14 #2
La dureza de su voz hizo que el doctor parpadeara. Luego, con la discreción de quien ha atendido demasiadas casas nobles y conoce la fragilidad de sus secretos, bajó la mirada hacia su maletín.
Emma llevó una mano al vientre. Un hijo. De Charles. Solo una noche. Un solo encuentro. Una sola vez había dejado que sus murallas se deshicieran, que el deseo le ganara a la desconfianza, que la amistad que aún creía viva se confundiera con otra cosa.
Y había bastado.
No quería llorar delante de aquel hombre. No quería permitir que la vieran como una esposa aterrada, otra mujer vencida por un destino que no había elegido. Pero el pánico le subió por el pecho con una violencia silenciosa.
Un hijo de Charles.
¿Y ahora qué?
—¿Desea que informe al conde? —preguntó el médico—. Imagino que querrá compartir con él la noticia.
—No.
La respuesta salió demasiado rápida.
Emma cerró los ojos y se obligó a moderar el tono.
—No, doctor. Prefiero decírselo yo misma.
El médico asintió.
—Como desee.
—¿Qué debo hacer?
—Descansar. Comer de forma regular. Evitar los sobresaltos, las horas de pie y el exceso de actividad. Es posible que tenga náuseas, cansancio o nuevos mareos. Si siente dolor intenso o cualquier síntoma que la inquiete, mande a buscarme de inmediato.
Emma se rio por lo bajo.
No era una risa alegre.
—El exceso de actividad será difícil de evitar.
—Entonces procure ser prudente, milady.
Emma apretó los labios. La palabra le pareció una burla. El doctor cerró el maletín, pero antes de marcharse se detuvo junto a la puerta.
—Por cierto, felicidades por su sobrina.
Emma tardó un segundo en salir de su estupor.
—¿Mi sobrina?
—Lady Clare ha dado a luz a una niña sana. El nacimiento ha sido agotador, pero la madre y la pequeña se encuentran bien.
Emma no supo qué expresión hizo. Solo sintió una punzada tan absurda que casi tuvo que reír.
Clare había tenido una hija.
Y Charles estaría allí. Claro que estaría allí. Con Clare. Con Gregory. Con aquella niña recién llegada que reunía a la familia en torno a la cuna mientras ella permanecía en su habitación, sosteniendo una noticia que no sabía cómo pronunciar.
—Supongo que mi marido está con ellos.
—Sí, milady. ¿Desea que le comunique que ha despertado?
—No. Estoy perfectamente.
El médico la observó con duda.
Emma le ofreció una sonrisa tan impecable como falsa.
—Que disfrute de su sobrina. Gracias por atenderme, doctor.
Cuando quedó sola, se dejó caer de nuevo sobre las almohadas.
El silencio fue demasiado grande.
Un hijo. No, corrigió con una brusquedad inútil. Un niño o una niña. Una vida diminuta que no conocía de guerras, de secretos, de orgullo ni de amores mal colocados. Una vida que ya dependía de ella.
Emma se llevó ambas manos al rostro.
—Maldita sea —susurró.
No sabía si estaba furiosa con Charles, con Dios, con su cuerpo o consigo misma. Quizá con todos. Apenas tuvo tiempo de respirar antes de que la puerta se abriera.
—¡Emma! —exclamó Charles.
Entró con una felicidad que no le había visto en semanas.
Su cabello rojizo estaba desordenado, el cuello de la camisa abierto, las mejillas encendidas por la prisa.
Parecía un muchacho otra vez, uno de aquellos que volvía a Bermont después de una travesura y esperaba contarla antes de que alguien lo regañara.
—Ha nacido la niña de Clare.
Emma lo miró sin moverse.
—La hija de Gregory —dijo despacio.
Charles se detuvo, como si el tono de ella lo hubiera golpeado.
—Sí.
—Me alegra que todo haya salido bien.
Su mirada fue a la bandeja de plata que una doncella había dejado junto a la cama. Había sopa clara, pan suave y fruta cocida. Se sirvió una cucharada solo para tener algo que hacer con las manos.
El sabor tibio le asentó de inmediato en el estómago.
Estás en cinta. La frase volvió con una nitidez brutal.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Charles, acercándose.
Emma no levantó la vista.
—¿De verdad te importa?
Charles guardó silencio, luego dio otro paso hacia la cama.
—Te desmayaste en mis brazos.
—Estoy bien.
—¿Eso dijo el médico?
—Algo así.
—Emma.
Ella dejó la cuchara sobre el plato y lo miró.
—No es tan importante como la bebé de Clare. Dime, ¿se parece a Gregory? Espero que se parezca a él.
Charles pareció estudiar su rostro antes de responder.
—Mucho. Tiene su nariz, al menos. Y creo que sus manos.
—Qué alivio.
—¿Eso era desprecio?
—No. Solo gustos.
Charles se sentó en el borde de la cama, con la cautela de un hombre que sabe que cualquier movimiento puede espantar a un animal herido. Su mano quedó cerca de la pierna de Emma, sin tocarla.
—A veces pienso en cuánto has cambiado —dijo.
—Qué pena que no tengas derecho a decidir si te gusta o no.
Él dejó escapar una risa breve. No porque le resultara gracioso, sino porque no sabía qué otra cosa hacer con la tristeza que le provocaba oírla hablar así.
—Es cierto. Es tu vida. Siempre lo ha sido.
—Por fin aprendiste algo.
Emma siguió comiendo, aunque ya no tenía hambre. La presencia de Charles la incomodaba de una manera nueva. Odiaba que estuviera allí, quieto, preocupado, intentando ser el esposo que no había sabido ser cuando ella lo necesitaba.
Odiaba más aún que una parte de ella quisiera contarle.
Quería decirle que había un hijo suyo creciendo dentro de ella.
Quería verlo palidecer, perder por una vez esa seguridad odiosa, preguntarse qué debía hacer.
Quería que la abrazara y le prometiera cosas que quizá no cumpliría, pero no podía.
No esa noche. No mientras él llegaba de la habitación de Clare con la alegría pintada en el rostro.
—Se hace tarde —dijo Emma, dejando la bandeja a un lado.
Charles miró el reloj de bolsillo.
—Sí.
No se movió.
—¿En serio estás bien? —preguntó otra vez.
Emma asintió.
—Sí.
Él tomó la bandeja y la dejó sobre una mesa. Después se quedó mirando cómo ella se acomodaba bajo las sábanas, dándole la espalda a la habitación.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó.
La pregunta la sorprendió.
Emma apretó los dedos sobre la manta.
—No sé.
Charles esperó.
—Puedes quedarte —añadió al fin—. Solo... no hagas preguntas.
—No las haré.
Se quitó el chaleco y la chaqueta, dejó las botas junto a la chimenea y apagó la mayor parte de las velas. Solo dejó una encendida sobre la mesita, una llama pequeña que pintó las paredes de oro tenue.
Luego se metió en la cama sin tocarla.
El colchón cedió bajo su peso.
Emma sintió la presencia de él a su espalda como una brasa que no podía apagar.
Había dormido a su lado antes, en la infancia, cuando los primos ocupaban cada habitación de Bermont y ella terminaba en un cuarto ajeno por haber discutido con alguna de las chicas.
Pero aquello era distinto. Ahora había miedo, había rencor, había un secreto creciendo en el silencio.
—Emma —susurró Charles después de un rato—. ¿Ya te dormiste?
Ella cerró los ojos.
—¿Qué quieres?
—Nada. Solo... recordé algo.
—Supongo que deseas que te pregunte.
Charles sonrió en la oscuridad. Emma podía oírlo.
—Me acordé de la noche en que escapamos de casa de la abuela Violet para ver las estrellas.
Ella tardó un momento en responder.
—¿Cuál de todas las veces que escapamos?
—La de la lluvia de estrellas.
Emma sintió que una sonrisa, traidora y pequeña, le movía la boca.
—Ah. La noche en que vi una estrella fugaz.
—Yo la vi primero.
—Mentira.
—Lo hice.
—Charles, eras un tramposo incluso de niño.
—Nos peleamos tanto por quién iba a pedir el deseo que despertamos a la abuela.
Emma soltó una risa baja.
—Aún me duele el oído de vez en cuando por el grito que nos dio.
—Nuestros gritos despertaron a todos.
—Y no tardaron ni diez segundos en salir al jardín.
—Descalzos —añadió él.
—Bailando bajo las estrellas.
—Y bajo el frío. Nos enfermamos al día siguiente.
Emma se volvió apenas sobre la almohada.
—Lady Violet quería asesinarnos.
—Nos obligó a comer aquel engrudo horrible.
—¿El de patata, huevo y...?
—Canela.
Ambos hablaron al mismo tiempo, imitando la voz severa de Violet:
—La canela es para que sepa bien.
La risa de Emma salió más libre de lo que esperaba.
Por un instante, los años retrocedieron. No había castillo Donovan, ni Clare, ni cartas, ni puertas entreabiertas, ni un hijo oculto bajo su corazón. Solo estaban dos niños bajo un cielo oscuro, convencidos de que los deseos caían del firmamento para quien supiera verlos primero.
La risa se apagó. El silencio volvió a caer entre ambos.
—¿Qué nos pasó, Emma? —preguntó Charles al cabo.
Ella contempló la sombra de las cortinas.
—Crecimos.
—Eso no explica nada.
—No —dijo, con tristeza—. Pero ayuda.
Charles no respondió.
Emma se acomodó de nuevo, dándole la espalda.
—Buenas noches, Charles.
—Buenas noches, Emma.
Ella tardó en dormir. Cuando por fin lo hizo, Charles permaneció despierto. Encendió la vela con cuidado y la miró desde su lado de la cama. Solo veía su espalda, la curva suave de sus hombros, el cabello corto extendido sobre la almohada como un trazo dorado.
Durante semanas había creído que Emma podía arreglárselas sin él.
Tal vez podía. Tal vez siempre había podido. Pero Charles comprendía, demasiado tarde, que eso no significaba que ella no necesitara ser elegida.
Apagó la vela. Entre los dos quedó la oscuridad y, sin que él lo supiera, un futuro imposible comenzó a respirar en silencio.