11 #3
Charles levantó la vista hacia los presentes.
—¿Hay algún problema?
—Diablo idiota —murmuró Gertrudis.
Mary, sentada a su lado, giró el rostro hacia ella.
—¿Por qué dice eso, abuela?
—Porque tu hermana tiene ojos y no los está usando.
Emma soltó una pequeña risa, convencida de que la anciana seguía con alguna de sus salidas absurdas.
—Abuela, si estuvo leyendo novelas de nuevo, sabe que le hacen daño. Termina sospechando de todos.
Gertrudis la miró con una seriedad inusual. Sus ojos viejos, medio entornados, parecieron ver más de lo que Emma quería mostrar.
—Ojalá fueran novelas, ojos de aceituna.
El tenedor de Clare rozó el plato con un sonido mínimo. Gregory se puso de pie de golpe, arrojó la servilleta sobre la mesa y salió del comedor sin pedir permiso.
Clare palideció.
Emma miró primero la puerta, luego a Charles.
—¿Qué le pasa?
—Nada —dijo él, con la mandíbula tensa—. Gregory es un lunático.
—Tú también pareces molesto. ¿Ocurrió algo?
—No, Emma. ¿Puedes dejar de hacer tantas preguntas?
La frase no fue alta, pero bastó.
Emma sintió el golpe en el mismo lugar donde se guardan las vergüenzas. No bajó la cabeza. No permitió que nadie viera que dolía. Solo dejó el tenedor sobre el plato con cuidado y sonrió a Mary.
—¿Me pasas el pan, querida?
Mary obedeció, aunque miraba a su hermana con inquietud.
Gertrudis golpeó el bastón contra el suelo.
—Diablo idiota —repitió, esta vez más fuerte.
—Madre —advirtió Francisco.
—No, Francisco. Estoy demasiado vieja para fingir que no veo injusticias cuando las tengo delante. Y engaños. Menos entre amigos.
La mirada de la anciana cayó sobre Clare y Charles como una maldición doméstica. Emma frunció el ceño, pero volvió a interpretarlo de la forma menos dolorosa posible.
—Abuela, en verdad debe dejar esas lecturas. Se pone dramática.
—Ojalá solo fueran lecturas.
Genoveva, extrañamente dulce, se inclinó hacia Emma.
—Tranquila, querida. La abuela está cansada.
—¡Te he oído, cacatúa andante! —gritó Gertrudis.
Emma rio. Fue la única en hacerlo.
El resto de la comida se arrastró con una incomodidad que ni el vino, ni el fuego, ni las ocurrencias de Gertrudis lograron disipar.
Mary estaba pensativa. Francisco apenas habló.
Genoveva observaba a todos con la expresión de quien teme que una grieta se convierta en ruina.
Clare no probó casi nada. Charles, sentado frente a Emma, parecía alternar entre la culpa y el fastidio.
En un momento, él le rozó la mano bajo la mesa.
—Lamento llegar tarde —dijo en voz baja.
Emma sintió que el contacto, mínimo y cálido, le subía a la garganta.
—No pasa nada.
La respuesta salió demasiado suave. Demasiado fácil. Charles la miró como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo.
Cuando la comida terminó, Emma no subió con Mary ni siguió a Gertrudis con el té de jazmín como había prometido.
En lugar de eso, esperó fuera del comedor, junto a una columna de mármol frío, fingiendo estudiar un cuadro de caza que le importaba muy poco.
Clare salió poco después. Venía hablando con Charles en voz baja.
Al ver a Emma, se detuvo como si la hubiesen sorprendido robando algo.
—Clare —dijo Emma con una sonrisa—, ¿puedo hablar contigo?
La mujer miró a Charles. Nerviosa. Demasiado nerviosa.
—Claro.
Charles dudó un momento, pero al final las dejó solas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Clare.
Emma cruzó los brazos, juguetona.
—Los noto extraños.
Clare se puso aún más pálida.
—Emma…
—¿Me esconden algo?
—¡No! —respondió con rapidez—. No es lo que tú piensas.
Emma alzó una ceja.
—¿Y qué pienso?
Clare abrió la boca. La cerró. Sus manos fueron a posarse sobre su vientre, como si el bebé pudiera darle una respuesta.
—En realidad no lo sé. Tu cabeza siempre tiene un montón de ideas que no comprendo.
—Bien —dijo Emma, satisfecha por su propio juego—. Si no quieres decirme nada, lo comprendo.
—¿En serio?
La duda en la voz de Clare era tan profunda que por un instante Emma casi dejó de sonreír. Casi.
—En serio. Pero diles que no me gustan los pasteles con demasiada crema. Y que las rosas blancas son una buena decisión.
Clare la miró, desconcertada.
—¿Rosas blancas?
—No sé nada —dijo, guiñándole un ojo—. Absolutamente nada.
Y se marchó por el corredor con una ligereza ensayada, llevando consigo la certeza absurda de que el mundo, por esta vez, estaba preparando algo hermoso para ella.
Clare se quedó inmóvil, viéndola alejarse.
Al doblar la esquina, Emma dejó escapar el aire que había retenido.
Se obligó a caminar despacio, a no volver la cabeza, a no escuchar si Charles regresaba junto a Clare.
Sus dedos temblaban, así que los escondió entre los pliegues de la falda.
No era nada malo. No podía serlo. Charles era su mejor amigo, Clare era buena, Gregory era celoso, Gertrudis era dramática y su cumpleaños estaba cerca.
Emma repitió esas certezas una por una, como si fueran cuentas de un rosario.
Después sonrió, porque sonreír era lo que mejor sabía hacer cuando algo empezaba a doler.