Siempre fuiste tú 12 #3
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Emma asintió con horror.

—La rata.

—Madre, te dije que debías deshacerte de ella.

—No.

—¡Madre!

—He dicho que no.

Emma rió, agradecida por la interrupción y al mismo tiempo inquieta por todo lo que acababa de escuchar.

—Espero que logren convencerla.

—No lo harán —canturreó Gertrudis.

—Adiós, abuela.

—Adiós, Aceituna. Y recuerda lo que te dije.

Emma salió de la habitación con la caja del collar en una mano y la tiara en la otra. Al final, la anciana le había cedido ambas alhajas, como quien entrega un arma y no un adorno.

Caminó por los pasillos mientras las últimas gotas de luz resbalaban por las ventanas altas. El sol se hundía detrás de los prados, y con él parecían irse también sus seguridades. Las palabras de Gertrudis la seguían como pasos detrás de una puerta.

Charles y Clare. No. Era imposible.

Clare era la esposa de Gregory. La madre del futuro heredero.

Una de sus amigas. Una mujer dulce, delicada, siempre tan triste que a Emma le nacía protegerla incluso antes de entenderla.

Charles podía ser libertino, imprudente, arrogante, ciego; pero ¿ruin hasta ese punto? ¿Engañarla con la esposa de su hermano?

No.

La abuela se equivocaba. La abuela veía conspiraciones donde había cortinas, amenazas donde había té, guerras donde había una rata escondida. Además, le encantaba encender incendios y luego sentarse a mirar las llamas, pero no con ella.

Gertrudis la quería. Las joyas que llevaba en la mano lo gritaban con una claridad insoportable.

Entró en su habitación distraída y se detuvo al ver a Vivian junto a la cama. Sobre el colchón descansaba un vestido de color verde oliva, profundo y luminoso a la vez, con bordados delicados en el corpiño y una caída suave que parecía hecha para moverse bajo las lámparas.

—¿Se te ofrece algo, Vivian? —preguntó Emma—. ¿Y ese vestido?

—Es suyo, milady.

—No, no lo es.

—Debe probárselo ahora.

—En realidad, no tengo ganas de nada. ¿Podrías salir?

Vivian bajó la mirada, incómoda.

—No puedo, señora. Tengo órdenes de ayudarla a vestirse.

Emma se quedó mirándola.

—Órdenes.

—Sí, milady.

Su malestar se mezcló con una chispa de esperanza tan rápida que casi le dio vergüenza. Órdenes. Vestido nuevo. Fiesta. Tal vez… sí.

—Bien —dijo, con una resignación apenas fingida—. Me lo pondré.

—Permítame.

Dejó que Vivian hiciera cuanto quisiera.

Le quitó el vestido de mañana, le ajustó el corsé, le acomodó la falda verde, le elevó el cabello con una destreza que no podía ser casual y le colocó, sin pedir permiso, el collar de diamantes de Gertrudis.

Luego la tiara. Emma ni siquiera notó el instante exacto: tenía la mente ocupada en esa horrible posibilidad que la abuela había depositado en ella como una semilla negra.

Charles y Clare saliendo juntos. Charles apartándola.

Clare sonrojándose. Gregory abandonando la mesa.

Las miradas de todos. Las conversaciones calladas cuando ella entraba.

—Lista, milady.

Emma regresó a sí misma y se vio en el espejo.

Por un instante no reconoció a la mujer que la miraba desde el cristal. El verde oliva hacía más claros sus ojos, el diamante iluminaba su garganta, la tiara le daba una dignidad extraña, casi ajena. Parecía una dama. Una condesa. Una mujer elegida.

—Dime, Vivian —murmuró—, ¿desde cuándo me visto para ver a la reina antes de dormir?

—No verás a la reina —dijo una voz desde la puerta—, pero supuse que querrías estar arreglada para tu fiesta.

Emma se volvió.

Charles estaba en el umbral, vestido de etiqueta, impecable, demasiado hermoso para cualquier tranquilidad. La chaqueta oscura le marcaba los hombros, el chaleco claro suavizaba la severidad del conjunto, y su cabello rojo parecía encenderse bajo la luz.

—Charles… —dijo ella—. ¿Cuándo volviste?

—Cuando terminé de arreglar todo para tu cumpleaños.

Emma se llevó una mano a la boca. No lo había olvidado. La felicidad la atravesó con tanta fuerza que dejó caer toda sospecha como si nunca hubiera existido. Corrió hacia él y se lanzó a su cuello, apretándose contra su cuerpo con una gratitud desbordada.

—¡Gracias!

Charles la sostuvo. Por un segundo la abrazó de verdad, con una ternura que Emma sintió en la espalda, en la nuca, en el sitio exacto donde se le acumulaban las tristezas. Luego besó su mejilla y la separó con suavidad.

—Vamos. Todos esperan.

Le ofreció el brazo. Emma lo tomó, todavía sonriente.

Antes de salir, Charles reparó en las joyas.

—¿De dónde sacaste eso?

Emma tocó el collar, luego la tiara.

—Regalo de tu abuela.

Él se quedó quieto.

—Son las joyas con las que se casó.

—Eso dijo.

—Las adora. No se las dio ni a mi madre.

Emma miró su reflejo una vez más, con una emoción menos alegre y más honda.

—Supongo que me quiere.

—Eso parece.

Bajaron juntos.

El salón principal había sido transformado.

Flores blancas y verdes trepaban por las columnas; las lámparas multiplicaban la luz sobre cristales y bandejas de plata; el perfume de las rosas, el musgo húmedo y la cera caliente se mezclaba con el olor del vino, de los guantes nuevos y de la seda.

Había música, risas, conversaciones en inglés con acentos irlandeses, señoras enjoyadas, caballeros de bigote severo, jóvenes curiosas y miradas que se volvieron hacia ella en cuanto entró.

—¡Feliz cumpleaños, Lady Donovan!

El título le cayó encima como una capa demasiado nueva.

Emma sonrió, agradeció, recibió flores, cajas, libros, abanicos, pañuelos bordados, un estuche de plumas, un pequeño cuaderno encuadernado en piel.

La mejor sociedad de la comarca estaba allí: vecinos de las fincas cercanas, conocidos de Belfast, alguna familia venida desde Londonderry, propietarios angloirlandeses, damas que hablaban de caridad y caballeros que bajaban la voz al mencionar política, rentas y Home Rule.

Todo era perfecto.