Siempre fuiste tú 13
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Emma despertó con la cabeza partida en dos.

Al principio no supo dónde estaba. La habitación le pareció ajena, oscura en los bordes, como si alguien hubiese cubierto los candelabros con velo negro.

Intentó incorporarse y el mundo se inclinó de golpe; una punzada le cruzó las sienes y la obligó a dejar escapar un gemido bajo, casi infantil.

Tenía la boca seca, el estómago revuelto y una presión absurda en el cráneo, como si la música de la fiesta siguiera golpeando allí dentro, tambor contra hueso.

—Emma, ¿te encuentras bien? —preguntó Clare con aquella voz suave que antes le había parecido siempre agua clara.

Emma volvió el rostro hacia ella, por un instante no la reconoció.

O quizá la reconoció demasiado. Clare estaba sentada cerca de la cama, pálida, con las manos unidas sobre el vientre y una expresión que habría podido pasar por preocupación si Emma no tuviera todavía clavada en la memoria la voz que había oído detrás de aquella puerta.

Parpadeó despacio. Asintió porque no tenía fuerzas para otra cosa, y el gesto le arrancó otra punzada.

—Te has golpeado con bastante fuerza —dijo Charles, inclinándose sobre ella para colocarle una compresa fría en la frente.

Emma tomó la tela por sí misma, apartando con delicadeza su mano. El contacto había durado apenas un segundo, pero le bastó para sentir un asco triste, confuso, insoportable. Lo miró con una quietud que no era suya. Charles frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—Nada —respondió ella demasiado rápido—. ¿Qué me ha pasado?

—Te desmayaste —dijo Clare—. En medio de la fiesta.

Ah. Sí.

El salón. La música. La risa. Los aplausos. El beso. Las velas derramando oro sobre los cristales. Y luego aquella habitación contigua, la puerta entreabierta, la voz que no debía existir diciendo lo que ninguna esposa debía escuchar jamás.

Emma cerró los ojos. El recuerdo regresó con una claridad cruel. No fue un pensamiento completo, sino una frase, una sola, repitiéndose como una aguja sobre la piel.

Yo te amo a ti.

El dolor de cabeza se volvió insignificante.

—¿Dónde está…? —intentó preguntar, pero un mareo la interrumpió. Tragó saliva—. ¿Dónde está la abuela?

—¿Gertrudis? —intervino lady Genoveva desde algún rincón de la habitación—. Dormida ya. Como debería estarlo cualquier persona decente a estas horas.

—Quiero verla.

Emma intentó ponerse en pie. No alcanzó a apoyar ambos pies en el suelo antes de que el cuarto girara sobre sí mismo. Charles la sostuvo por los hombros.

—Quietecita —murmuró—. No puedes ni caminar.

—Me duele la cabeza —dijo ella, odiando que su voz sonara débil.

—Eso suele pasar cuando alguien cae desmayada y se golpea contra la mesa —respondió Charles con una media sonrisa, como si aún esperara que Emma se riera con él.

Pero Emma no se rio. La sonrisa de Charles murió despacio.

—Un tónico —dijo Emma—. Y después me llevan con la abuela.

—Emma, no podemos despertarla —insistió Clare.

La rubia volvió hacia ella una mirada tan directa que la habitación pareció quedar sin aire.

—¿Tú qué sabes? —dijo, despacio—. No convives con ella. Es una emergencia, la necesito aquí.

Clare abrió los ojos, Genoveva dejó de mover el abanico de manera violenta e incluso Charles se quedó inmóvil.

—¿Qué clase de emergencia, aceituna? —preguntó una voz áspera desde la entrada de la habitación.

Gertrudis Donovan estaba allí, envuelta en una bata oscura, con el cabello blanco recogido de cualquier modo y los ojos azules convertidos en dos cuchillos diminutos. No parecía una anciana despertada a deshora, sino un general llamado al campo de batalla.

Al verla, Emma sintió que algo dentro de ella cedía.

No era alivio. Era permiso. Sus ojos se llenaron de lágrimas con una rapidez humillante.

Gertrudis lo comprendió al instante; no preguntó, no fingió dulzura, no ofreció agua ni palabras inútiles.

Solo avanzó hasta la cama y apoyó una mano huesuda sobre la cabeza de Emma, con una ternura torpe que valía más que cualquier caricia elegante.

—Salgan todos —ordenó.

—¿Qué? —Charles miró de una a otra—. Abuela, ¿por qué?

—Porque lo digo yo, saco de pulgas.

Charles pestañeó. El insulto no sonaba a juego. No venía acompañado de esa chispa burlona que solía suavizar las peores barbaridades de Gertrudis.

—Pero es mi esposa.

—Se hubiera dado cuenta de eso antes —espetó la anciana.

El silencio cayó como una copa rota.

Genoveva dio un paso.

—Gertrudis, no creo que sea prudente…

—Fuera tú también, cacatúa. Y tú —señaló a Clare sin mirarla del todo—, ni te me acerques.

Clare se puso de pie con el rostro encendido. Charles quiso decir algo, pero Gertrudis alzó un dedo.

—Una palabra más y te saco de aquí a bastonazos, aunque tenga que revivir mis rodillas para hacerlo.

Francisco, que se había mantenido en la puerta, carraspeó con una gravedad incómoda.

—Será mejor dejarla descansar.

Uno a uno salió. La puerta se cerró. El silencio que quedó no fue paz, sino un lugar seguro para romperse.

Emma se cubrió el rostro con ambas manos y lloró.

No lloró con la delicadeza de las mujeres educadas, ni con los sollozos discretos que podían esconderse bajo un pañuelo bordado.

Lloró con rabia. Con vergüenza. Con ese dolor animal que nace cuando una comprende, de golpe, que ha sido la última en enterarse de su propia humillación.

—Soy una estúpida —dijo entre dientes—. Una estúpida redomada. Todos lo sabían, ¿verdad? Todos. O al menos todos sospechaban. Y yo allí, sonriendo, bailando, agradeciendo mi fiesta como una idiota.

—Tranquila, niña.

—No me pida tranquilidad.

Emma apartó las manos del rostro. Las lágrimas le habían mojado las mejillas, pero sus ojos ya no estaban deshechos. Brillaban con una frialdad nueva.

—Nadie me lo dijo. Nadie. Me dejaron caminar hacia la vergüenza con flores en el cabello.

Gertrudis la observó con seriedad.

—Eso pasa a cualquier mujer enamorada.

Emma soltó una risa seca.

—Entonces es una enfermedad peligrosa.

Se levantó con ímpetu. El mareo casi la venció, pero se sostuvo del poste de la cama. El dolor le atravesó la cabeza, pero no se sentó.

—Esta será la última vez que alguien me vea la cara.

—Emma, necesitas calmarte.

—Estoy calmada.

Y lo terrible fue que decía la verdad. Gertrudis lo vio. Vio cómo la muchacha que pocas horas antes se reía con todo el cuerpo recogía sus pedazos y empezaba a colocarlos en otro orden. No era una rabieta. No era un ataque de celos. Era una decisión.

—Él mismo me lo dijo una vez —continuó Emma—. Que mi inocencia me hacía propensa a que abusaran de mí. Qué ironía, ¿no? Quién diría que sería él quien sabría aprovecharla mejor.

—No hables de ti como si fueras culpable.

—No soy culpable. Soy torpe. Es distinto. Y lo corregiré.

Gertrudis frunció la boca.

—Eres terriblemente orgullosa.

—Incansablemente orgullosa —respondió Emma—. Nadie se burla de mí sin pagar antes el precio.

—No te destruyas, aceituna.

Emma volvió hacia ella una mirada quieta.

—Yo no me destruyo, abuela. Solo destruyo a quienes lo merecen.

Gertrudis no preguntó nada más. Por primera vez en años, quizá en décadas, se quedó sin deseo de añadir un comentario mordaz.

Había visto muchos tipos de dolor en las mujeres de su familia: el dolor que resignaba, el que enfermaba, el que volvía devota a una esposa y el que convertía a una niña en sombra. El de Emma era distinto.

Emma no se estaba apagando, se estaba afilando.

Y lo peor, pensó Gertrudis con una tristeza vieja, era que a Charles le atraería precisamente eso. El maldito diablo siempre había confundido el fuego con el hogar.

Aquella noche, Emma durmió a ratos.

Cada vez que cerraba los ojos, regresaban fragmentos: el salón dorado, las risas, la voz de Larissa diciéndole que Charles no estaba solo, Raj intentando detenerla, la puerta, la frase.

Yo te amo a ti.

Los ojos verdes de Emma se abrieron en mitad de la oscuridad.

Un grito le desgarró la garganta. No quiso hacerlo.

O quizá sí. Tal vez necesitaba que aquella voz saliera de alguna parte, que el dolor dejara de vivir dentro de su pecho y encontrara una puerta.

Volvió a gritar, esta vez con la cara hundida en la almohada, hasta que la frase dejó de oírse como cuchillo y empezó a sonar como recordatorio.

No olvides. No vuelvas a ser ingenua. No ruegues. No preguntes. Aprende.

La puerta que comunicaba con la habitación de Charles se abrió.

—¿Emma? ¿Estás bien?

Él apareció con una vela en la mano y una bata mal anudada.

El resplandor le encendía el cabello rojizo y le dibujaba sombras bajo los ojos.

Por un segundo, Emma recordó al amigo que había querido toda su vida; el muchacho que le robaba cestas en el mercado, que la hacía reír en las peores circunstancias, que le había regalado a Mary un collar de margarita. Luego recordó la otra voz.

—Largo —murmuró, fingiendo somnolencia—. Me despiertas.

Charles se quedó en el umbral.

—Creí oírte gritar.

—Será tu conciencia.

Él sonrió apenas, como si todavía supiera jugar con ella.

—¿Crees?

La enfurecía que sonriera. La enfurecía más que su cuerpo todavía recordara cómo era querer ir hacia él.

—Sí. Ahora déjame dormir.

—De acuerdo, gruñona. Ese golpe en la cabeza no te sentó bien.

—A ti tampoco te ha sentado bien la vida, y aquí estamos.

Charles soltó una breve risa. Dio un paso más.

—¿De qué hablaste con la abuela?

Emma acomodó la manta sobre su pecho. Necesitaba que su rostro no dijera nada. Ni dolor. Ni rabia. Ni miedo.

—De algo que escuché.

—Estabas llorando.

—Me insultaron.

El gesto de Charles cambió de inmediato.

—¿Quién?

—Alguien de la fiesta.

—Emma…

—Ya lo solucioné.

—¿Cómo? Si te encerraste aquí con mi abuela y luego te dormiste.

Emma giró la cabeza sobre la almohada y le sostuvo la mirada.

—Yo sé arreglar mis asuntos, Charles. ¿No has dicho siempre que puedo apañármelas sin nadie?

La frase pareció desconcertarlo.

—Tienes razón. Aunque no sé cuándo me volví tan predecible.

—Digamos que es un secreto a voces.