Siempre fuiste tú 14
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Charles no sabía en qué instante exacto su esposa había aprendido a usar el silencio como un arma.

Quizá fue la mañana en que Emma dejó de buscarlo con los ojos.

Quizá ocurrió cuando cortó su cabello, cambió las cintas claras por terciopelos de tonos profundos y empezó a vestir como si cada escalera del castillo Donovan fuera el escenario de una declaración.

O quizá nació la noche en que, sin alzar la voz, comprendió que las palabras también podían herir si se las escogía con suficiente cuidado.

No era que Emma hubiese dejado de ser hermosa. Siempre lo había sido. Lo inquietante era que, de pronto, parecía saberlo.

La nueva Emma ya no se reía antes de pensar, ni tropezaba con las alfombras, ni irrumpía en sus habitaciones para pedir una opinión que de todos modos no seguiría.

Aún tenía los ojos verdes, las pecas tenues sobre la nariz y la boca dispuesta a la insolencia; pero había algo distinto en la forma en que sostenía la mirada de los demás.

Un cálculo quieto. Una paciencia peligrosa.

Los hombres lo notaban.

En Belfast se hablaba de ella con ese entusiasmo voraz que la sociedad reservaba para las mujeres que podían admirarse sin pertenecer a nadie.

Se decía que bastaba una sonrisa de lady Donovan para convertir a un caballero en poeta y una negativa suya para hacerle perder el juicio.

Otros, menos delicados, aseguraban que Emma se había propuesto embrujar a todo hombre con pulso en Irlanda.

Charles sabía que exageraban o, al menos, deseaba creerlo.

Porque para él, Emma no tenía ni una sonrisa lenta ni una mirada de aquellas que dejaban al resto del mundo confundido.

A él le daba cortesía. Respuestas breves.

Una elegancia tan impecable como distante.

Una pared. Y Charles empezaba a sospechar que aquella pared tenía su nombre escrito del otro lado.

Esa noche asistían a una velada en casa de lady Hopper, una viuda de Belfast con un salón revestido de paneles oscuros, lámparas de cristal y una debilidad inagotable por toda forma de espectáculo.

La música de un cuarteto se filtraba desde la galería, mezclada con el perfume de los lirios, el humo tenue de los cigarrillos de los caballeros y el murmullo de las conversaciones que se deslizaban entre las copas de champaña.

Emma estaba sentada junto a una mesa circular, rodeada por un pequeño coro de damas y caballeros.

Un joven italiano llamado Lorenzo, de bigote impecable y manos blancas, leía cartas por diversión.

Había dispuesto el mazo sobre un paño color borgoña, con la solemnidad de un sacerdote y la sonrisa de un actor.

Emma parecía entretenida. Eso era lo peor.

Llevaba un vestido de seda verde oscuro, casi oliva, que hacía resaltar sus ojos.

El nuevo corte de cabello, más corto y ondulado rozaba apenas sus hombros y dejaba al descubierto la curva de su cuello.

No era un atuendo escandaloso; nadie habría podido acusarla de falta de decoro.

Pero, aun así, había hombres que olvidaban beber de sus copas cuando ella movía la mano para apartar una hebra de cabello.

—Oh, querido lord Donovan —dijo lady Hopper al verlo—, su esposa luce preciosa esta noche.

Charles obligó a su boca a formar una sonrisa.

—Gracias, lady Hopper.

—Es usted un hombre digno de envidia.

Charles volvió la vista hacia Emma. No respondió.

Se acercó a la mesa sin darse prisa. Un par de caballeros se apartaron para dejarle espacio, demasiado atentos a la presencia del conde.

Charles no se engañaba: no se retiraban por cortesía, sino porque todos sabían que la mujer en el centro de aquella pequeña corte era su esposa.

La idea debería haberlo complacido.

En cambio, le produjo una irritación absurda.

—¡Oh, milady! —exclamó Lorenzo, mezclando el mazo—. Ha llegado su marido. Eso cambia por completo la lectura.

Emma dejó caer la cabeza hacia atrás, recostándola en el respaldo de la silla. El gesto fue inocente, quizá incluso cansado, pero Charles sintió que media sala contenía la respiración.

—Hola, amor —dijo ella, con una languidez casi perezosa—. Lorenzo me está leyendo las cartas. ¿Quieres saber nuestro futuro?

Charles se inclinó lo justo para besarle la frente.

—No necesitamos que unas cartas nos lo digan —murmuró—. El futuro se construye.

Emma alzó los ojos hacia él. Por un instante, algo vaciló en su rostro. Fue mínimo; una chispa apenas. Después sonrió.

—Tengo un marido sensato, me temo que debemos revolverlas.

Alargó la mano, cubierta de anillos y guantes cortos, y desordenó las cartas con lentitud.

No hizo nada extraordinario. No más que pasar los dedos sobre el papel.

Pero las miradas masculinas se detuvieron en el movimiento con una devoción que a Charles le pareció, de pronto, insolente.

Emma se puso de pie y se colocó a su lado.

—¿Me invitarías a bailar?

—Siempre.

Él le ofreció el brazo. Emma lo aceptó. Al cruzar el salón, varias conversaciones se interrumpieron para seguirlos con los ojos. Era normal; el conde de Longford y su esposa, recién casados y tan hermosos de una forma tan distinta, daban de qué hablar incluso cuando respiraban.

La orquesta comenzó un vals.

Charles colocó una mano en la cintura de Emma. A través de la tela, pudo sentir la tensión que ella intentaba disimular. Emma apoyó la otra mano en su hombro, sin acercarse más de lo estrictamente necesario.

—Pareces divertirte —dijo él.

—Muy poco, en realidad.

—¿Tan aburrida te resultan las veladas?

Emma siguió el compás sin mirarlo.

—No hay nada nuevo. Las mismas historias, los mismos escándalos, los mismos hombres convencidos de que una mujer sonríe solo porque desea ser salvada por ellos.

Charles no pudo evitar una risa breve.

—Podríamos faltar a algunas invitaciones. Así no te cansarías tanto.

Ella lo miró por fin.

—¿Estás loco? Si falto a una sola, recibiré cartas de lamento durante semanas. Belfast ha decidido que soy un entretenimiento aceptable.

—Te has vuelto popular.

—Siempre se me ha dado bien hacer amigos.

La frase era cierta. Emma había tenido ese don incluso de niña: podía convertir una conversación torpe en una risa y hacer que cualquier extraño sintiera que lo conocía desde hacía años. Pero ahora sus amistades parecían otra cosa. No abría puertas; las medía. No se entregaba; escogía.

Bailaron en silencio durante algunos segundos. La cercanía empezó a incomodarla. Charles lo notó porque Emma tensó los dedos sobre su hombro. Cada vez que él conseguía acercarse un poco, ella parecía recordar que no podía permitirse suavizarse.

Entonces atacó.

—¿Y Clare?

Charles tardó un instante en comprender el cambio de tema.

—No ha venido. Está muy cerca del parto.

—Ah, es cierto.

El desinterés de Emma fue demasiado perfecto.

—No la has visitado en algún tiempo —dijo—. Está delicada.

—Tú la visitas por los dos —respondió ella con una sonrisa que no le alcanzó a los ojos—. Estoy segura de que lo agradece.

Charles frunció el ceño.

—Emma...

Ella no le permitió continuar. Lo soltó de golpe, como si hubiese perdido el equilibrio, y se llevó una mano a la sien.

Las personas cercanas volvieron la cabeza.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Charles, tomándola por el codo.

—Sí. Creo que... —Emma hizo una pausa. Quiso fingir un mareo, una pequeña excusa para escapar de la conversación, pero el piso se inclinó de verdad bajo sus pies—. Creo que hace demasiado calor.

Un caballero se adelantó con rapidez.

—Tal vez aire. Si me permite, yo podría acompañarla...

Charles lo miró.

No elevó la voz. No hizo ningún gesto violento. No le hizo falta.

—Yo la llevaré.

El hombre palideció y retrocedió.

Emma intentó avanzar hacia una mesa cercana, pero el murmullo de la fiesta comenzó a alejarse. Las luces se volvieron manchas doradas. El perfume de los lirios le revolvió el estómago de una manera súbita, feroz. Tomó el primer brazo que encontró.

La mano que cubrió la suya era cálida y conocida; Charles.

—Emma —la llamó él, más cerca de lo que ella esperaba—. Mírame.

Ella quiso hacerlo. De verdad quiso.

—Charles, creo que...

No terminó. La oscuridad llegó con una dulzura terrible y la arrastró antes de que pudiera luchar contra ella.

Al principio regresó en fragmentos.

Un golpe apagado dentro de la cabeza. El roce frío de un estetoscopio sobre el pecho. Manos cuidadosas presionando su muñeca, su vientre, su frente. Voces conocidas que entraban y salían de la niebla: la de Charles, tensa; la de Genoveva, afilada por el miedo; otra masculina, serena, desconocida.

—Emma.

Su nombre le llegó como si lo llamaran desde el fondo de un pozo.

—Emma, abra los ojos.

Lo intentó.

El techo de su habitación apareció primero: alto, pálido, atravesado por sombras de cortinas.

Después vio el contorno de un hombre de cabello blanco y bigote espeso, vestido con sobriedad y con un maletín de cuero abierto a su lado.

Estaba en el castillo Donovan. ¿Cómo había llegado allí? Intentó incorporarse.

—No, condesa —dijo el médico con firmeza amable—. Despacio. Ha sufrido un desmayo y no conviene que se maree de nuevo.

Emma obedeció, no porque quisiera, sino porque el cuerpo le pesaba como si alguien lo hubiese llenado de arena. Poco a poco, las figuras dejaron de ser borrosas.

—¿Quién es usted?

—El doctor Havelock, médico de la familia. Y me complace saber que ya puede verme con claridad.

—Solo Emma —murmuró ella.

El doctor sonrió con discreción.

—Muy bien, Emma. Hay algo que debo decirle.

La sensación de peligro fue inmediata.

—¿Qué sucede?

El hombre se acomodó los lentes sobre la nariz.

—Por los signos que presenta, y después de haberla examinado, estoy convencido de que está encinta.

El mundo no se inclinó esta vez. Se rompió. Emma se incorporó de golpe. El mareo la obligó a sujetarse de la cabecera.

—No haga movimientos bruscos.

—¿En cinta? —repitió, incapaz de entender—. ¿Está seguro?

—Lo estoy.

—No.

El médico guardó silencio.

—No puede ser.

—Comprendo que la noticia la sorprenda.

—Deje de decirlo como si fuera una felicitación.