Siempre fuiste tú 15 #2
53%

15 #2

La frase fue tan sencilla que Emma terminó por hacerlo.

Se tapó el rostro con una mano, odiando la fragilidad que la desbordaba.

Charles se acercó solo cuando ella, sin mirarlo, apoyó la frente contra su hombro.

La abrazó con cuidado. No la estrechó como si pudiera recomponerla: apenas sostuvo su espalda, dejando que decidiera cuánto permanecer allí.

—No sé qué me ocurre —susurró Emma.

—No tienes que saberlo ahora.

Emma se apartó y se limpió el rostro con el dorso de la mano.

—Tengo trabajo. Y una velada esta noche, por lo visto.

—Rajá irá —dijo Charles con la intención de provocar una sonrisa.

Emma logró una mueca.

—Entonces no habrá manera de que te aburras.

—No quiero que vayas solo para castigarme.

—No todo gira en torno a ti, mi lord.

—Ya lo sé —respondió él, y sonó sinceramente arrepentido.

Emma dejó el castillo antes del mediodía.

Con el pretexto de visitar unas tiendas en Belfast, tomó una de las yeguas de la finca y se encaminó hacia los barrios obreros que se extendían más allá de las calles bien cuidadas.

Allí el aire no olía a rosas ni a cera de muebles, sino a carbón húmedo, harina, lana mojada y humo de las chimeneas.

No iba de compras. Nunca lo había hecho, aunque era lo que la gente suponía cuando veían su carruaje detenerse junto a la plaza.

En una cocina prestada, amplia y encalada, varias mujeres amasaban pan. Dos muchachas revolvían una olla de caldo con papas, cebollas y cebada; un niño se encargaba de apilar los bollos recién horneados en canastos de mimbre. Emma se arremangó sin pensarlo y hundió las manos en la masa.

Trabajaba allí desde antes de su boda. Con parte de lo que ganaba como escritora, pagaba harina, carbón y mantas; con otra parte, compraba cuadernos para los niños que no podían asistir con regularidad a la escuela.

No le avergonzaba. Lo que le desagradaba era convertir la miseria ajena en un espectáculo para la aristocracia, por eso Charles no sabía gran cosa.

—Mi madre dice que hoy has venido triste —comentó la pequeña Nora, una niña de trenzas oscuras que sacaba panes del horno con una pala demasiado grande para sus brazos.

—Tu madre se fija demasiado —respondió Emma.

—Las madres hacen eso.

Emma sonrió apenas.

—Algunas sí.

—¿Y el lord? ¿La hizo llorar?

Emma dejó de amasar un segundo.

—El lord tiene muchas cualidades. Comprender a las personas no es una de ellas.

Nora pareció valorar la respuesta y asintió con solemnidad.

Cuando terminaron, Emma ayudó a cargar los canastos en un carro que partiría hacia las casas más pobres del distrito.

Luego se despidió de las mujeres, tomó un libro y unas hojas dobladas de su alforja y buscó el lago.

Allí, lejos de las paredes del castillo, la tarde parecía respirar mejor.

El agua reflejaba un cielo pálido; los sauces inclinaban las ramas sobre la orilla y las aves pequeñas discutían desde los juncos.

Emma ató la yegua en una zona de pasto fresco, se sentó bajo un roble y abrió el libro.

Escribió dos líneas sobre una joven que confundía la libertad con la soledad. Después borró ambas. La fatiga le venció antes de poder continuar, y se quedó dormida con el volumen abierto sobre el regazo.

Charles regresaba de inspeccionar los cobertizos de los arrendatarios, las existencias de grano y las reparaciones de una cerca derribada por la última tormenta. Había sido una jornada larga. Aun así, al ver huellas conocidas junto al camino del lago, cambió de dirección.

Encontró la yegua de Emma pastando con tranquilidad.

Maldijo entre dientes, más por alivio que por enojo, y siguió el sendero hasta la orilla.

Emma dormía bajo el roble, con una mano protegida sobre el libro y el cabello corto iluminado por los últimos jirones de sol.

Se veía distinta cuando dormía. No menos fuerte, pensó Charles, sino menos obligada a demostrarlo.

La nueva Emma seguía siendo un misterio para él. Su madre celebraba cada gesto más refinado, cada vestido nuevo, cada respuesta cortante; Gertrudis, en cambio, lo miraba como si tuviera la culpa de una herida que él todavía no comprendía. Charles empezaba a sospechar que ambos tenían razón.

Se agachó a su lado, pero no la tocó. Esperó a que el roce del viento hiciera moverse las hojas. Emma abrió los ojos de pronto, desorientada.

—¿Charles?

—No quería asustarte.

—Lo lograste de todos modos.

—Perdón. —Señaló el libro—. ¿Te has quedado dormida leyendo?

—Es un vicio heredado de mis mejores amigos. Todos insufribles.

Charles sonrió, y Emma, pese a sí misma, le devolvió el gesto.

—Tenemos la velada de los Dren esta noche —dijo él—. Me preguntaba si querías que te acompañara.

—¿Acompañarme? Qué novedad.

—No lo digo como una obligación. Solo... quiero estar contigo.

Emma lo miró largo rato. Había escuchado palabras parecidas antes y temía que se las llevara el primer silencio.

Charles levantó la mano, pero la dejó a medio camino.

—¿Puedo besarte?

El corazón de Emma dio un salto absurdo. No por la pregunta en sí, sino porque se la había hecho.

—Sí —contestó, casi en un susurro.

Él se inclinó despacio. El beso fue breve al principio, como si Charles temiera que ella cambiara de opinión. Emma lo tomó del cuello de la camisa y lo besó de nuevo, esta vez con un hambre que le avergonzó y, al mismo tiempo, la hizo sentirse viva.

Charles apoyó la frente contra la suya.

—No quiero estropear esto.

—Entonces no lo estropees.

El deseo volvió a encenderse entre ellos, innegable. Cuando él intentó acercarla más, Emma se tensó. No era rechazo completo; era memoria. Charles lo percibió al instante y se apartó.

—No tenemos que hacer nada más.

—No estoy lista aquí—dijo, mirando el agua—. Ni en este momento.

—Está bien. Gracias por decírmelo.

El alivio de no tener que discutir hizo que Emma se sintiera ridículamente triste.

—¿No te enojas?

—¿Porque pongas un límite? No. —Charles se sentó a su lado sobre la hierba—. Debería haber aprendido eso antes.

Desde el sendero llegó una voz alegre, seguida de otra impaciente.

—¡Charles! ¡Emma! ¡La señora Dren envió el carruaje!

Emma se puso de pie y alisó la falda.

—La reina llama.

Charles se rió.

—Sí, milady.

La velada de los Dren se celebraba en una casa amplia de ladrillo rojizo, en las afueras de Belfast. Los candelabros encendidos doraban las paredes; el perfume de las flores de invernadero se mezclaba con el del ponche especiado y las capas húmedas de los invitados.

Un cuarteto interpretaba valses y polcas en un rincón, mientras las conversaciones circulaban con la misma facilidad que el vino.

Emma llevaba un vestido verde oscuro, de cuello alto y mangas ajustadas.

El color hacía más claros sus ojos y más vivo el oro apagado de su cabello.

Charles la vio entrar del brazo de Rajá y sintió una irritación inmediata, irracional, que no quiso nombrar.

Clare se acercó a él junto a la mesa del ponche.

Llevaba una cinta azul en el cabello y aún tenía el aire cansado de quien no ha dormido lo suficiente.

—Pareces dispuesto a matar a alguien —observó.

—No lo estoy.

—Claro que no. Y yo no tengo una hija de un mes.

Charles tomó una copa sin beber.

—Raj exagera.

—Raj conversa. Tu esposa también. Quizá el problema sea que te estás dando cuenta de que Emma puede gustarle a otros hombres.

—Eso siempre ha sido evidente.

—No para ti. —Clare bajó la voz—. Y quizá por eso te irrita.

Charles no respondió. Vio a Emma reír ante algo que Raj decía. Nadie había reído así por él en semanas. Aquello le clavó un sentimiento áspero bajo las costillas.

—Ella no quiere que yo me acerque —murmuró.

—Entonces escucha lo que te ha dicho y deja de convertir tu deseo en una exigencia.

Clare se alejó antes de que él pudiera contestar. Emma, entretanto, soportaba con paciencia las atenciones de un joven terrateniente que parecía haber olvidado que ella llevaba un anillo de casada.

—Lady Donovan, ¿me concedería este baile?

—No creo que sea buena idea —respondió ella con una sonrisa ligera—. Mi marido podría tomarlo como una provocación.

—¿Y usted?

—Yo lo tomaría como un gesto de pésimo gusto.

El joven se ruborizó. Raj apareció a su lado antes de que pudiera seguir insistiendo.

—¿Me permite invitar a la condesa a un ponche, lord Hargreaves? —preguntó con una amabilidad tan pulida que resultaba burlona.

Emma le tendió el brazo.

—Será un placer, Raj.

Charles los vio alejarse y respiró hondo. No tenía derecho a enfadarse. No después de todo. Pero cuando Raj se inclinó para apartarle a Emma un mechón de cabello de la mejilla, el gesto íntimo, familiar, fue más de lo que pudo tolerar.

Llegó hasta ellos sin apresurarse. Eso era peor: Charles solo caminaba despacio cuando luchaba por no perder el control.

—Emma —dijo—. ¿Podemos hablar un momento?

Ella lo examinó, desconfiada.

—¿Es una petición o una orden?

—Una petición.

Rajá cruzó los brazos.

—Si la dama quiere hablar contigo, hablará. Si no, no.

Charles lo miró con una frialdad capaz de helar el ponche.

—Gracias por recordarme lo evidente.

Emma suspiró.

—Cinco minutos. No más.

Él la condujo a un pequeño salón contiguo, vacío salvo por una mesa de juego y dos sillones de terciopelo. Cerró la puerta sin echar el cerrojo.

—¿Qué sucede? —preguntó Emma.

—No me gusta cómo Raj te toca.

Ella soltó una risa corta, sin humor.

—Qué frase tan peligrosa.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Porque no estás diciendo: «me siento inseguro» o «me duele verte tan cerca de él». Estás diciendo que no te gusta, como si eso bastara para prohibirme algo.

Charles apretó la mandíbula.

—Me pone celoso.

Emma parpadeó, sorprendida.

—Al fin una verdad.

—No es una excusa. —Él pasó una mano por su cabello—. No quiero decidir con quién hablas ni cómo te vistes ni qué baile aceptas. Pero cuando te vi con él, pensé que... que podría perderte.

—Ya me perdiste una vez —dijo ella con una calma dolorosa.

—Lo sé.

—No, Charles. Lo sabes con la cabeza. No con el corazón.

Él dio un paso hacia ella y se detuvo antes de invadir su espacio.