Siempre fuiste tú 12 #4
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12 #4

Tan perfecto que a Emma le avergonzó haber dudado.

Vio a Clare al otro extremo del salón, pálida pero sonriente, con una mano sobre el vientre.

La joven la miró con una emoción sincera.

Emma le devolvió la sonrisa. Claro que sí.

Claro que todo había sido por la fiesta.

Se acercó a Charles, quien hablaba con Rajá Balcobich en un rincón.

La conversación parecía tensa; Raj tenía el ceño fruncido y Charles la mandíbula apretada. Pero al verla, ambos callaron.

—Charles… —susurró Emma.

Raj se inclinó de inmediato.

—Muchas felicidades, señora Donovan.

—Gracias, Raj.

—¿Qué sucede? —preguntó Charles.

Emma lo miró con una dulzura que le salió sin defensa.

—Sólo quería darte las gracias.

Charles le tocó la mejilla, inclinó la cabeza y besó su frente.

Fue un gesto sencillo, quizá demasiado discreto para el ánimo del salón. Alguien, desde el grupo de caballeros cercanos a la chimenea, soltó un grito:

—¡Vamos, Donovan! ¡Sabemos que puedes hacerlo mejor que eso!

Risas.

—¡Bésala!

—¡Sí, bésala!

En cuestión de segundos, la petición se extendió por el salón como chispa sobre paja seca.

—¡Bésala! ¡Bésala!

Emma se sonrojó hasta la raíz del cabello. Charles la miró, divertido al principio; luego algo cambió en sus ojos. Le rodeó la cintura con una mano, la atrajo hacia sí y la besó.

Pensó darle un beso breve. Un beso suficiente para calmar a aquella sociedad escandalosamente alegre.

Pero en cuanto rozó sus labios, la prudencia perdió terreno.

Emma cerró los ojos. El beso se volvió más profundo, más cálido, más peligroso de lo debido.

Durante un instante el salón desapareció.

Sólo quedaron la boca de Charles, su mano firme en la espalda, el diamante frío contra su piel y ese anhelo absurdo que a Emma le nacía cada vez que él parecía elegirla, aunque fuese por un segundo.

—¡Un balde de agua!

—¡Llévenlos a una habitación!

—¡Te la vas a devorar, Donovan!

Charles se separó riendo. Emma también rio, aunque tenía el pulso desordenado. Lo miró con una chispa traviesa, de esas que él conocía demasiado bien, y antes de que él pudiera prevenirla, fue ella quien lo tomó de las solapas y volvió a besarlo.

El salón estalló en carcajadas y aplausos.

—¡Ya vimos quién manda!

Emma se apartó con una reverencia exagerada y escapó hacia la fiesta antes de que Charles pudiera castigarla con una respuesta.

Bailó cuanto le pidieron. Bailó con Francisco, con Gregory —quien parecía serio incluso cuando intentaba ser amable—, con Raj, con dos vecinos ancianos, con un joven que pisaba como caballo nervioso y con un lord que le habló de caballos durante toda la pieza.

Charles no era celoso con sus bailes. O no parecía serlo. La prestaba con una tranquilidad que a más de uno le parecía extraña.

—Lord Charles es muy permisivo al permitir que tantos hombres bailen con su bella esposa —le dijo uno de sus compañeros de vals—. No debería serlo tanto.

Emma sonrió con ese orgullo que no sabía si era real o aprendido.

—Está seguro de lo que tiene. ¿Cierto, Raj?

Raj, que se hallaba demasiado cerca para ser casual, inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

Emma lo observó con curiosidad. Desde hacía un rato, Raj se mantenía a poca distancia de ella. No de forma invasiva, sino vigilante. Como un perro grande que finge dormir junto a la puerta.

Entonces se dio cuenta de algo. Charles no estaba.

—¿Dónde está? —preguntó, volviéndose hacia Raj.

—No lo sé.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Yo lo vi ir hacia el salón contiguo —dijo Larissa O’Donnell, apareciendo con una copa entre los dedos—. Y no iba solo.

Emma sintió una presión súbita en el pecho.

—¿Con quién?

Raj se interpuso apenas, lo justo para hacerse notar.

—No creo que sea conveniente conceder demasiada fe a ciertas lenguas. Hay mujeres que confunden la envidia con información.

—¿En serio, Raj? —Clarissa se acercó con una sonrisa afilada—. ¿Volverás a encubrirlo?

—Sólo digo que conviene tomar en cuenta la fuente.

—Muy amable de tu parte —ironizó Marissa.

Emma los miró a todos. El salón seguía riendo, bailando, brillando a sus espaldas. Pero de pronto la música parecía venir desde muy lejos.

—¿En el salón contiguo dijeron?

—Sí —respondieron las tres hermanas casi al mismo tiempo.

Emma recogió un poco la falda con ambas manos y caminó hacia la salida.

Le costó atravesar el salón. Era la cumpleañera, la condesa reciente, la dama a quien todos querían felicitar, detener, besar en la mejilla, invitar a una pieza. Sonrió cuanto pudo. Se excusó cuanto pudo. Siguió avanzando.

Cada paso le pesaba más que el anterior.

¿Por qué creía a Larissa? ¿Por qué le resultaba más sencillo temer la traición que confiar en Charles? ¿Por qué, si hacía apenas unos minutos él la había besado como si hubiese olvidado al mundo?

La respuesta no llegó.

Sólo llegó la puerta.

Emma se detuvo frente al salón contiguo. La madera oscura estaba cerrada, pero no del todo. Una delgada línea de luz se escapaba por el marco. Alzó la mano para tocar.

Entonces escuchó algo.

Algo que ninguna esposa desea oír jamás.