17
En las últimas semanas del embarazo, Emma había descubierto que el cuerpo podía convertirse en una casa ajena.
Todo le resultaba incómodo. La cintura que antes le permitía montar sin ayuda, correr por las escaleras o inclinarse para recoger un cuaderno había desaparecido bajo una redondez firme y obstinada.
Dormir era una negociación con almohadas; vestirse, una campaña militar; caminar por los corredores del castillo, un asunto que exigía respirar despacio y fingir que nadie la vigilaba.
Aquella mañana abrió los ojos antes de que amaneciera por completo. Una franja azulada se insinuaba entre las cortinas, y el fuego de la chimenea era ya apenas un rescoldo rojo. Emma intentó incorporarse sin ayuda. La punzada en la espalda la hizo detenerse a mitad del movimiento.
—No te levantes así —murmuró Charles, aún con la voz de sueño.
Emma volvió el rostro. Él se había incorporado de golpe, el cabello rojo revuelto sobre la frente y una preocupación demasiado visible en sus ojos azules. Le besó la frente antes de que ella pudiera protestar y colocó una mano firme entre sus omóplatos.
—Puedo hacerlo sola.
—No he dicho que no puedas. He dicho que no deberías empeñarte en hacerlo todo sola.
—Es una distinción muy elegante para decirme que estoy inválida.
Charles soltó una risa baja, aunque no retiró la mano.
—Estás a pocas semanas de dar a luz, Emma. No tienes que demostrarle valentía a nadie antes del desayuno.
Ella logró sentarse y se quedó quieta un instante, esperando que el mareo pasara. Charles la observó como si cualquier cambio en su respiración fuese una alarma.
Desde que se enteró de la existencia del niño, se había convertido en una sombra obstinada.
Iba a las tierras, revisaba cuentas, hablaba con administradores y regresaba al castillo tan pronto como podía.
Después del baño y de cambiarse la ropa con olor a lluvia, cuero y establo, aparecía junto a Emma.
Si ella estaba leyendo, él preguntaba qué leía.
Si escribía, él se sentaba cerca sin hablar.
Si se dormía, ella despertaba en mitad de la noche con el brazo de Charles alrededor de su cintura, como si su cuerpo hubiese aprendido a buscarla antes que su razón.
A Emma le gustaba. Esa era la parte más absurda y más peligrosa.
También estaba convencida de que aquel cuidado pertenecía al bebé, no a ella. Charles quería a su hijo; debía de quererlo con una intensidad feroz. A ella solo la necesitaba como la mujer que lo llevaba dentro.
—Quiero un baño caliente —dijo, apartando sus pensamientos.
—Lo pediré ahora mismo.
—No demasiado caliente. No quiero que Lady Genoveva ordene una investigación para saber si pretendo hervir al heredero.
—El heredero todavía no ha nacido.
—Díselo a tu madre. Ya ha elegido nombres, caballos y quizá una carrera política para una criatura que ni siquiera ha visto la luz.
Charles sonrió.
—No te preocupes. No permitiré que nadie decida por ti.
Emma lo miró de reojo. La frase la tocó de una manera incómoda.
—Eso espero, mi lord.
Pasado el mediodía, la sala del té olía a bergamota, mantequilla y pan recién horneado.
Afuera lloviznaba con esa paciencia irlandesa que parecía no tener principio ni final.
Las ventanas estaban empañadas y, más allá del cristal, el césped era una extensión de verde oscuro salpicada de charcos plateados.
Emma estaba sentada junto al fuego con los pies apoyados sobre un escabel. A un lado tenía a Mary; al otro, a Gertrudis, que sostenía una magdalena como si fuera un arma. Lady Genoveva vigilaba cada movimiento de Emma con la expresión de una generala inspeccionando tropas antes de la batalla.
—¿Más té, querida? —preguntó Genoveva por tercera vez.
—No, Lady Genoveva. Estoy perfectamente bien.
—Estás pálida.
—Siempre he sido pálida.
—Y delgada —añadió Gertrudis, llevándose otro bocado a la boca—. Necesitas comer más galletas.
Emma la miró con cansancio.
—Abuela, tengo una criatura del tamaño de una sandía ocupando todo mi interior. Le prometo que no estoy delgada.
Mary ocultó una risa detrás de la mano.
—Te ves preciosa —dijo—. Más hermosa que nunca.
—Con hermosa quieres decir redonda y difícil de maniobrar. Parezco un jamón listo para ahumarse.
—No digas esas cosas —la reprendió Genoveva, aunque la sonrisa que le tembló en los labios la traicionó—. Es evidente que será niño.
Emma levantó una ceja.
—¿Evidente para quién?
—Para cualquiera que sepa mirar —respondió Genoveva—. La forma del vientre, el modo en que te sientas...
—Y las patadas —intervino Gertrudis—. Los varones dan patadas como si fueran propietarios de la casa.
—Eso explica a Charles —murmuró Emma.
Mary rio, y hasta Genoveva tuvo que esconder una sonrisa.
—¿Y si fuera una niña? —preguntó Emma—. ¿Estarían tan alegres?
Gertrudis dejó la magdalena en el platillo.
—Niña o niño, será una criatura Donovan y Sellers. Eso ya es suficiente calamidad para una sola persona.
—Es el elogio más bello que me ha dado —dijo Emma.
La puerta se abrió con discreción. Una de las damas de compañía de Genoveva asomó la cabeza.
—Mi lady, la señora Clare pide permiso para entrar.
La calidez de la sala se enturbió de inmediato. Genoveva tardó apenas un segundo en asentir, pero Emma notó el intercambio de miradas entre las mujeres. Había algo tenso, algo que nadie se atrevía a nombrar, cada vez que Clare se acercaba a ella.
Clare entró despacio, llevando de la mano a Renata. La niña, ya algo más firme sobre las piernas, caminaba con la concentración solemne de quien está aprendiendo a conquistar el mundo. Vestía de blanco, con un pequeño lazo azul en el cabello oscuro.
—Clare, querida —dijo Genoveva—. Siéntate, por favor.
—Gracias.
La joven se acomodó en un sofá alejado. Emma siguió mirando el fuego. Quería que pareciera que Renata era lo único que le importaba en aquel momento, pero el rostro de Clare, más delgado y cansado que antes, se le imponía aun cuando no la miraba.
—¿Ya has pensado en un nombre? —preguntó Clare, con cautela.
Emma se volvió hacia ella con una lentitud deliberada.
—Tengo una lista. Decidiré cuando nazca.
—Es sensato tener alternativas. A veces, cuando lo ves por primera vez, comprendes que el nombre elegido no le pertenece.
—Supongo.
Renata soltó un balbuceo y extendió los brazos hacia Mary. Mary le regaló una sonrisa luminosa. La niña no podía saber que aquella habitación estaba llena de adultos que se esforzaban por fingir que el aire no pesaba.
—A mí siempre me gustó Ezra —dijo Clare después de un momento—. Si el mío es niño, claro. Y si es niña, Lilianne.
Emma la miró. Por un instante vio a la amiga que había conocido antes de los secretos, antes de las dudas y de las palabras escuchadas detrás de una puerta. Le dolió descubrir que aún la reconocía.
—Son nombres bonitos —concedió.
Clare pareció agradecer más de lo que aquella frase merecía.
La puerta volvió a abrirse. Charles entró con el abrigo aún húmedo de lluvia sobre un brazo. Besó a Genoveva en la mejilla, recibió un insulto de Gertrudis, saludó a Clare y se detuvo junto a Emma.
—¿Cómo está mi mujer? —preguntó.
—Sobreviviendo a una reunión de madres, abuelas y profetas —respondió Emma.
Él se inclinó y la besó en los labios. No fue un roce discreto.
Fue un beso breve, cálido y abierto, de esos que no dejaban dudas sobre a quién había elegido sentarse al lado.
Clare bajó la mirada. Emma lo notó, aunque fingió no hacerlo.
Charles se sentó junto a ella y rodeó con un brazo el respaldo del sofá.
Emma sintió la presión ligera de su mano en el hombro.
No era una posesión; al menos no aquella vez.
Era una pregunta silenciosa, y ella no se apartó.
—¿Han decidido ya que será niño? —preguntó Charles.
—No nos dejan otra opción —dijo Emma—. Según estas mujeres, tu hijo ya viene montado a caballo y con la escritura de las tierras.
—No necesito un hijo varón para querer a mi criatura.
Emma lo miró.
El tono había sido tan serio que nadie se atrevió a burlarse.
—Eso será importante recordarlo dentro de unos años —dijo ella.
Una contracción le atravesó el vientre antes de que pudiera seguir hablando. No se parecía a las molestias anteriores. Era una fuerza profunda, una presión que le tomó la respiración y le obligó a inclinarse hacia adelante.
—Emma —dijo Charles, poniéndose de pie—. ¿Qué ocurre?
Alzó una mano, como si pudiera ordenar al dolor que se detuviera.
—Nada. Solo... espera.
Otra oleada llegó, más firme. Emma abrió los ojos y miró a las mujeres alrededor con una mezcla de incredulidad y rabia.
—Oh, no.
—¿Qué sientes? —preguntó Genoveva, ya de pie.
Emma apretó los dedos sobre el brazo del sofá.
—Siento que este bebé ha decidido que la alfombra es un sitio razonable para nacer.
Por un segundo, nadie se movió. Después, la sala estalló en una actividad desordenada.
—¡Llamen al doctor Dellrie! —ordenó Genoveva.
—Y a la señora Hargreaves —añadió Gertrudis—. Si ese médico llega primero, no dejaré que haga nada hasta que ella esté aquí.
—Mary, aléjate un poco —pidió Emma, con la voz quebrada.
—No me iré —dijo Mary—. Me quedaré cerca.
Charles se arrodilló frente a Emma y le tomó ambas manos.
—Vamos a la habitación.
—No me levantes como si fuera una muñeca.
—No iba a hacerlo.
La contracción siguiente le arrancó una exclamación y deshizo toda su dignidad.
—Está bien, haz lo que quieras, pero rápido.
Charles la sostuvo con cuidado, un brazo bajo sus rodillas y otro alrededor de su espalda.
Emma se aferró a su cuello y escondió el rostro contra su hombro mientras él la llevaba por el pasillo.
Los sirvientes apartaban alfombras, abrían puertas, encendían más lámparas.
El castillo entero parecía haberse inclinado hacia un solo cuarto.