Siempre fuiste tú 16 #2
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16 #2

En la habitación, Emma cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera.

Le temblaban las manos, así que las ocultó entre los pliegues de la falda.

Charles entró solo cuando ella dejó de oponer resistencia a la puerta.

La cerró sin llave y se mantuvo al otro lado de la estancia, a una distancia prudente.

Era un cambio pequeño. Emma lo notó.

—Bien —dijo él—. Hablemos como dos adultos.

—No me hables como si fuera una niña castigada.

—No lo estoy haciendo.

—Lo hacías hace un momento.

Charles exhaló lentamente.

—Tienes razón. Me asusté. Lo manejé mal.

Ella levantó la vista, sorprendida por la concesión.

—¿Te asustaste?

—Sí. Te vi salir de la enfermería, Emma. Pensé que estabas enferma y que no me habías dicho nada porque... ya no confías en mí para eso.

—No me seguiste por preocupación. Me seguiste porque quieres saber cada paso que doy.

—Eso también es verdad, y no me gusta. No quiero convertirme en un hombre que te vigila. Pero llevas semanas ocultándome algo y yo no sabía cómo acercarme sin que me apartaras.

Emma soltó una risa breve, sin alegría.

—Tal vez podrías haber empezado por la verdad.

El rostro de Charles cambió.

Ella no necesitó decir más. La sombra de Clare atravesó la habitación sin que nadie la nombrara.

—Emma... —murmuró él.

—No. No todavía. Hoy hablamos del niño.

Charles asintió, como si aceptara una sentencia.

—De acuerdo. Hablemos del niño.

Emma se sentó en el borde de la cama. El mareo que había mantenido a raya durante el camino de regreso volvió con una fuerza desagradable. La habitación se inclinó. Charles lo percibió al instante.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No mientas.

—No me des órdenes.

—No es una orden. Es miedo.

La respuesta la dejó quieta.

Charles se acercó un poco, pero se detuvo antes de alcanzarla.

—¿Puedo sentarme?

Emma hizo un gesto indiferente con la mano. Él ocupó una silla frente a ella, no la cama. Sus rodillas quedaron a la misma altura.

—El doctor dice que todo marcha bien —dijo Emma al fin—. El bebé es fuerte. Yo tengo náuseas por la mañana, cansancio, mareos... Nada extraordinario.

—¿Con qué frecuencia?

—Dos o tres veces al día, a veces menos.

—Eso no me parece poca cosa.

—No te lo estoy contando para que te asustes.

—No me asusto por los síntomas. Me asusta que lo sufrieras sola.

—No estaba sola —repitió ella, aunque ya no sonó segura—. El doctor sabe. Las enfermeras me ayudan. Las familias de la enfermería son... amables.

—Y yo no.

Emma se mordió el labio.

—No sé qué eres, Charles.

La frase le pegó con más fuerza que cualquier grito.

—Soy su padre —dijo él con cuidado—. Quiero serlo. Quiero saber si has dormido, si has comido, si te duele algo. Quiero acompañarte a las consultas, pero solo si me lo permites. No voy a imponerte nada.

—¿Y si no te lo permito?

—Entonces esperaré a que cambies de idea. Pero me preocupa.

Emma la miró, desarmada por unos segundos. Era tan fácil imaginar una versión de su vida en la que esas palabras bastaban. En la que la decepción, los secretos y los silencios no existían. Pero existían.

—No es tan sencillo —susurró.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

La voz de Emma empezó a quebrarse. Se apartó una lágrima.

—Me casé contigo creyendo que, al menos, éramos amigos. Después oí cosas que me hicieron pensar que ni siquiera eso era verdad. Que yo era una solución cómoda. Una esposa conveniente. Una noche. Un deber que había que soportar.

Charles abrió la boca, pero ella levantó una mano.

—No voy a hablar de Clare ahora.

Él bajó la mirada.

—No quiero que el niño sea otra cosa que te ate a mí —continuó Emma—. No quiero que un día lo mires como una obligación. No quiero que me mires como me mirabas antes de que todo cambiara.

—Emma, jamás miraría a nuestro hijo como una obligación.

—Eso dices ahora.

—Lo digo porque es verdad.

Ella negó, agotada. El mareo regresó. Se apoyó con una mano en el colchón, y Charles se levantó enseguida.

—No te acerques —pidió, más por costumbre que por resistencia.

Él se detuvo.

—¿Quieres agua? ¿Necesitas que llame a Rolly?

Emma cerró los ojos. Había esperado exigencias, reproches, quizá una discusión cruel. La cortesía lo volvía más difícil.

—Agua —admitió.

Charles sirvió un vaso de la jarra y se lo llevó sin rozarle la mano. Emma lo tomó con lentitud. Bebió apenas dos tragos y apoyó el cristal sobre la mesa de noche.

—Gracias.

La palabra quedó entre los dos, extraña y tímida.

—No tienes que agradecerme por traerte agua.

—No, pero parece que últimamente tenemos que agradecer lo que antes era normal.

Charles bajó la cabeza.

—Yo quiero que vuelva a ser normal.

Emma lo miró con cansancio, no con burla.

—Entonces vas a tener que hacer mucho más que dormir conmigo y preguntarme cómo amanecí.

Él asentó.

—Lo haré.

La promesa no resolvió nada. No borró lo que ella había oído ni la forma en que se había sentido después.

Pero, por primera vez, Charles no intentó cubrir el vacío con una broma, un beso o una orden.

Simplemente se quedó. Emma terminó por recostarse.

El agotamiento del día le pesaba en los párpados, en los hombros, en cada músculo.

—No te quedes sentado mirándome —murmuró.

—No pensaba hacerlo.

—Mentiroso.

Charles sonrió apenas.

—¿Quieres que me vaya?

La respuesta tardó demasiado.

—Quédate... un poco.

Él se sentó sobre el borde del colchón, lejos de su cuerpo.

No la tocó hasta que ella, ya casi dormida, dejó caer una mano sobre la sábana entre ambos.

Charles la cubrió con la suya. Fue una caricia ligera, nada más.

Emma no se apartó. Cuando la respiración de ella se volvió profunda y pareja, Charles se permitió mirar la curva apenas visible bajo el vestido.

La emoción le subió a la garganta con una violencia inesperada. Un hijo. Su hijo.

No sabía si merecía ser padre. No estaba seguro de merecer a Emma. Pero, por primera vez en meses, tuvo la certeza de que perderla sería algo peor que cualquier castigo que hubiera imaginado.

La puerta se abrió con un roce leve. Charles levantó la vista, preparado para expulsar a quien fuera. Era Clare.

—Lo siento —susurró ella desde el umbral—. Quería saber si Emma se encontraba bien.

Charles miró a su esposa dormida antes de responder.

—Está cansada. El médico dice que el embarazo marcha bien.

Clare abrió los ojos.

—¿Emma está embarazada?

—De cuatro meses.

La expresión de Clare pasó de la alegría a una comprensión lenta.

—Charles...

Él apartó una hebra de cabello de la frente de Emma con suavidad.

—No lo sabía.

—¿Por qué no te lo dijo?

—Porque no confía en mí.

Clare sostuvo el borde de la puerta. Durante un momento pareció debatirse entre hablar y guardar silencio.

—¿Y si no es solo por eso?

Charles frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Emma cambió después de aquella noche en que... —Clare se detuvo—. Después de que tú y yo empezamos a hablar más.

Charles la miró con una quietud peligrosa.

—No empezó a hablar contigo de repente.

—No digo que haya visto algo. Digo que quizá escuchó. O entendió de manera equivocada.

—¿Qué habría entendido?

Clare tragó saliva.

—Que había algo entre nosotros.

El silencio se volvió insoportable.

Charles no respondió de inmediato. Miró a Emma, la mano de ella todavía atrapada entre las suyas.

De pronto, volvieron a su memoria gestos que había preferido ignorar: la dureza con que ella pronunciaba el nombre de Clare, los paseos que rechazaba, la fiesta de cumpleaños, el desmayo, la manera en que había empezado a vestir como si cada mirada ajena fuera una victoria y una defensa.

Raj había intentado advertirle. Gertrudis también.

Todos, quizá, habían visto lo que él no quiso mirar.

—No hubo nada entre nosotros —dijo finalmente, aunque la frase no sonó tan firme como necesitaba.

Clare bajó la mirada.

—Puede que para ti no. Pero Emma no sabe eso.

Charles cerró los ojos. Un miedo frío le recorrió la espalda.

No había sido infiel de la forma que Emma imaginaba. Pero había compartido secretos, preocupaciones y cercanías que no le correspondían a Clare. Había buscado en otra persona una facilidad que debió construir con su esposa y había dejado que Emma se sintiera sola dentro de su propio matrimonio.

—¿Le vas a decir? —preguntó Clare.

Charles observó el perfil de Emma, relajado por el sueño, vulnerable de una forma que le dio vergüenza.

—Sí —respondió—. Pero no esta noche.

—No tardes demasiado.

Clare se retiró sin añadir nada más.

Charles se quedó a oscuras, con la tormenta de Belfast golpeando las ventanas y el olor limpio de la lluvia entrando por una rendija. Emma se movió apenas. Él creyó que se despertaría, pero solo se acercó un poco más hacia su mano.

—¿Qué pasa? —murmuró ella, todavía atrapada en el sueño.

Charles apretó los dedos con cuidado.

—Nada.

Era una mentira. Una de las últimas que quería permitirse.

—Me gusta cuando estás así —añadió, incapaz de decir algo más honesto.

Emma abrió los ojos apenas. Por primera vez en mucho tiempo, le sonrió sin ironía.

—Solo estoy cansada.

—Lo sé.

Charles inclinó la cabeza y besó sus nudillos.

Emma volvió a cerrar los ojos. Podía culpar al cansancio, a las hormonas, a la necesidad desesperada de no sentirse sola. Pero dejó que él permaneciera a su lado.

Una madre sin compañía era una idea que la aterraba. Una esposa sin amor, también y Charles, por su parte, entendió que no bastaba con desear ser perdonado. Debía merecerlo.

Aún no sabía cuánto daño había hecho y lo que el futuro traía, lejos de acercarlos con suavidad, estaba a punto de poner cada una de sus promesas a prueba.