10 #4
—¿No piensas meterte? —preguntó.
Clare sonrió, sin mirar el agua.
—No. Gregory se preocuparía.
Charles buscó a su hermano entre los presentes y no lo encontró.
—¿Por qué no está aquí? Todos lo están.
—Tiene asuntos que atender.
—¿Asuntos? Los empleados tienen medio día libre por la boda. Hasta los caballos parecen de descanso.
—No todo en esta casa se mide por campanillas y horarios, Charles.
Él la miró. Clare tenía la vista fija en el lago, pero su rostro no era triste exactamente. Era peor: resignado.
—Ve tú —dijo ella—. Emma está ahí dentro.
Charles siguió la dirección de su mirada.
Emma reía en medio del agua, con el cabello pegado a las mejillas y el vestido flotando alrededor como una flor arruinada.
Elizabeth le gritó algo; Emma contestó con una carcajada y se zambulló para escapar de James.
Parecía feliz. Parecía completa. Parecía no necesitar nada.
—Emma se arregla sin mí —dijo Charles—. Siempre ha podido.
Clare volvió lentamente la cabeza hacia él.
—Eso no significa que quiera hacerlo siempre.
—No la conoces como yo.
—Tal vez no. Pero conozco esa clase de sonrisa.
Charles frunció el ceño.
—¿Lo dices por ti?
Clare dio un paso atrás. Algo en su dulzura se endureció, como si una puerta acabara de cerrarse por dentro.
—Lo digo por Emma.
En ese momento, Emma salió del agua y los vio.
No le pareció extraño encontrarlos juntos.
Clare era su cuñada ahora, y Charles, por muy insoportable que fuera cuando se lo proponía, no dejaba de ser atento con quien consideraba frágil.
Emma no se permitió pensar más. Corrió hacia ellos, empapada, agitada y con una sonrisa tan amplia que casi le dolió sostenerla.
—¡Hola! —saludó, como si acabara de ganar una carrera—. Necesito que alguien me desabroche el vestido. Yo no puedo.
Se dio la vuelta sin especificar a quién iba dirigida la petición. Clare miró a Charles. Charles no se movió. Entonces Clare alargó las manos y comenzó a desabrochar los botones mojados con cuidado.
—Gracias, Clare. Tu pancita ha crecido. Se ve hermosa.
Clare se sonrojó.
—Emma. ¿No necesitas a Charles? ¿No quieres llevártelo contigo?
Emma miró al pelirrojo y soltó una carcajada.
—¿A ese aguafiestas? Si no quiere meterse, no pienso obligarlo.
—Pero todos están en pareja —insistió Clare, con una suavidad que sonaba demasiado parecida a una súplica.
—¡Eso es lo divertido! —dijo Emma, entusiasmada—.
Al darse cuenta de que yo estaba sin pareja, inventaron un juego.
Mi trabajo es deshacer parejas. Grito los nombres que se me antojan, ellos tienen que soltarse y buscar otra persona antes de que yo atrape a alguien y me quede con su compañero. Es absurdo. Por eso es magnífico.
Sin esperar respuesta, Emma corrió de vuelta al lago y se lanzó al agua con un chapuzón que provocó protestas y risas.
—¿Ves? Ella no me necesita, siempre sabe cómo arreglárselas.
Clare lo miró con una furia serena.
—A veces, arreglárselas no es lo más grato ni lo más confortable. No porque una mujer parezca fuerte quiere decir que no espere que alguien, al menos una vez, se quede a su lado sin obligarla a pedirlo.
Charles tardó en responder. Cuando volvió la vista hacia Clare, ella ya se alejaba hacia la casa, recogiendo su falda para no mancharla de barro.
No tuvo tiempo de seguirla. William y James aparecieron detrás de él con una coordinación sospechosa.
Antes de que Charles pudiera insultarlos con propiedad, lo levantaron entre ambos y lo arrojaron al lago entre los gritos victoriosos de las mujeres.
El agua le cerró sobre la cabeza, fría, limpia, brutal. Al salir, oyó la carcajada de Emma por encima de todas. Ella nadó hacia él y se sostuvo de su hombro para recuperar el aliento. Charles, por instinto, le rodeó la cintura con una mano y la mantuvo a flote.
—Me muero de cansancio —dijo ella, apoyando la mejilla contra su hombro—. Nadan terriblemente rápido. Tendré que practicar más.
—Sí. Claro.
Emma levantó la cara. El tono de Charles le había llegado como una piedra bajo el agua.
—¿Qué pasa? ¿Te molestó que te tiraran?
—No.
—¿Entonces?
—Nada.
Ella lo observó con esos ojos verdes que parecían encontrar grietas incluso cuando él creía haber levantado muros.
Por un momento, Charles pensó que preguntaría de nuevo, que lo obligaría a decir lo que ni él entendía.
Pero Emma sonrió. Una sonrisa brillante, fácil, generosa. Una sonrisa que lo dejó peor.
—Bien. Entonces deja de poner cara de viudo mojado y juega.
Se apartó de él y nadó hacia Elizabeth, que ya estaba gritando nuevas reglas.
Charles se quedó un instante en el agua, con la mano aún cerrada en el lugar donde había estado la cintura de Emma.
Ella no lo necesitaba, eso se repetía como una verdad conveniente.
Pero, mientras la veía reír en medio del lago, empezó a preguntarse si no había confundido la fortaleza con abandono, la alegría con invulnerabilidad y el amor de Emma con una cosa tan segura que no hacía falta cuidarla.