11 #2
—Emma, no te había visto ahí abajo.
—Estoy recogiendo los restos de mi delito.
Clare sonrió apenas, pero la sonrisa no duró. Miró a Charles, luego a la puerta, luego otra vez a Charles.
—Entonces supongo que se cancela.
Emma levantó la cabeza.
—¿Qué se cancela? O, mejor dicho, ¿qué no se ha cancelado?
Charles contestó demasiado rápido.
—Nada. Solo íbamos a dar un paseo.
Clare abrió la boca, quizá para añadir algo, quizá para invitar a Emma, pero Charles la interrumpió antes de que una sola palabra saliera.
—Regresaremos pronto.
Emma ladeó la cabeza. La expresión de Charles no era culpable, exactamente. Era defensiva. Y eso la hizo fijarse más.
—¿Debo suponer que no quieres que vaya?
—No digas tonterías —dijo Clare con suavidad, acercándose a ella—. Claro que puedes venir si...
—Regresaremos antes de que te des cuenta —volvió a cortar Charles—. Además, no hace falta que te canses.
Emma parpadeó.
—¿Yo cansarme? Clare es la que está embarazada.
—Emma —dijo él, con una aspereza que no necesitaba—, habíamos quedado Clare y yo. ¿Te causa algún conflicto?
La habitación pareció encogerse. Clare lo miró como si acabara de darle una bofetada a alguien delante de ella. Emma, en cambio, no cambió de expresión. Eso era lo peor. Solo bajó la vista hacia la camisa que sostenía y la dobló con mucho cuidado.
—No —dijo—. Ningún conflicto.
Charles apretó la mandíbula. Por un segundo pareció arrepentirse, pero ya era tarde.
Clare murmuró su nombre con reprobación, y él la guio hacia la salida antes de que pudiera remediarlo.
La puerta se cerró. Emma se quedó sola, sentada en el suelo, con una camisa blanca sobre las rodillas. Se obligó a respirar. Después sonrió.
—Qué tonta soy —susurró.
Claro. Su cumpleaños.
Faltaban pocos días. Charles lo sabía. Clare también. Quizá estaban organizando algo. Rosas, un pastel, una visita de Mary a algún lugar bonito, tal vez incluso una pequeña cena con músicos. Eso explicaba los paseos, los secretos, las interrupciones, la nerviosa mirada de Clare.
Sí. Eso debía ser. Era mucho más cómodo que pensar en otra cosa.
Las doncellas llegaron poco después. Rolly encabezaba el pequeño grupo, y al ver el cuarto casi soltó una risa.
—Ni una palabra. —Emma la miró con severidad fingida.
—Por supuesto, milady.
—Si preguntan, esto fue un acto de virtud cristiana mal ejecutada.
Las muchachas se pusieron a trabajar. Entre todas, doblaron, clasificaron, guardaron y separaron lo que aún podía enviarse a las familias de los arrendatarios.
Emma trabajó con ellas sin permitir que la trataran como una figura decorativa.
Estuvo arrodillada tanto tiempo que, cuando al fin se puso de pie, la espalda le crujió con una protesta.
—Mi lady, no debería hacer esos esfuerzos —dijo Rolly.
—Si me quedo sentada pensando, haré cosas peores.
La doncella, que ya empezaba a conocerla, decidió no preguntar.
Emma salió de la habitación con intención de buscar a Gertrudis y a Mary. Necesitaba el ruido de ellas. La irreverencia de la abuela, la dulzura de su hermana, cualquier cosa que le impidiera contar los minutos que Charles pasaba fuera con Clare.
Giró en un corredor y chocó con un pecho amplio. Retrocedió un paso, perdió el equilibrio y acabó sentada sobre la alfombra con la resignación de quien conoce bien el suelo.
—Ya me parecía raro no haberme caído hoy —murmuró.
—Lo siento, Emma —Gregory, ofreció su mano—. ¿Estás bien?
—Más que bien. La alfombra ha amortiguado mi dignidad.
Gregory la ayudó a levantarse. Estaba serio; demasiado serio para un hombre que acababa de hacer caer a su cuñada por accidente.
—¿A dónde ibas tan distraído? —preguntó ella.
Él levantó una ceja.
—No iba distraído.
—Entonces, ¿a dónde ibas cuando chocaste con la distraída?
—Busco a Clare. No la encuentro por ningún sitio.
Emma se sacudió la falda.
—¿No te lo dijeron? Salió con Charles.
Gregory se quedó inmóvil.
—¿De nuevo?
La palabra cayó con una frialdad que Emma no esperaba.
—Bueno… sí. Creo que iban a resolver unas cosas.
La mandíbula de Gregory se endureció. Durante un segundo, sus ojos se oscurecieron de una manera que no tenía nada de aristocrática y mucho de marido herido.
—Entiendo.
—No estoy segura de que entiendas lo mismo que yo —dijo Emma, esforzándose por sonar ligera.
—¿Y qué entiendes tú?
Ella sonrió con complicidad.
—Que se acerca mi cumpleaños.
Gregory la miró como si hubiese empezado a hablar en gaélico.
—¿Tu cumpleaños?
—No sé nada, por supuesto. Absolutamente nada. Pero si los ves, diles que me gustan las rosas blancas. Solo por si acaso.
—¿Por qué habría de decirles eso?
—Porque no sé nada —repitió, llevándose un dedo a los labios—. Y porque, si supiera algo, las rosas serían una elección excelente.
Gregory no pareció aclararse con la explicación. De hecho, se quedó más confundido que antes.
—Emma…
—¡Me voy! —dijo ella, antes de escapar por el corredor.
Lo dejó allí, con la frente fruncida y una inquietud que ya no podía disimular.
Gregory Donovan no era un hombre fácil de alterar.
Pero aquella tarde, la ausencia de Clare y Charles lo había golpeado donde más le dolía: en el orgullo, en la sospecha y quizá en una vieja herida que nadie en esa casa nombraba.
Charles y Clare regresaron a la hora de la comida.
Para entonces, todos estaban ya sentados en el comedor.
La estancia olía a sopa de cebada, cordero asado, pan caliente y vino tinto.
La lluvia había cesado, pero las ventanas seguían empañadas, y el fuego de la chimenea dibujaba sombras doradas sobre los retratos de los Donovan muertos, que miraban la escena con la superioridad de quienes ya no tenían que soportar comidas familiares.
Antes de que ellos entraran, el almuerzo había transcurrido con una extraña armonía.
Genoveva y Gertrudis se habían lanzado comentarios venenosos con la elegancia de dos damas que llevan décadas practicando.
Francisco conversaba con Mary sobre libros de viaje, y la muchacha, animada, le preguntaba por puertos, acantilados y castillos en ruinas.
Emma escuchaba, reía y añadía ocurrencias cuando podía.
Incluso Gregory parecía tranquilo, aunque su mirada se desviaba hacia la puerta cada pocos minutos.
Cuando Charles y Clare aparecieron, todo cambió.
No hubo grito, ni escena, ni acusación. Solo una pausa. Una de esas pausas que dicen más que cualquier escándalo.
Genoveva dejó la cuchara sobre el plato.
—¿Dónde estaban?
—Resolviendo unos asuntos —respondió Charles, ocupando su lugar con demasiada calma.
Clare se sentó junto a Gregory, pero antes de tocar la silla ya había notado la rigidez de su esposo.
—¿Asuntos? —preguntó él.
—Sí.
—¿Y por qué no llevaste a Emma?
—No podía venir.
Emma, que estaba bebiendo agua, sonrió para sí. La teoría del cumpleaños ganaba fuerza. Charles no quería llevarla porque era la sorprendida. Eso era todo.
Francisco miró a su hijo menor con una atención poco amable.
—¿No podía?