a Renata en brazos, aunque la niña dormía ajena a la tensión de los adultos. Después de un momento, Clare se acercó y habló casi sin voz.
—Charles, ¿puedo hablar contigo?
Rajá frunció el ceño.
—No parece el instante.
—No tardaré —dijo Clare.
Charles vaciló. La puerta del cuarto de Emma seguía cerrada; su hijo estaba a punto de nacer. No había razón para alejarse. No una buena.
—Un momento —dijo finalmente.
Clare dejó a Renata con la niñera y caminó hacia un pequeño salón contiguo. Charles la siguió. El cuarto estaba a oscuras salvo por el fuego bajo de la chimenea. Cerró la puerta, aunque dejó el pestillo sin echar.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Clare mantuvo las manos apretadas frente a sí.
—No puedo seguir así.
—¿Así cómo?
—Sola, Charles. Haciendo como si mi matrimonio fuera una vida que elegí. Haciendo como si nunca hubiera querido otra cosa.
El rostro de Charles se endureció.
—No deberías decir esto ahora.
—¿Cuándo, entonces? Siempre hay una razón para callar. Siempre hay una esposa, un hijo, una obligación... —Clare respiró hondo—. Una vez me ofreciste una salida. Dijiste que, si yo quería, podíamos empezar de nuevo lejos de todo esto.
Charles se quedó inmóvil. La culpa le cruzó el rostro.
—Eso fue antes de Emma. Antes de que entendiera el daño que podía causarle al no estar plenamente al pendiente de ella.
—¿Y ahora? —preguntó Clare—. ¿No queda nada de aquello?
—No.
La palabra cayó con una firmeza que hizo que Clare se estremeciera.
—Charles...
—No porque te desprecie. No porque no me importe que seas infeliz. Pero no voy a convertir nuestra soledad en otra traición. No contigo. No con Gregory. Y, sobre todo, no con Emma.
Clare bajó la mirada, herida.
—Emma no te quiere.
—Eso es culpa mía. Y no me da permiso para buscar consuelo en otra persona.
Un llanto nuevo, agudo y claro, atravesó el corredor. Charles se volvió hacia la puerta de inmediato. El sonido le cortó la respiración.
—Es el bebé —dijo.
Antes de que alcanzara el pomo, la puerta se abrió de golpe.
Gertrudis apareció en el umbral. Su rostro llevaba un entusiasmo que se apagó al encontrar a Charles y Clare a solas, demasiado cerca de una conversación que no debía existir.
—¿Qué clase de estupidez haces aquí, diablo? —preguntó, fría.
—Abuela, no es lo que parece.
Gertrudis lo miró con una severidad que no dejó espacio para excusas. Luego volvió la vista hacia Clare, y por un segundo su expresión fue de una tristeza vieja.
—Un varón —dijo al fin—. Emma te ha dado un varón.