11
Era una tristeza particular aquella que quedaba en una casa cuando la alegría se marchaba de golpe.
Hacía más de dos semanas que los primos de Inglaterra habían regresado a sus hogares, llevándose con ellos las risas, las discusiones a gritos, los pasos apresurados por los corredores y ese desorden maravilloso que parecía llenar cada rincón del castillo Donovan.
Desde entonces, la mansión había vuelto a su compostura irlandesa: piedra húmeda, tapices inmóviles, lámparas encendidas antes de tiempo y un silencio tan correcto que casi resultaba cruel.
Irlanda no era silenciosa, no en verdad.
Afuera, el viento bajaba desde los prados con olor a turba mojada, a helechos y a lluvia reciente.
Los árboles golpeaban los cristales con sus ramas, los caballos resoplaban en las caballerizas y, desde la cocina, subía de vez en cuando el aroma del pan oscuro, de la mantequilla tostada y de los guisos especiados que tanto complacían a los criados.
Pero dentro de la casa todo parecía medirse, contenerse, obedecer.
De no ser por Emma, Mary y la abuela Gertrudis, el castillo habría caído en una melancolía tan espesa como la niebla de la mañana.
Mary se había quedado en Irlanda por insistencia de Charles, o eso afirmaba Emma cuando alguien preguntaba.
La verdad era que nadie se atrevía ya a sugerir su regreso.
El aire húmedo, el lago, las mañanas de sol pálido y las horas de reposo parecían haberle devuelto a la muchacha un color que antes apenas se adivinaba bajo la piel.
Todavía era frágil, todavía se cansaba con facilidad, todavía necesitaba la silla y los cuidados de todos; pero sus ojos verdes brillaban con una curiosidad nueva, como si Irlanda le hubiese abierto una ventana secreta.
La abuela Gertrudis también se había quedado. Algunos temían que fuera para siempre. Otros, más prudentes, no lo decían en voz alta por si la anciana los oía desde el otro extremo del castillo, cosa que, según todos, era perfectamente posible.
Aquella tarde, las tres ocupaban el salón de juegos, territorio que Gertrudis había reclamado para sí porque allí no entraba Genoveva a ordenar nada, ni Clare a pedir calma, ni Francisco a fingir que no escuchaba las barbaridades de su madre.
La chimenea ardía con una llama baja. Sobre la mesa había cartas, monedas, una bandeja de pastelillos de avena y una tetera que Mary vigilaba con la seriedad de una enfermera real.
—¡Ja! —exclamó Emma, dejando caer sus cartas sobre la mesa con un golpe triunfal—. Gano otra vez.
Gertrudis entrecerró sus ojos pequeños y azules.
—Maldita ojos de aceituna.
—¡Abuela! —Emma se llevó una mano al pecho—. Le he dicho que invente uno mejor.
—Este me gusta.
—Es perezoso.
—Es preciso.
—¡Basta las dos! —pidió Mary, aunque sonreía—. Si siguen discutiendo, no terminarán ninguna partida.
Emma y Gertrudis se miraron durante un segundo. Luego, al mismo tiempo, se sacaron la lengua.
Mary dejó escapar una risa. No era fuerte, ni larga; pero bastó para iluminarle la cara.
A Emma todavía le sorprendía oírla reír de ese modo, sin toser después, sin quedarse agotada por el esfuerzo.
Había algo casi milagroso en aquella recuperación leve, imperfecta, pero real.
Algo que la obligaba a agradecer en silencio, aunque no supiera muy bien a quién.
Volvieron a repartir. El juego, que Gertrudis llamaba póquer con absoluto descaro y Mary prefería fingir que no conocía por impropio, quedó suspendido durante unos minutos en una concentración feroz. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con diminutas uñas de plata.
—Y bien, ojos de aceituna —dijo Gertrudis sin levantar la vista de sus cartas—, ¿cómo marcha la fabricación de herederos?
—¡¿Qué?!
Emma se sobresaltó tanto que soltó la carta equivocada sobre la mesa. Gertrudis la arrebató al instante.
—¡Perfecto! Justo lo que necesitaba.
—Es usted una tramposa —acusó Emma, señalándola con el dedo.
—Sé jugar. Es diferente.
—Eso fue una emboscada.
—Eso fue experiencia.
—Fue indecencia.
—Fue estrategia.
Mary bajó la mirada hacia sus cartas con las mejillas encendidas.
—Abuela, no es adecuado preguntar esas cosas.
—Niña, tú preocúpate por tus cartas y deja los asuntos de matrimonio a quienes ya hemos sobrevivido a ellos.
Emma fingió revisar su mano, aunque el comentario le había apretado algo detrás del pecho.
Matrimonio. La palabra seguía sonándole extraña.
Llevaba ya dos semanas siendo esposa de Charles y, sin embargo, a veces tenía la sensación de habitar una representación teatral muy bien montada.
Desayunaban juntos cuando no había excusa para evitarlo.
Paseaban si los veía alguien. Sonreían frente a Genoveva.
Hacían reír a Mary. Discutían por tonterías delante de los criados, como si la familiaridad siguiera intacta.
Pero por las noches dormían en habitaciones separadas.
Aquello no escandalizaba a nadie en una casa noble; muchas parejas de alcurnia lo hacían sin que una sola ceja se levantara.
Sin embargo, en su caso, el silencio entre una puerta y otra no tenía nada de costumbre elegante.
Era distancia. Distancia elegida por Charles, aceptada por Emma y sostenida por el orgullo de ambos como si fuera una columna del techo.
Él no había vuelto a tocarla desde la noche de bodas y Emma no sabía si agradecerlo o resentirlo.
—Emma.
La voz de Charles resonó desde algún lugar del corredor.
Gertrudis levantó una carta sin inmutarse.
—Te busca el diablo.
—¡Emma!
—¡Estoy en el salón de juegos! —respondió ella.
Los pasos se acercaron con una furia reconocible.
Mary enderezó la espalda. Gertrudis sonrió como quien espera entretenimiento.
La puerta se abrió de golpe y Charles apareció en el umbral con el cabello revuelto, el chaleco mal abrochado y una expresión que habría intimidado a cualquiera que no hubiera pasado la tarde jugando cartas con su abuela.
—¿Se puede saber qué hiciste con mis camisas?
Emma parpadeó con inocencia exagerada.
—Ah. Eso.
—Sí, Emma. Eso.
—Tenías demasiadas.
Charles abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.
—¿Perdón?
—Esta mañana Mary, la abuela y yo revisamos varios armarios para preparar donaciones. Algunas familias de los arrendatarios necesitan ropa. También los pescadores que viven cerca del puerto. Tus camisas eran de muy buena tela.
—Eran mis camisas.
—Ahora serán camisas con propósito moral.
Gertrudis golpeó la mesa con entusiasmo.
—¡Bien dicho, ojos de aceituna!
—No la animes —dijo Charles, sin apartar los ojos de su esposa—. Mi habitación parece haber sido saqueada por piratas filántropos.
—Lo siento —Emma hizo una mueca de culpabilidad que no engañó a nadie—. Prometo recogerlo.
—Ahora.
—En cuanto termine esta mano.
—No.
—Estoy a punto de ganar.
—Si la abuela te ha robado un naipe, ya perdiste.
—¡Buen trabajo, diablo! —aplaudió Gertrudis—. Llévatela. Vayan a producir niños hermosos.
Mary se ahogó con un sorbo de té.
—¡Abuela!
—¿Qué? Alguien debe mantener viva la estirpe. No será Genoveva con su cara de penitencia.
Charles tomó a Emma por el brazo, no con violencia, pero sí con una determinación que la obligó a ponerse de pie.
—Vamos.
—¡Pero me deben dinero! —protestó Emma, dejando las cartas sobre la mesa—. Es póquer.
—Lo apuntaré a mi lista de desgracias.
Emma lo siguió por el corredor, medio arrastrada por la velocidad de su marido. Tenía que dar pequeños saltos para no perder el paso, porque Charles caminaba como si todo le debiera una disculpa.
—Charles, si sigues así me vas a dislocar el brazo.
Él aflojó de inmediato, aunque no la soltó.
—Lo siento.
La disculpa salió demasiado rápida. Demasiado cargada. Emma la sintió caer entre ellos como una piedra vieja.
—No hablaba de aquello —murmuró.
Charles no respondió.
Al llegar a la habitación de él, Emma comprendió que, por una vez, su esposo no exageraba.
El desastre era real. Había cajones abiertos, cofres a medio vaciar, prendas dobladas sobre sillas, corbatas colgando del respaldo de la cama y una pila de camisas separadas junto a la puerta, como si hubieran esperado su ejecución caritativa.
La luz gris de la tarde entraba por los ventanales y convertía el caos en una escena casi cómica.
—Mira esto —dijo Charles—. Mira lo que hiciste.
Emma miró. Luego tiró del cordón para llamar a las doncellas.
—En seguida se arreglará.
—No quiero que se arregle mágicamente. Quiero saber por qué te encanta hacer estas cosas. Y por qué siempre en mi habitación.
Emma se agachó para recoger una camisa caída. Su sonrisa se apagó mientras ordenaba la tela entre los dedos.
Porque es tu habitación, pensó. Porque es el único sitio donde todavía puedo provocar que vengas a buscarme.
Pero no dijo nada.
—Me faltaba ropa de hombre para las donaciones —respondió con ligereza—. Tus armarios eran una mina de oro.
Charles se quedó de pie, observándola. Ella estaba en el suelo, rodeada de lino, con un mechón rubio escapándosele del peinado y la falda extendida a su alrededor como un charco de muselina. Parecía tranquila. Parecía absurda. Parecía Emma.
Y él la extrañó de pronto con una violencia inesperada.
Extrañó a la amiga que se colaba en sus asuntos sin pedir permiso.
La que se reía de sus vicios, le corregía las cartas, lo insultaba con cariño y le decía la verdad sin envolverla en seda.
Ahora seguía ahí, a dos pasos, en su habitación, con sus manos ordenando sus camisas; pero entre ellos había algo frío y difícil de nombrar.
—Emma…
La puerta se abrió antes de que pudiera continuar.
—Charles, qué bueno que te encuentro —dijo Clare, entrando con la confianza de quien conoce la casa desde dentro—. Necesito…
Se detuvo al ver el desastre.
—Santo cielo. ¿Qué ha sucedido aquí?
—Un torbellino ocioso con inclinaciones caritativas —respondió Charles, girando la cabeza hacia la recién llegada.
—No soy ociosa —dijo Emma desde el suelo—. Soy eficiente en formas que la sociedad todavía no comprende.
Clare la vio entonces.