13 #2
Él rio de nuevo, sin darse cuenta de que la puerta acababa de cerrársele en pleno rostro sin necesidad de madera ni llave.
—Qué más da —murmuró.
Se marchó.
Emma esperó a que la puerta volviera a cerrarse y entonces llevó una mano al estómago. El dolor que sintió no era físico. Era una mezcla de amor podrido, humillación y asco. No. Asco no era la palabra exacta. Era amor. Amor volviéndose odio con una lentitud exquisita.
A la mañana siguiente se levantó antes que el sol.
Cuando se quería planear una guerra, convenía empezar temprano.
La casa Donovan aún dormía. Los pasillos estaban fríos y olían a cera apagada, piedra húmeda y turba consumida en chimeneas moribundas.
Ni siquiera los criados se movían con la diligencia habitual.
Emma caminó despacio, envuelta en un vestido sencillo, con el cabello todavía suelto a la espalda y el golpe de la cabeza latiéndole como un segundo corazón.
En el comedor solo había una persona: Clare. Por supuesto. Sentada junto a la ventana, con una taza de té entre ambas manos y el rostro lavado por una luz pálida, parecía una santa pintada por alguien que no conociera el pecado, pero sí sus consecuencias.
—¡Emma! —exclamó al verla—. Buenos días. ¿Cómo te sientes?
Emma sonrió. No con alegría. Con educación.
—Perfecta.
Clare dudó.
—Es raro verte despierta a esta hora.
—Sí. Pero ¿a quién no le apetece desayunar a las seis de la mañana después de desmayarse en su propia fiesta?
Clare soltó una risa breve, nerviosa, porque aún creía que cualquier cosa dicha por Emma debía ser una broma. Pobre.
—Me alegra verte. Me di cuenta de que casi no hemos estado juntas.
—No —respondió Emma—. Tú pasas más tiempo con Charles.
La taza de Clare quedó suspendida a medio camino.
—Bueno, no es eso. Solo estábamos…
—Buenos días —saludó una voz masculina desde la puerta.
Charles entró con el cabello húmedo, el rostro despejado y esa seguridad insoportable de quien siempre ha creído tener el mundo bajo control. Se detuvo al verla allí.
—Emma. ¿Qué haces tan temprano?
—Lo mismo que ustedes —dijo ella—. Desayunar.
Él tardó un segundo en reaccionar. Después se acercó, como si fuera natural sentarse a su lado. Emma dejó la taza sobre el platillo con una delicadeza que sonó más fuerte que un golpe.
—Oh, no cambies tus rutinas por mi presencia.
Charles alzó las cejas.
—¿Mis rutinas?
—Tu asiento está dispuesto allá —señaló el lugar junto a Clare—. Sería descortés romper una costumbre por una aparición inesperada.
Clare se incorporó un poco.
—Emma, eso solo era porque Charles y yo éramos los únicos que bajábamos a esta hora. Ahora que estás tú…
—Insisto —la interrumpió Emma—. No quisiera perturbar nada.
Charles la observó con una mezcla de diversión y alarma. Luego, para irritarla o para probarla, se inclinó y le besó los labios.
Fue un beso breve, casi cotidiano y aun así la aturdió.
Emma se odió por ello. Se odió con una disciplina feroz. Su cuerpo, traidor, había reconocido la boca de Charles antes que su orgullo pudiera levantar una muralla.
—Estás agresiva esta mañana —dijo él, sentándose junto a ella de todos modos—. ¿Te sigue doliendo la cabeza?
—Un poco. Pero no es la cabeza lo que me molesta.
—¿Te duele algo más?
Parecía preocupado. Eso era lo más ofensivo.
—No. En absoluto.
Emma se puso de pie.
—Se me hace tarde. Mejor me voy de una vez.
Charles también se levantó.
—Espera. ¿A dónde vas?
Ella se volvió hacia él y soltó una risa suave. No era una de sus risas de antes, esa estaba fabricada con paciencia.
—¿Hablas en serio?
—Si pregunto, supongo que sí.
—No pensé que te importara.
El golpe fue limpio. Charles lo sintió, aunque no supiera todavía dónde había sangrado.
—Emma…
—Hice planes. No puedes venir.
—¿Planes?
—Sí. Ya sabes. Esas cosas que las personas hacen cuando no esperan ser incluidas en las de los demás.
—Estás extraña.
—No. Tengo prisa.
Tomó los guantes que había dejado sobre una silla y caminó hacia la puerta, decidida a irse antes de que sus fuerzas flaquearan. Charles la vio marcharse y cuando se volvió hacia Clare, buscando una respuesta, ella parecía tan sorprendida como él.
—Tal vez sí tenía planes —murmuró Clare.
Charles no contestó.
Emma pasó la mañana convertida en espectáculo.
Belfast, con sus calles húmedas, sus escaparates brillantes y el olor espeso del carbón mezclado con pan caliente, la recibió como si la ciudad hubiese estado esperando verla nacer de nuevo.
Entró en las mejores tiendas. Pidió vestidos a la última moda.
Eligió telas que antes habría considerado demasiado atrevidas: sedas verdes como aceitunas bajo la lluvia, terciopelos color vino, muselinas color humo, cintas negras, guantes claros, sombreros con plumas discretas pero imposibles de ignorar.
No compraba con desesperación. Compraba con método.
Cada prenda era una pieza. Cada encaje, una respuesta. Cada mirada masculina que se detenía en ella, una prueba.
Los dependientes se peleaban por atenderla.
Los caballeros que cruzaban la calle reducían el paso.
Más de uno se ofreció a cargar paquetes, abrir puertas, ayudarla a subir a la carroza.
Emma aceptaba con una sonrisa mínima, nunca suficiente para comprometerse, siempre suficiente para que el otro creyera haber sido elegido.
Qué sencillo era, pensó. Qué terriblemente sencillo. Había pasado años creyendo que la calidez era la forma más honesta de estar en el mundo. Ahora descubría que la distancia tenía mejores resultados.
A las cinco de la tarde, la carroza se detuvo frente al castillo Donovan con tal cantidad de cajas, envoltorios y sombrereras que hasta los mozos de cuadra se quedaron mirando. Emma descendió con ayuda de dos hombres que parecían competir por el honor de tocar apenas la punta de sus dedos.
Charles salió al vestíbulo antes de que la tercera caja cruzara la puerta. Detrás de él aparecieron Genoveva, Francisco, Gregory, Mary y Gertrudis, esta última sentada en una silla con expresión de deleite.
—Emma, por Dios —dijo Charles—. ¿Dónde estabas?
Ella alzó una ceja y miró las cajas que subían por la escalera.
—Creo que puedes deducirlo tú solo.
Pasó de largo.
—Emma.
—¿Sí?
—¿Qué sucede? Nunca has sido despilfarradora.
—Tranquilo. Es mi propio dinero.
Charles frunció el ceño.
—No hablaba del dinero. Si quieres algo, puedes pedírmelo. Me preocupa el cambio repentino de actitud.
Emma se volvió hacia él, ya con un pie en el primer escalón.
—Ah, cierto. No te conté con todo lo ocurrido en mi fiesta. Mi libro es un éxito. Esto —señaló los paquetes— es fruto de mi trabajo.
Mary sonrió con orgullo desde su silla. Francisco también lo hizo, aunque con cierta cautela. Genoveva apretó los labios, probablemente debatiéndose entre felicitarla y desmayarse por la vulgaridad de una mujer que admitía ganar dinero.
—No me refería a eso —insistió Charles—. Hace unos días estabas entrando a mi habitación para regalar mis camisas.
—Sí. Ya no haré eso.
La sencillez de la respuesta lo inquietó más que cualquier explicación.
—¿Por qué no?
—Porque no deja nada. Mejor me enfocaré en cosas más útiles.
Subió un escalón más. La falda nueva cayó en pliegues perfectos alrededor de sus piernas. Caminaba diferente. No con torpeza. No con prisa. Con la seguridad ensayada de una mujer que había descubierto el valor de hacerse mirar.
—Ah, por cierto —dijo, volviendo apenas el rostro—. Tengo un montón de invitaciones a bailes. Pienso ir a todos. ¿Quieres acompañarme?
Charles parpadeó.
—Tú detestas las veladas. Siempre dices que no puedes levantarte al día siguiente y entorpece todo tu día.
—Siempre hay una primera vez para corregir malos hábitos.
—Emma…
—Además, mañana por la mañana tengo una cita.