16
Emma salió de la enfermería de caridad de Belfast con el cuello del abrigo levantado hasta la barbilla. La mañana olía a carbón húmedo, a sal traída desde los muelles y a la llovizna que empañaba los adoquines. Bajo el ala de su sombrero, el mundo parecía blando, gris y deliciosamente lejano.
El doctor Dellrie la había recibido, como cada mes, en la pequeña consulta que reservaba para ella al final de la galería.
No le gustaba aprovechar su título para saltarse turnos ni que la trataran como si hubiera llegado a inspeccionar el lugar.
Prefería sentarse junto a las madres que aguardaban con los hijos sobre las rodillas, escuchar el murmullo de las enfermeras y, cuando podía, llevar cuentos, mantas o una cesta de pan para las familias que atendía el dispensario.
—El niño crece con regularidad, lady Emma —le había dicho el médico, luego de examinarla con prudencia—. Y usted también se encuentra bien, aunque debe descansar más de lo que descansa.
—Eso dicen todos los hombres cuando una mujer hace algo que no les parece —había respondido ella, sin verdadera energía para bromear.
El doctor la miró por encima de sus lentes.
—No es un capricho. Cuatro meses de embarazo exigen cuidado: buena comida, sueño y menos jornadas interminables.
Emma había asentido. Sabía que tenía razón. Lo sabía desde que las náuseas de la mañana se convirtieron en mareos, cansancio y una sensibilidad absurda que la hacía llorar por un niño con los zapatos rotos o por una canción mal cantada en la calle.
Pero no había encontrado la manera de decirle a Charles.
Más bien, no había querido encontrarla.
El secreto le pesaba bajo el corsé, debajo del corazón, en cada silencio compartido por la noche.
Charles dormía de nuevo en su habitación con una facilidad que a Emma la confundía.
A veces, al despertar, lo hallaba detrás de ella, tibio y desordenado, con un brazo sobre su cintura como si el cuerpo de ambos recordara una intimidad que la mente se empeñaba en negar.
Era cruel. Le gustaba demasiado.
Y, al mismo tiempo, no podía olvidar lo que había oído ni las cosas que él nunca se atrevía a explicar.
Una familia no se sostenía con besos robados, recuerdos agradables y noches en las que él aparecía cuando todo el castillo dormía. Una familia requería verdad. Charles todavía no le había dado la suya.
Por eso el niño era suyo, ante todo. Suyo.
Charles la había seguido hasta Belfast.
No se enorgullecía de ello. En Londres habría llamado a su conducta una indiscreción; en Irlanda, donde todos parecían conocer el carruaje de los Donovan y hasta el color de sus caballos, resultaba casi imposible seguir a alguien sin que media ciudad lo notara.
Aun así, se había mantenido a distancia, escondido detrás de la cortina de su coche, con una sensación desagradable creciendo bajo las costillas.
Emma llevaba días pálida. Había dejado intactos algunos desayunos, se cansaba con facilidad y, aun cuando fingía no necesitar a nadie, a veces se detenía a mitad de una escalera como si el mundo hubiera girado demasiado deprisa.
Cada pregunta recibía una respuesta desdeñosa. Cada preocupación, una sonrisa de filo delgado. Cuando la vio entrar en la enfermería, su temor se volvió insoportable.
Esperó lo que consideró prudente y después bajó del coche.
La lluvia había dejado una película de lodo sobre las ruedas y los caminos; al cruzar el vestíbulo, el olor a jabón de carbol y paños hervidos le hizo pensar, por primera vez, que quizá Emma estuviera mucho más enferma de lo que él imaginaba.
No le gustó el modo en que las personas lo observaron. Un noble joven, vestido demasiado bien para un edificio de paredes desnudas y bancos gastados, parecía una aparición fuera de lugar entre las mujeres de delantal y los enfermos que aguardaban en silencio.
Una enfermera se aproximó con cautela. Llevaba el cabello recogido bajo una cofia blanca y sostenía una carpeta contra el pecho.
—¿Puedo ayudarle, mi lord?
—Busco al doctor Dellrie —dijo Charles—. O información sobre lady Emma Donovan.
El gesto de la mujer se iluminó.
—Lady Emma es muy querida aquí. Ha salido hace poco, pero vuelve casi cada semana para ayudar con la distribución de ropa y alimentos. El doctor Dellrie sigue pendiente de ella, desde luego.
Charles frunció el ceño.
—¿Pendiente? ¿Está enferma?
La enfermera vaciló. Entonces comprendió que él no sabía.
—No, mi lord. Quiero decir... no de ese modo. Lady Emma está encinta. El embarazo va bien. El doctor la revisa cada mes.
Durante un instante, el ruido de la enfermería se le borró de los oídos. Un bebé. Emma llevaba un hijo suyo. Cuatro meses.
La enfermera continuó, quizá para llenar el silencio:
—La condesa es muy prudente con las indicaciones, aunque se empeña en ayudar más de la cuenta.
Charles apenas logró agradecerle. Salió de allí con el pulso seco y un nudo de rabia, miedo y alegría estúpida apretándole la garganta.
No sabía qué lo lastimaba más: descubrir que Emma había pasado meses sin decírselo o imaginarla atravesando cada malestar sola porque no confiaba en él. Tenía razones para ello. Demasiadas. Y esa certeza volvió inútil la indignación que le ardía en el pecho.
Al mediodía, Emma regresó al castillo con un bulto caliente escondido entre los pliegues de su capa.
Había intentado pasar inadvertida. La mansión estaba en una de esas pausas engañosas de la tarde en que los criados se movían por las alas de servicio, Genoveva descansaba tras las cortinas cerradas y hasta los corredores parecían contener la respiración.
Todo habría resultado perfecto de no ser porque el bulto decidió tener opinión propia. Un hocico negro y embarrado asomó entre sus manos. Después, un cachorro entero se lanzó al suelo y salió disparado sobre las baldosas como una pequeña tormenta.
—¡No, no, no! ¡Vuelve aquí! —susurró Emma, persiguiéndolo con las faldas en una mano.
El cachorro dobló una esquina y apareció justo ante la silla de ruedas de Mary. La muchacha soltó un grito al sentir que las patas diminutas intentaban escalarle el vestido.
—¡Emma! —exclamó Mary, entre la risa y el sobresalto—. ¡Tiene barro en las orejas!
—También tiene hambre —contestó Emma, logrando atraparlo por fin—. Eso debería importar más que las orejas.
—¿Qué es ese escándalo? —preguntó Gertrudis desde el salón, apoyada en su bastón.
El cachorro volvió a escaparse. Genoveva emergió del comedor justo cuando el animal pasó rozándole los zapatos.
—¡Dios! —dijo, con una mano en el pecho—. ¿Qué es esa criatura?
—Un cachorro —dijo Emma, con paciencia deliberada.
—Parece una escoba que decidió morder a alguien.
—Es adorable —declaró Gertrudis, y se agachó con una agilidad sorprendente para su edad—. Ven aquí, pequeño bandido.
El cachorro le lamió los dedos. Gertrudis sonrió como si acabara de recibir un honor diplomático.
—Abuela, no lo anime —protestó Genoveva—. Clare tiene una bebé en la casa.
—Y la bebé tiene un padre, una madre, nodrizas y medio condado pendiente de que respire —replicó Gertrudis—. El perro no va a derrocar la corona.
Gregory descendió por la escalera con Clare detrás de él, Renata acunada contra su hombro. Al ver al animal, el marqués levantó una ceja. Clare, en cambio, sonrió.
—Es pequeño —dijo ella—. Y parece famélico.
—Gracias —murmuró Emma, agradecida a pesar de sí misma.
—No es una declaración de guerra, Emma.
La frase fue suave. Tal vez demasiado suave.
Emma bajó la mirada y fingió concentrarse en el perro.
Entonces la puerta principal se abrió otra vez.
Charles entró con el abrigo oscuro todavía húmedo de lluvia.
Su rostro tenía una quietud que Emma reconoció demasiado bien: era la calma de alguien que estaba haciendo un esfuerzo feroz por no perder el control. Buscó sus ojos. Los encontró. Y supo.
El cachorro, que no entendía de tragedias humanas, corrió directo hacia sus botas. Charles no lo miró.
—Emma —dijo.
Ella sostuvo al animal contra el pecho.
—¿Ahora qué?
—Necesito hablar contigo.
La familia entera se quedó inmóvil. Emma inclinó la cabeza, estudiándolo con una calma que era apenas un disfraz.
—¿Es una conversación o una orden?
Charles apretó la mandíbula. Miró a su madre, a Mary, a Gregory, a Clare, a Gertrudis, todos demasiado atentos.
—Una conversación. En privado.
—Entonces tendremos una cuando yo esté dispuesta.
El silencio se estiró.
Charles dio un paso hacia ella, pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Cuatro meses, Emma?
El cachorro dejó de moverse. O quizá fue la imaginación de Emma.
Mary abrió los ojos. Genoveva se llevó la mano a la garganta. Clare no dijo nada, pero su expresión se quebró de inmediato.
—No aquí —advirtió Emma en voz baja.
—¿Cuatro meses? —repitió él, y su voz ya no era fuerte, sino incrédula—. ¿Cuatro meses sin decírmelo?
—No tenías derecho a averiguarlo así.
—Tampoco tenía derecho a no saber que ibas al médico sola.
—No estaba sola.
—¿Y eso lo vuelve mejor?
Emma sintió que la sangre le subía a las mejillas.
—Este niño es mío, Charles.
—También es mío —respondió él, más bajo—. No estoy reclamando una posesión. Estoy preguntando por qué decidiste cargar con todo sin mí.
El verbo la hirió de forma inesperada. Cargar.
No quería cargar con nada. Quería querer al niño sin tener que medir cada gesto de su padre, sin preguntarse si, cuando llegara el momento, Charles aparecería solo por obligación.
—No voy a discutir delante de todos —dijo ella.
Se volvió y empezó a subir la escalera.
—Emma.
—A mi habitación —respondió sin mirarlo—. Si quieres hablar, tendrás que aprender a hacerlo sin gritar.
Gertrudis observó cómo los dos desaparecían en el corredor del piso superior. Luego miró a Genoveva.
—Bueno —dijo con satisfacción—. Al fin pasó algo interesante.
—Madre, mi hijo acaba de enterarse de que será padre.
—Precisamente. ¿Qué esperabas?