Siempre fuiste tú 13 #3
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—¿Una cita? —preguntaron varias voces a la vez.

Emma miró al pequeño público reunido al pie de la escalera y sonrió.

—Sí. Las O’Donnell dan un té. Me han invitado.

Charles entrecerró los ojos.

—Tú no soportas a las O’Donnell.

—Qué curioso —dijo ella—. Crees saber demasiado bien lo que pienso. Lo gracioso es que últimamente te equivocas con frecuencia.

Gertrudis soltó una risilla desde su silla. Emma continuó subiendo.

—Buenas tardes.

—¡Emma!

Charles fue tras ella. Gertrudis apoyó ambas manos sobre el bastón y sonrió, lenta, malvada, satisfecha.

—Así que ya comenzó.

—¿Qué cosa? —preguntó Mary con inquietud.

—La educación del diablo, niña.

Emma llegó a su habitación y cerró la puerta con llave.

Apenas había soltado los guantes cuando Charles golpeó.

—Emma, abre.

—Lo siento. Pienso dormir ahora. Mañana tendré un día pesado.

—Abre la puerta.

—Buenas noches, Charles.

Los pasos se alejaron. Emma respiró, creyendo haber ganado aquella primera escaramuza, pero no alcanzó a relajarse. La puerta comunicante con la habitación de Charles se abrió. Ella estaba de espaldas, desnuda hasta la cintura, con el camisón todavía entre las manos.

—¡Charles! —gritó, cubriéndose—. ¿Pero qué haces? ¡Sal de aquí!

Él entró y cerró la puerta tras de sí.

—No. No hasta que me digas qué diablos te sucede.

—Te lo repito: no me sucede nada. Ahora vete.

—Sorprendes a todos.

—Entonces lo siento.

—Deja de decirme que me vaya. Puedo quedarme aquí sí quiero. Eres mi esposa, ¿acaso lo olvidas?

Emma se quedó inmóvil. Después sonrió. No fue una sonrisa amplia. Fue pequeña, venenosa, precisa.

—¿Piensas herirme otra vez?

Charles retrocedió como si ella le hubiera puesto una pistola en el pecho. La frase quedó entre ambos, pesada, indecente. Él abrió la boca, pero no dijo nada. Por primera vez desde que había entrado, pareció comprender que había una línea y que Emma la dibujó con sangre.

—Eso es injusto —murmuró.

—No. Es memoria.

Charles bajó la mirada. Emma aprovechó el silencio para ponerse el camisón. Lo hizo sin prisa, dándole la espalda. Luego soltó el cabello o lo que quedaba de él. Charles alzó la vista.

—Emma… ¿qué le hiciste a tu cabello?

—Lo corté.

La melena rubia, antes larguísima, caía ahora apenas por debajo de los hombros, en ondas luminosas y rebeldes que enmarcaban su cuello. El cambio era escandaloso para cualquier salón respetable. También era devastadoramente hermoso.

—Se ve bien, ¿no crees? —preguntó ella.

—Se ve… diferente.

—Diferente es bueno.

Charles la miró como si no supiera dónde colocar las manos, los ojos ni la culpa. Había deseo en su expresión. Emma lo vio. Lo vio con una claridad amarga y nueva.

—Ya puedes irte.

Él no se movió.

—¿O qué piensas hacer? —preguntó ella.

Charles se detuvo a centímetros de ella. Emma no retrocedió, aunque tuvo que levantar el rostro para sostenerle la mirada.

—Entonces sí piensas acostarte conmigo —dijo.

Charles cerró los ojos un instante.

—No hagas esto.

—¿Qué cosa? ¿Nombrar lo que quieres?

Él la tomó por los hombros, con brusquedad al principio, pero aflojó los dedos de inmediato, como si se odiara por haber olvidado la medida de su fuerza. Emma sonrió.

—¿Tan rápido logré desesperarte? Te creía de más carácter.

—Emma.

—Ahora entiendo por qué tuviste tantas amantes. Eres fácil de provocar. Ni siquiera lo estoy intentando. ¿Te excita que te desprecie?

Charles la soltó como si quemara.

Se volvió hacia la ventana, respirando con dificultad.

Emma vio la batalla en su espalda, en la tensión de sus manos, en el modo en que apretaba la mandíbula.

Una parte terrible de ella quiso empujarlo más.

Otra, la que aún conservaba algo de la antigua Emma, se asustó de la facilidad con que podía hacerlo sangrar.

—Muy bien —dijo—. Buen progreso. Ahora vete.

—Me quedaré.

—¿Para qué?

—Tengo ganas de dormir aquí.

—Perfecto. Yo dormiré en tu habitación, verás que es la misma cosa.

Charles se volvió con una sonrisa lenta.

—Si quieres jugar, Emma, los dos sabemos mover piezas.

—Yo no juego a nada.

—¿Segura? —se acercó de nuevo, aunque esta vez mantuvo una distancia prudente—. ¿No lo has hecho desde que amaneció?

—No me di cuenta.

—Moviste tu peón —dijo él—. Me toca a mí.

Emma señaló la puerta comunicante.

—Lo único que quiero que muevas son tus pies fuera de aquí.

Charles obedeció. Pasó junto a ella y le dedicó una sonrisa de esas que, sin duda, había usado con demasiadas mujeres antes de aprender a pronunciar el nombre de su esposa con culpa.

No funcionaba con ella. No funcionaba. No.

La puerta se cerró. Emma se apoyó contra la madera y dejó salir el aire que había estado conteniendo.

Sus piernas temblaban. Su pecho también.

Odiaba que él pudiera alterarla incluso cuando ella quería destruirlo.

Se miró en el espejo: el cabello corto, los labios tensos, la mirada viva de una mujer que ya no sabía si estaba salvándose o perdiéndose.

Si aquello era una guerra, ella ganaría.

Siempre ganaba. Pero, por primera vez, no supo cuál era el premio.