12
Emma despertó aquel día con una sonrisa en los labios.
No fue una sonrisa pensada ni prudente, sino una de esas que nacen antes de que la razón despierte; una sonrisa tibia, casi infantil, abierta entre las sábanas como una flor imprudente.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando el silencio de la habitación conyugal: el leve crujido de la madera antigua, el rumor de la lluvia contra los cristales, el jadeo discreto del fuego que agonizaba en la chimenea.
Era su cumpleaños.
Lo supo antes incluso de abrir los ojos, como se saben las cosas queridas.
Había cumplido años muchas veces, por supuesto; pero aquel era distinto.
Era su primer cumpleaños en Irlanda, su primer cumpleaños como esposa, su primer cumpleaños lejos de la algarabía de la casa Sellers, de los niños metiéndose en su cama con pan dulce robado de la cocina, de su madre fingiendo severidad mientras escondía un lazo nuevo en el delantal, de Mary esperando con las mejillas encendidas y los ojos repletos de secreto.
Y, sobre todo, era el cumpleaños que Charles y Clare llevaban días preparando.
Emma estaba segura. Las ausencias repentinas, las conversaciones interrumpidas, las salidas al pueblo sin explicación, las miradas incómodas en el comedor…
todo encajaba, por fin, en una sola explicación amable.
Se había reprendido a sí misma más de una vez por sus dudas.
¡Qué cabeza la suya! ¡Qué imaginación tan desobediente!
Había llegado incluso a pensar cosas horribles de Charles y de Clare; cosas indignas, injustas, absurdas.
Ahora todo le parecía claro: estaban organizándole una sorpresa.
Con esa convicción alegre, apartó las sábanas de una patada y se incorporó con premura. Una ráfaga fría le rozó los tobillos desnudos y la hizo estremecerse; Irlanda, incluso en verano, parecía tener siempre una gota de niebla escondida bajo la alfombra.
La habitación que compartía con Charles se hallaba en una calma ordenada.
Desde el día de la boda la habían trasladado allí, a un aposento amplio, con dos recámaras comunicadas por una puerta interior, como era costumbre en muchas casas nobles donde la intimidad matrimonial se organizaba con la misma gravedad que una herencia.
A Emma le había parecido extraño al principio.
Más extraño aun cuando supo que Gregory y Clare no dormían de aquella forma.
Sin embargo, no preguntó. Había tantas reglas en esa casa que, si una se detenía a interrogarlas todas, envejecía antes de llegar al desayuno.
Se anudó la bata al cuerpo y abrió la puerta que comunicaba con la habitación de Charles.
Vacía. La cama estaba hecha con una perfección casi ofensiva.
Las cortinas corridas, la ropa recogida, los cepillos alineados sobre el tocador, la silla sin chaqueta abandonada.
Nada fuera de lugar. Nada que delatara el paso de un hombre que solía dejar tras de sí una estela de guantes, bastones y despreocupación.
Por un momento, Emma sintió que algo pequeño y frío le caía en el pecho, luego negó con la cabeza.
Era tonto pensar que Charles no hubiera dormido allí.
Lo había oído entrar la noche anterior, tarde, con ese andar seguro que reconocería incluso entre cien pares de botas.
La casa entera dormía, y aun así ella había despertado lo suficiente para notar la puerta, los pasos contenidos, el suspiro grave al otro lado del muro.
No importaba o, al menos, eso decidió. Tiró del cordón de la campanilla con más energía de la necesaria.
Vivian, la doncella que Genoveva había puesto a su servicio desde el matrimonio, apareció al poco rato con el rostro pulcro, el delantal impecable y esa mirada resignada de quien ya había comprendido que su señora podía cambiar de ánimo con la rapidez del viento sobre los prados.
—Buenos días, Vivian —dijo Emma, demasiado despierta para ser humana—. Hoy necesito verme… decente. No, mejor que decente. Como si no fuese capaz de incendiar un mantel por accidente.
Vivian parpadeó.
—Haré cuanto pueda, milady.
—Esa frase no me inspira confianza.
La doncella escondió una sonrisa, pero no contestó.
La vistió con un traje de mañana azul pálido, sencillo y favorecedor, le recogió el cabello rubio en una trenza suelta adornada con una cinta clara y le permitió conservar apenas unas gotas de perfume de lirio.
Emma soportó el arreglo con una paciencia impropia de ella, demasiado ocupada imaginando el instante en que Charles aparecería detrás de una puerta, fingiendo indiferencia, para decirle que todos la esperaban.
Cuando estuvo lista, bajó las escaleras casi corriendo.
El comedor estaba vacío, aquello sí la detuvo.
El gran comedor de los Donovan, con sus retratos severos y sus aparadores cargados de plata, parecía más vasto sin gente.
El fuego ardía en la chimenea, pero no había voces, ni cubiertos, ni Gertrudis insultando al pan por estar “demasiado blando para una mujer de carácter”.
Sólo el olor del café recién colado y de la mantequilla tibia flotando en el aire.
Emma miró la mesa larga, preparada apenas en un extremo.
—Qué raro… —murmuró.
En ese instante se abrió la puerta de servicio. Entró una muchacha joven, delgada y bonita, con una bandeja de porcelana entre las manos.
—Disculpa —la detuvo Emma—. ¿Dónde está todo el mundo?
La criada hizo una pequeña reverencia.
—Lord Francisco ha ido al pueblo cercano a encargar forraje para los animales, milady.
Lord Gregory lo acompañó. Lord Charles y lady Clare salieron temprano, como de costumbre.
La señorita Mary está en el jardín. Lady Genoveva se ha recostado por un dolor de cabeza, y la marquesa viuda permanece en su recámara.
Emma sostuvo la sonrisa unos segundos de más.
—Vaya. Parecen… ocupados.
—En estos días conviene estarlo, milady.
—Supongo. ¿Has dicho que mi hermana está en el jardín?
—Sí, señora.
—Bien. Gracias.
—A sus órdenes.
Emma salió con el ánimo apenas inclinado, pero no vencido.
Mary no podía haberlo olvidado. Mary jamás olvidaba nada que tuviera que ver con ella.
La encontró junto a la fuente del jardín oriental, envuelta en una manta color crema, con la silla de ruedas colocada en el sitio donde el sol caía con más generosidad.
Las rosas abrían sus pétalos alrededor de la piedra húmeda, y el aire olía a tierra mojada, a hojas aplastadas y a esa dulzura que tienen los jardines después de la lluvia.
Mary tenía los ojos cerrados y el rostro levantado hacia la luz. En Irlanda parecía otra: más despierta, más sonrosada, como si el aire frío le hubiera enseñado a la sangre a correr de nuevo.
—Hola, Mary —dijo Emma—. ¿Cómo amaneciste?
Mary abrió los ojos al instante. Su sonrisa iluminó la mañana.
—¡Feliz cumpleaños, Emma!
Emma sintió que algo dentro de ella se deshacía, cálido y dulce.
—Lo recordaste.
—¡Cómo no iba a recordarlo! Toma. Te hice… bueno, no lo hice yo del todo, pero es para ti.
Le tendió un paquete rectangular, envuelto en papel decorado con flores diminutas. Emma lo tomó como si fuera un objeto sagrado.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Rasgó el papel con cuidado al principio, luego con prisa.
Cuando vio la cubierta del libro, se quedó sin voz.
Era suyo. Su libro. Su nombre —o, más bien, aquellas iniciales bajo las que escribía— estaba impreso con tinta oscura, firme, real.
No en una carta del editor, no en una prueba, no en un sueño a medias, sino en un volumen que podía sostener entre las manos, oler, abrir, prestar, perder, reencontrar.
Las páginas desprendían ese aroma delicioso a papel nuevo, cola, tinta y promesa.
Emma abrió y cerró la boca varias veces.
—Es… es…
—Tu libro —terminó Mary, radiante—. Héctor fue a buscarlo a la librería del pueblo. Iba todos los días a preguntar si había llegado. Dice que fue difícil conseguirlo porque la señora encargada dijo que volaba de los estantes como los de Dickens en su tiempo.
—¡Dios mío! —Emma se llevó el libro al pecho—. Mary, esto… esto es… ¡Por todos los santos, lo compraste para mí! Tú… tú eres la mejor hermana del mundo.
Mary rió cuando Emma se inclinó a abrazarla, estrujándola con toda la emoción que llevaba acumulada desde la mañana.
—No me rompas, que soy delicada.
—Eres indestructible cuando quieres.
—¿Me lo lees?
Emma la miró como si acabaran de regalarle una segunda fiesta.
—¿Quieres que te lea mi libro?
—Quiero escucharlo con tu voz. Así sabré dónde respirar.
Emma se sentó en el borde de la fuente, abrió el volumen por la primera página y comenzó a leer.
Así pasó la mañana y buena parte de la tarde.
Leía, se detenía para explicar una palabra que Mary fingía no entender, volvía a leer; a veces se reía de sus propias frases, a veces se avergonzaba de ellas, a veces se quedaba en silencio porque no lograba creer que aquello hubiese salido de su cabeza y ahora existiera en el mundo sin pedirle permiso.
Sólo a la hora de la comida apareció Lady Genoveva, algo pálida, con una mano en la sien y la dignidad perfectamente abrochada hasta el cuello.
Al enterarse —con evidente retraso— de que era el cumpleaños de una de sus nueras, se inclinó para darle a Emma un abrazo rápido, rígido y sorprendentemente sincero.
—Muchas felicidades, querida —dijo—. Debiste mencionarlo.
—No suelo anunciar mi nacimiento en las comidas, señora.
Genoveva la miró como si no supiera si reñirla o reír.
—Por supuesto que no.
Comieron las tres: Genoveva, Mary y Emma. Nada de fiesta, nada de pastel, nada de la mesa larga ocupada por voces y copas. Sólo una sopa ligera, pan oscuro, mantequilla y un ave asada que parecía demasiado formal para una celebración tan silenciosa.
Emma intentó no sentirse decepcionada. No lo consiguió.