12 #2
En su casa, cada cumpleaños era una pequeña revuelta.
No importaba que hubiese poco dinero, ni que las velas se reutilizaran, ni que los regalos fueran cintas, cartas, flores robadas del jardín de una vecina o una tarta torcida con demasiadas frambuesas.
Allí su día no pasaba inadvertido. Allí alguien cantaba, alguien gritaba, alguien quemaba algo, alguien lloraba de risa.
Aquí, en cambio, el castillo parecía demasiado grande para acordarse de ella.
—Milady Emma —dijo el mayordomo desde la puerta—. Ha llegado esto hace un rato.
Sobre la bandeja de plata había cartas. Muchas.
La sonrisa regresó a su rostro como si alguien hubiese abierto una ventana.
No le importó estar en mitad de la comida ni que Lady Genoveva la observara con esa severidad que normalmente precedía a una lección de etiqueta.
Tomó la primera carta y reconoció la letra de su madre.
Luego la de sus hermanos. Luego la de Elizabeth, Annabella, Katherine, Marinett, Alice…
Cada sobre parecía venir cargado de Inglaterra entera: olor a lluvia londinense, a tinta barata, a cocina familiar, a jardines conocidos.
Las leyó con los ojos brillantes. Su madre la bendecía con frases contenidas, como si el afecto le avergonzara un poco.
Sus hermanos le mandaban garabatos, bromas y promesas de que el próximo cumpleaños no se escaparía tan lejos.
Elizabeth le escribía una carta larga, demasiado seria, llena de advertencias encubiertas que Emma decidió no entender.
Katherine, en cambio, apenas había enviado dos líneas y un dibujo ofensivo de Charles con cuernos de diablo.
Emma rio con tanta fuerza que Genoveva alzó la vista.
—¿Algo inconveniente?
—Sólo Katherine siendo Katherine.
—Entonces, seguramente sí.
Aun así, cuando terminó la última carta, el pecho de Emma quedó más tibio y vacío a la vez. La querían. La extrañaban. Y ella los extrañaba con una intensidad que no había querido nombrar.
—No estés triste, Emma —dijo Mary, tomándole la mano—. ¿Por qué no vas a ver a la abuela? Seguro que le agradará tu visita.
—No puedes subir, Mari. No quiero dejarte aquí sola.
Mary bajó la mirada, y una sonrisa tímida le rozó los labios.
—En realidad, he quedado con Héctor. Va a enseñarme a jugar damas chinas.
Emma entornó los ojos.
—¿Así que… Héctor?
—¡Es un amigo! —Mary se ruborizó—. Además, ya sé que no puedo enamorarme. Nadie querría quedarse junto a una persona como yo.
La dulzura se le borró a Emma del rostro.
—No vuelvas a decir semejante tontería.
—Emma…
—No. No en mi cumpleaños, no en un día cualquiera. Eso puede pasar, Mary. Claro que puede pasar. Y quien no sea capaz de verte entera, silla incluida, fiebre incluida, terquedad incluida, no merece ni sujetarte el chal.
Mary apretó los labios, con los ojos brillantes.
—No hablemos de eso hoy. Ve con la abuela. Yo estaré bien.
Emma suspiró. Incluso tenía ganas de que Gertrudis la insultara. Tal vez una buena ofensa de aquella anciana fuera justo lo que necesitaba para terminar de acomodarse el corazón.
Subió hasta la recámara de la marquesa viuda, en el ala más antigua de la casa, donde los pasillos olían a madera encerada, piedra fría y flores secas. Llamó dos veces.
—¿Abuela? ¿Abuela Gertrudis? ¿Está usted ahí?
—¿Qué quiere? ¿Quién es?
—Soy Emma.
—¡Ah! ¡Aceituna! Pasa, pasa.
Emma rodó los ojos por el apodo y entró. Encontró a la anciana de pie sobre una silla, levantada con una temeridad inadmisible, estirando un brazo hacia la cortina azul que caía junto a la ventana. El abanico le colgaba de la muñeca como arma secundaria.
—¡Abuela! ¿Qué hace ahí arriba?
—Mi Scruchis se subió a la cortina.
—¿Su qué?
—Mi rata, niña. Mi rata.
Emma dio un grito y saltó hacia la cama con una agilidad impropia de su dignidad.
—¡Una rata!
—Oh, vamos. No me digas que les temes a las ratas.
—A las ratas, a sus primos, a sus tíos políticos y a cualquier criatura que se desplace cerca del suelo con más decisión que yo.
—Cállate y ven a ayudarme. Esa tonta de Felicia la asustó por la mañana y no he podido bajarla en todo el día.
—Podríamos llamar al jardinero para que la… reubique.
—¡No lo harás! —Gertrudis la apuntó con un dedo huesudo—. Trae una silla y sube por ella.
—Ni hablar. Yo no toco ratas.
La anciana llevó una mano dramática al pecho.
—¡Ay de mí! ¡Esta jovencísima mujer, llena de vida y de piernas útiles, dejará que una pobre anciana sin fuerzas se precipite desde esta silla inestable y muera entre cortinas por falta de caridad cristiana!
Emma la miró, estrechando los ojos.
—Sabe, abuela, puede ser muy teatral cuando se lo propone.
—¿Lo harás?
—Siento que, si me niego, me entregará a las autoridades. O a un maleante. Lo que le resulte más práctico.
—Está en la cortina de allá —dijo Gertrudis, satisfecha.
Emma ayudó primero a la anciana a bajar. Luego subió ella a la silla con el valor de una mártir y el rostro de una condenada. La cortina se movía apenas. Desde algún pliegue salió un chillido que la hizo estremecerse hasta los huesos.
—¡No grites! —ordenó Gertrudis—. La asustarás más.
—¿Quiere que la cuelgue a usted también en la cortina?
—Malcriada.
Emma cerró los ojos y agitó el terciopelo con una mano. Algo pequeño, tibio y demasiado vivo le rozó los dedos. Chilló. Emma gritó. La silla tembló. Gertrudis, con una rapidez sobrenatural para su edad, atrapó a la rata y la apretó contra el pecho.
—Oh, mi querida Scruchis. Al fin con mamá.
—¡Guárdela! ¡Guárdela de una vez! —imploró Emma desde la silla, incapaz de bajar mientras aquella criatura respirara en la misma habitación. Gertrudis chasqueó la lengua y metió a Scruchis en una caja redonda con agujeros en la tapa.
—Ya puedes bajar.
—No hasta que prometa que de ahí no sale.
—De ahí no sale.
—Lo dice como una mujer que miente con frecuencia.
—Lo digo como una mujer que sabe cuándo conviene mentir.
Emma bajó por fin y se dejó caer sobre la cama.
—Gracias, niña —dijo la anciana, acomodándose la falda negra—. Ahora dime, ¿a qué venías?
—Ya no lo sé. Habría sido más prudente quedarme abajo y dejar que me invadiera la melancolía.
—Pamplinas. Nadie se muere de melancolía salvo los poetas malos.
Gertrudis caminó hasta el tocador y abrió uno de los cajones. Sacó una caja de terciopelo azul, algo gastada en las esquinas, y se la tendió.
—Toma. Tu regalo.
Emma se incorporó despacio.
—¿Sabía que era mi cumpleaños?
—No por voluntad propia. Mary lo mencionó tantas veces que habría sido imposible olvidarlo. Abre, antes de que me arrepienta.
Emma tomó la caja con ambas manos. La abrió con cierto temor —con Gertrudis nunca podía descartarse por completo la presencia de un animal—, pero lo que encontró le robó el aliento.
Un collar de diamantes descansaba sobre el terciopelo, trabajado en pequeñas flores de luz. A su lado, unos aretes a juego, delicados, antiguos, de esos que parecían contener dentro el brillo de otra época. No eran joyas modernas ni compradas a prisa: tenían historia.
—Abuela… —susurró—. Son hermosas.
—Eran mías.
Emma levantó la vista de inmediato.
—Entonces no debería aceptarlas. Sé que estas cosas pasan de generación en generación, y yo no soy su hija ni su nuera.
—Eres la que elegí.
—¿Por qué?
—¿Crees que le daría esto a la cacatúa? ¿O a la misógina?
—Es usted perversa.
—Y tú me caes bien. Si te portas mejor, también te daré la tiara.
Emma soltó una risa temblorosa, llena de emoción.
—Esto es más que suficiente.
Dejó la caja a un lado y abrazó a la anciana.
Gertrudis se quedó rígida al principio, como si el afecto fuese una invasión extranjera. Luego, poco a poco, sus brazos subieron hasta rodear a Emma. La sostuvo con una torpeza extrañamente tierna.
—Oh, está bien —murmuró—. Te daré la tiara.
Emma rio contra su hombro.
—Gracias.
—No llores sobre mis encajes. Son italianos.
—Usted arruina todos los momentos hermosos.
—Para que no se malacostumbren.
Gertrudis, ya más satisfecha consigo misma, decidió que no había comido nada decente en todo el día.
Emma llamó a una doncella, y en menos de una hora la recámara se llenó de panecillos calientes, caldos, mantequilla, mermeladas, queso y un pastelillo de almendras que la anciana juró detestar antes de comerse dos.
Comieron en la habitación, junto a la ventana. Afuera, la luz del cumpleaños comenzaba a ponerse dorada y baja sobre los jardines húmedos. Emma se permitió estar tranquila.
Sólo un rato.
—Quiero decirte algo, Aceituna —dijo Gertrudis de pronto.
Emma alzó la vista.
—Diga usted.
La anciana dejó la taza en el platillo con un sonido seco.
—No seas tan ilusa.
Emma parpadeó.
—No entiendo.
—Sé más observadora. Abre los ojos. No todo lo que lleva lazo es regalo, ni todo lo que se esconde se esconde por bondad.
El aire pareció enfriarse.
—¿Qué quiere decir?
—¿No crees que el diablo y la misógina pasan mucho tiempo juntos?
Emma sintió que la taza que sostenía se volvía más pesada.
—¿Charles y Clare?
—¿Cuántos diablos y cuántas misóginas conoces en esta casa?
Emma intentó reír, pero no le salió bien.
—Están preparando mi cumpleaños.
—Quizá.
—Abuela…
—A Gregory no le agrada. Lo habrás notado.
Sí. Lo había notado.
Gregory se tensaba cuando mencionaban a Clare y Charles. Abandonaba habitaciones. Aventaba servilletas. Miraba a su esposa con una mezcla de rabia y dolor tan intensa que Emma había decidido explicarla con cualquier cosa menos con la verdad.
—¿Está insinuando que…?
—No insinúo. Detesto insinuar. Las insinuaciones son para cobardes y políticos. Sólo te digo que pongas atención.
—Pero…
—¡Emma! —la voz de Francisco interrumpió desde la puerta—. ¡Feliz cumpleaños, querida!
Gregory entró detrás de él con una sonrisa breve. Ambos se detuvieron al ver a Gertrudis sentada junto a la mesa, altiva como una reina destronada.
—¿Qué hacéis los dos en la habitación de una dama? —gruñó la anciana—. ¡Y entrando sin tocar!
Francisco suspiró.
—Me dijeron que estabas enferma, madre.
—¡Enferma tu mujer! Yo sólo perdí a Scruchis por unas horas.
Gregory cerró los ojos.
—Por favor, dime que no hablas de la rata.