15 #3
—No voy a amenazarte. No voy a obligarte a irte. Pero no quiero quedarme aquí fingiendo que me da igual. ¿Podemos volver a casa y hablar cuando estemos solos?
Emma lo observó. La rabia seguía dentro de ella; también la triste satisfacción de verlo, por fin, reconocer algo que antes negaba.
—No voy a volver porque me lo órdenes.
—No te lo ordeno.
—Volveré porque quiero irme. Pero hablaremos, y no permitiré que el asunto termine en un beso para que olvidemos lo importante.
—De acuerdo.
El regreso al castillo fue silencioso, aunque no hostil. La carroza avanzaba entre caminos húmedos y setos oscuros; de vez en cuando, la luna aparecía entre nubes arrastradas por el viento del mar. Emma miraba por la ventana. Charles no intentó tocarla.
Al llegar, ella subió directamente a su habitación. Cerró con llave la puerta que daba al pasillo y dejó la comunicante entre ambos cuartos sin atrancar. No sabía qué significaba ese detalle. Quizá nada. Quizá demasiado.
Pasaron veinte minutos antes de que escuchara dos golpes suaves.
—Emma.
—¿Qué?
—¿Puedo entrar?
Ella pensó en decir que no. Estaba cansada de pensar, cansada de sentir. Pero abrió apenas la puerta comunicante. Charles estaba del otro lado, sin chaqueta, con el rostro más agotado que furioso.
—No quiero pelear —dijo él.
—Entonces no pelees.
—No quiero tocarte si no quieres que lo haga.
Emma sostuvo el picaporte con fuerza.
—¿Por qué te cuesta tanto entenderlo?
—Porque me educaron para creer que bastaba con desear algo y tomarlo. Y porque he sido un cobarde cada vez que he tenido que admitir lo que siento. Ninguna de las dos cosas es culpa tuya.
La sinceridad la desarmó más de lo que quería.
—No soy tu propiedad, Charles.
—No. —La palabra le salió inmediata—. Eres mi esposa, sí, pero eso no te convierte en algo mío. Y he hablado como si así fuera. No quiero ser ese hombre.
Emma cerró los ojos. Cuando los abrió, aún estaba furiosa; pero debajo de la furia había deseo, afecto, cansancio y una esperanza que la avergonzaba.
—No sé si puedo perdonarte.
—No te lo pediré esta noche.
—Bien.
Charles guardó silencio. Esperó.
Emma fue quien dejó la puerta abierta del todo.
—Entra —dijo—. Solo para hablar.
Él asintió. Se sentó en una silla, lejos de la cama, y ella se quedó frente a la chimenea apagada. Hablaron de cosas pequeñas al principio: de la fiesta, de Raj, de los Dren, de la lluvia que amenazaba con volver. Luego volvieron a las partes difíciles.
Emma le dijo que su nueva frialdad no era una estrategia para volverlo loco, sino el único modo que había encontrado de no romperse. Le dijo que no quería ser la mujer que siempre sonreía mientras otros decidían por ella. Charles la escuchó sin interrumpir.
—No tienes que dejar de ser Emma para que yo te respete —dijo él.
—Eso habría sido más útil antes.
—Sí.
La aceptación, sin defensa, hizo que algo dentro de ella cediera. Emma se acercó. No mucho. Lo suficiente para rozar con dos dedos el borde de la cicatriz que le cruzaba la mano.
—¿Puedo besarte? —preguntó Charles, exactamente como lo había hecho junto al lago.
Ella alzó la mirada.
—Sí.
Esta vez el beso no llegó como una disputa.
Fue lento, preguntado, construido con pausas en las que cualquiera podía apartarse.
Emma lo abrazó porque quiso; Charles la sostuvo con cuidado, como si supiera que la confianza no era una puerta que se abre una vez, sino una habitación que debía aprender a habitar.
Cuando el deseo volvió a encenderse, fue Emma quien apartó el rostro primero.
—No quiero que esto sea una forma de evitar la conversación.
—No lo será.
—Y no quiero dolor.
Charles apoyó la frente contra la de ella.
—Si en cualquier momento quieres detenerte, nos detenemos. Sin preguntas. Sin enfado. Sin que tengas que justificarte.
Emma buscó en su cara la promesa. La encontró, o quiso hacerlo.
—Entonces no me dejes sola con el miedo —susurró.
—No lo haré.
La intimidad que siguió fue distinta porque fue elegida. Charles se movió con una paciencia que no había conocido antes; Emma pudo decir cuándo algo le incomodaba, y él atendió cada palabra. No hubo victoria ni castigo, sino una ternura vacilante, todavía herida, pero real.
Mucho después, cuando la habitación volvió a estar silenciosa, Charles se recostó a su lado y la cubrió con la sábana hasta los hombros. Emma permaneció mirando el techo, con el cuerpo cansado y el corazón demasiado despierto.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí. Esta vez sí.
Charles le apartó un mechón de la frente.
—Lo siento por la primera vez. No hay nada que pueda borrar eso, pero nunca volveré a hacerte sentir desamparada.
Emma tragó saliva.
—No voy a fingir que ya está perdonado.
—No te lo pediré.
—Pero... gracias por escucharme.
Él sonrió con una tristeza dulce.
—Debería haberlo hecho desde el principio.
Emma se acomodó de lado, dejando una distancia mínima entre ambos. Charles no la redujo hasta que ella, por iniciativa propia, buscó su mano debajo de las sábanas.
—No confundas esto con una rendición —advirtió.
—Jamás me atrevería.
Por primera vez en semanas, Emma rio sin que la risa le doliera.
Sin embargo, cuando Charles se quedó dormido, ella apoyó la palma sobre su vientre. Allí, en el secreto oscuro de su cuerpo, había una vida que él todavía desconocía.
No sabía cuándo se lo diría. No sabía si la noticia los uniría o los rompería por completo. Solo supo que el amanecer traería preguntas para las que ninguno de los dos estaba preparado.