15
Había pasado un mes desde el nacimiento de Renata y desde que Emma descubrió, con una mezcla de temor y asombro, que llevaba una criatura en el vientre.
Las náuseas eran más crueles al amanecer.
La despertaban antes que la luz, con la garganta amarga y la necesidad urgente de abandonar la tibieza de las sábanas.
Después venía el cansancio: una languidez lenta, casi vaporosa, que se le instalaba en los huesos y la obligaba a sentarse cuando prefería correr.
Por lo demás, el embarazo no le había traído una desgracia visible. No todavía.
Lo difícil era Charles.
Desde aquella noche en que volvieron a dormir juntos, él había adquirido la costumbre de cruzar la puerta comunicante cuando el castillo se aquietaba.
Llegaba tarde, con el olor frío de la noche adherido al abrigo y un cansancio silencioso en el rostro.
No siempre hablaban. A veces Charles se tumbaba a su lado sin tocarla; otras, Emma despertaba de madrugada y encontraba el peso cálido de un brazo rodeándole la cintura, como si se le hubiera escapado en sueños.
Negar que le gustaba sería mentir. Le gustaba demasiado.
El problema era que, al abrir los ojos, el recuerdo de todo cuanto había oído y sospechado volvía a levantar sus muros.
Y cada mañana, antes de que él pudiera verla débil, ella abandonaba la cama para perder la cena de la víspera en una palangana de porcelana.
Aquella mañana, el comedor olía a pan tostado, mantequilla y café. La lluvia de la madrugada aún brillaba sobre los cristales, y más allá de las ventanas el césped de la finca parecía cubierto de diminutos espejos. Emma mordía una tostada sin verdadero apetito cuando Charles llegó.
Se inclinó sobre ella y rozó con los labios su frente a modo de saludo. Era un gesto que había repetido tantas veces que ya debería resultarle familiar; sin embargo, Emma seguía sintiendo un pequeño desconcierto, como si le ofreciera ternura con una mano y le negara una verdad con la otra.
—¿Has dormido bien? —preguntó él, tomando asiento a su lado.
—Tan bien como se puede dormir con un marido que invade la habitación a medianoche.
Charles dejó escapar una risa baja.
—Eso no es una queja muy severa.
—No te concedas méritos que no he dado.
Él la observó un instante, divertido y cauteloso al mismo tiempo.
—¿Has ido a ver a Renata?
Emma dejó el vaso de zumo sobre la mesa.
—No he tenido ocasión.
—Renata cumplió un mes hace dos días.
—Precisamente por eso no creo que mi presencia sea indispensable. A esta altura ya debe de saber quién es su madre.
—Emma.
—Charles.
El conde apoyó los antebrazos sobre la mesa. La claridad gris del amanecer le hacía parecer más pálido, más serio; el cabello rojizo, aún algo húmedo por el aseo, se le encrespaba contra la frente.
—¿Qué haces durante el día? —preguntó al fin—. Siempre dices que estás ocupada, pero nunca me cuentas con qué.
Ella sacudió las migas de sus dedos con una calma estudiada.
—¿Desde cuándo te interesa tanto mi agenda?
—Desde que eres mi esposa.
—Ah. ¿Ahora eres celoso?
Charles arqueó una ceja.
—No he dicho eso.
—No, claro. Tú rara vez dices lo que realmente quieres decir. —Emma sonrió, aunque la sonrisa no le alcanzó los ojos—. Tal vez deberías preguntarte por qué te inquieta una mujer a la que, según parece, no sabes mirar cuando está delante de ti.
El silencio cayó con la precisión de una cuchilla.
—¿Qué significa eso? —preguntó Charles, más bajo.
Antes de que Emma respondiera, se oyó el roce de una falda en el pasillo.
Clare apareció en el umbral, delicada y pálida tras el parto, aunque más viva de mirada de lo que Emma esperaba.
Llevaba una bata azul ceniza, y en una de las mangas se le había prendido un hilo de lana blanco, quizá de las mantitas de Renata.
—Buenos días —saludó Clare—. Espero no interrumpir.
—No interrumpes nada —dijo Emma.
Charles se puso de pie de inmediato.
—¿Cómo estás? ¿Y Renata?
La rapidez de aquella preocupación le ardió a Emma en el pecho, aunque se negó a dejar que se notara.
—Renata duerme, por fin —respondió Clare con una sonrisa cansada—. Yo no he tenido la misma suerte.
—Es emprano para estar despierta —comentó Emma, sin mirarla.
—Extrañaba desayunar con ustedes.
—Y nosotros contigo —repuso Emma. El sarcasmo no llegó a tiempo de esconderse.
Clare la miró con atención. Había comprensión en sus ojos, pero también una tristeza que a Emma le pareció insoportable.
—No has venido a verme —dijo con suavidad—. Ni a conocer a Renata. Ni a hablar conmigo. ¿He hecho algo para herirte?
Emma se levantó tan deprisa que la silla rozó el suelo de piedra.
—No es eso. Estoy ocupada.
—Emma, intento entender...
—No tienes por qué entender nada, Clare. Continúa con tu vida perfecta. No necesitas que yo la enturbie.
Clare palideció.
—Preferiría que no estuvieras lejos de mí.
—Qué amable. Saluda a Francisca de mi parte.
—Renata —corrigieron Clare y Charles a la vez.
Emma inclinó la cabeza, impecable.
—Renata, desde luego. Mi memoria anda fatigada.
Salió del comedor sin darles oportunidad de detenerla. Cruzó la galería con el corazón golpeándole demasiado alto, demasiado rápido. No alcanzó la escalera. Charles la siguió y le rozó el codo, pero Emma se soltó antes de que el contacto se convirtiera en una sujeción.
—¿Puedes decirme qué ha sido eso? —preguntó él.
—He tenido una conversación desagradable durante el desayuno. Nada extraordinario.
—Has sido cruel con Clare.
Emma lo miró de frente.
—¿Y eso te ofende?
—Me preocupa. No eres tú.
—¿Y quién soy, Charles? ¿La mujer que se ríe para que no tengas que mirarla con demasiada atención? ¿La que siempre perdona antes de comprender qué ha ocurrido?
La expresión de él cambió. Por un segundo, Emma pensó que quizás había llegado hasta él. Después vio el deseo: nítido, involuntario, tan fácil de leer como el resplandor de una lámpara en la oscuridad.
—No me mires así —dijo ella, cortante.
—¿Así cómo?
—Como si besarme pudiera resolver cualquier cosa.
Charles se quedó inmóvil. La distancia entre ambos era pequeña; bastaba un paso para borrarla. Pero, por primera vez, él no lo dio.
—No pretendo resolverlo con un beso —contestó—. Aunque sí quiero besarte.
Emma respiró hondo. El cuerpo, siempre traicionero, recordó antes que la razón el calor de su boca.
—Hoy no —dijo.
—Está bien.
La respuesta, sencilla y sin reproche, la sorprendió más que cualquier presión. Charles bajó la mirada, como si se reprendiera a sí mismo.
—No volveré a insistir cuando me digas que no —añadió—. No quiero que me temas.
Emma sintió una punzada extraña, demasiado cercana al alivio.
—Entonces empieza por dejar de decidir por mí.
Charles asintió despacio.
—¿Irás a conocer a Renata?
—No porque tú lo órdenes.
—No lo haré. Te lo pregunto porque Clare te echa de menos y porque, aunque te empeñes en aparentar lo contrario, creo que a ti también te gustaría verla.
Emma miró hacia la escalera. Su orgullo quiso decir que no. Pero la imagen de una criatura diminuta, con los rasgos de Gregory y la vulnerabilidad de Clare, comenzó a abrirle una grieta en el pecho.
—Iré —cedió al fin—. Pero voy por mí.
—Por ti —repitió Charles.
Subieron en un silencio contenido. Clare les habló de Renata mientras caminaban: de los pañales de lino que jamás parecían suficientes, del llanto nocturno, de los paseos breves junto a la ventana para tranquilizarla.
Emma fingía desinterés, pero cada palabra se le quedaba prendida, como hilo en una aguja.
—Cuando despierte de madrugada —decía Clare—, puede ser hambre, frío o simplemente que necesita oír una voz. Al principio uno cree que no sabrá distinguirlo, y después...
—Después el cuerpo aprende —murmuró Emma.
Clare se detuvo.
—¿Por qué tendrías que saber eso?
Emma levantó la vista, alerta.
—Porque Mary se enfermaba mucho cuando era niña. Mi madre apenas dormía.
La explicación salió limpia. Charles la observó de soslayo; no dijo nada, pero Emma notó la duda que despertaba en él.
Renata lloraba en el cuarto cuando llegaron. El sonido no era dulce, pensó Emma, sino pequeño y urgente, como el llamado de algo que todavía no conoce el mundo. Clare la tomó en brazos con una destreza fatigada. A un lado, la niñera preparaba agua tibia y paños de muselina.
—Ven —dijo Clare—. No muerde. Todavía.
Emma se acercó. El miedo que sintió no tenía nombre. Renata era tan ligera que parecía hecha de aliento; llevaba los párpados cerrados y una mano diminuta se abría y cerraba junto a la manta.
—¿Puedo? —preguntó Emma.
Clare respondió con una sonrisa y depositó a la niña entre sus brazos.
Emma bajó la vista. La pequeña tenía la boca de Gregory y un mechón oscuro, apenas visible, pegado a la sien. Era hermosa de un modo casi doloroso.
Charles se colocó detrás de ella, no demasiado cerca. Esta vez no tocó su cintura hasta que Emma apoyó, por un segundo, el hombro contra él. Entonces él alzó una mano y acarició la mejilla de Renata.
—Se te da bien —murmuró.
Emma no respondió. No pudo. En su interior algo había comenzado a palpitar con una ternura tan feroz que le dio miedo.
Gregory entró entonces, con el abrigo aún puesto y el cansancio de un padre reciente bajo los ojos. Se inclinó a besar a Clare y luego miró a Renata como si el mundo entero se redujera a aquella niña.
Emma vio la escena con una atención que la dejó exhausta: la mano de Gregory en el hombro de su esposa, el modo en que Clare se inclinaba hacia él sin pensarlo, la facilidad de una familia que parecía saber exactamente dónde pertenecía cada uno.
Devolvió a Renata con cuidado.
—Es preciosa —repitió, porque no encontró nada mejor.
Y antes de que las lágrimas le deshicieran la voz, se dirigió hacia la puerta. Charles la alcanzó en la galería.
—Emma.
Ella se detuvo, de espaldas a él.
—No me preguntes nada.
—No iba a hacerlo. Pero puedes llorar si lo necesitas.