Siempre fuiste tú 10 #3
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—Intentábamos evitarlos —respondió Emma con total sinceridad—. El plan ha fracasado con una elegancia notable.

Robert levantó su copa hacia ella.

—Conociendo a esta familia, debieron preverlo.

—Creíamos que dormirían hasta las tres.

Thomas sonrió por encima de su taza.

—Ellas jamás duermen cuando pueden causar daño desde temprano.

—¿Se dan cuenta de que hablan como si fuéramos monstruos? —preguntó Annabella, mirando a sus primas.

Elizabeth se acomodó en la hierba.

—No los culpo. Hasta yo me temería si me conociera.

—Dímelo a mí —dijo Robert.

Elizabeth le dio un golpe en el brazo sin siquiera incorporarse. Él lo aceptó con una dignidad que hizo reír a todos.

Durante un rato, el día pareció cumplir su promesa.

Katherine retomó una melodía más dulce, el sol se abrió paso entre las nubes y el lago reflejó un brillo plateado.

Los hombres hablaron de caballos, cosechas, arrendamientos y de las tensiones que corrían por los condados como una corriente subterránea.

Las mujeres se repartieron fruta, panecillos y chismes con idéntica seriedad.

Emma, recostada sobre la manta, descubrió que podía respirar sin que el castillo, la noche de bodas o la mirada de Genoveva la alcanzaran por un momento.

Por supuesto, la paz duró poco.

—¡Te dije que me dieras el pan, no que me lo lanzaras como proyectil! —se quejó Marinett.

—Apenas te rozó —dijo Elizabeth.

—Me ha golpeado en la dignidad.

—Esa zona ya estaba perdida.

—Vamos, vamos —intervino Giorgiana, que había llegado tarde a la boda y temprano al desorden—, no peleen desde tan temprano.

Katherine dejó el violín a un lado y la miró con teatral asombro.

—Vaya, Asher. Has logrado influir en ella.

Giorgiana se volvió hacia su esposo.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Quiere decir que antes aprovechabas cualquier oportunidad para pelear —dijo Katherine— y ahora apareces como ángel conciliador.

—Chicas… —advirtió William.

—¡No te metas, Will! —gritaron varias a la vez.

—Excelente consejo —murmuró él, hundiéndose contra el árbol.

Todo sucedió demasiado rápido. O, al menos, así lo sintió Emma.

Las hermanas se pusieron de pie, fingiendo una disputa de proporciones épicas.

Hubo acusaciones sobre pan, violines, vestidos, maridos, modales y un supuesto incidente con un pastel de chocolate que nadie explicó del todo.

Annabella, Alice y Emma se levantaron para intervenir; los hombres también hicieron el amago de acercarse.

Cayeron de lleno en la trampa.

En cuestión de segundos, cada una de las culpables tuvo prisionera a una víctima inocente.

Katherine atrapó a Alice. Elizabeth se hizo con Emma.

Marinett sujetó a Annabella. Giorgiana, riendo como una chiquilla, tiró de quien tuvo más cerca.

Y, con una coordinación que solo podía nacer de años de fechorías compartidas, se lanzaron al lago con vestidos, joyas y gritos incluidos.

El agua helada cerró sobre Emma como una bofetada. Salió a la superficie soltando una exclamación que se convirtió en carcajada antes de terminar.

—¡Están locas! —gritó Annabella, escupiendo agua.

—No es noticia —respondió Katherine, nadando con la felicidad de una criatura sin remordimientos.

—¡Dios, esto pesa demasiado! —se quejó la pelirroja, tirando de su falda empapada—. Mejor me lo quito.

—¿Estás demente? —Alice intentó detenerla—. No solo estamos nosotras. Están todos los hombres.

—Y todos han visto piernas en algún momento —replicó Elizabeth.

—¡Elizabeth!

—Nos quedamos con la ropa interior. No dramatices como si fuéramos a inaugurar Sodoma en Londonderry.

—Katherine, sal de ahí —ordenó Adam desde la orilla, estirando una mano—. Te vas a hundir con ese vestido.

—Cierto, mi amor. ¿Por qué no me echas una mano?

Adam cometió el error de confiar en su esposa.

Katherine le tomó la mano y lo arrastró al agua con una fuerza que habría honrado a cualquier sirena asesina.

Durante un instante no salió a la superficie.

La pelirroja abrió los ojos con pánico, pero entonces el duque emergió detrás de ella, la alzó en brazos y la hundió suavemente entre las risas de todos.

James y Thomas, al ver a Adam dentro del lago, no necesitaron más invitación.

Se lanzaron al agua con la dignidad que les permitió la ropa, tomaron a sus esposas por la cintura y recibieron salpicaduras, insultos y besos a partes casi iguales.

William ayudó a Alice a salir, solo para ser empujado por ella de vuelta al agua, con una risa tan dulce que nadie pudo culparla.

Robert intentó mantenerse lejos, sobrio, seco y superior, pero Thomas y James lo persiguieron con la determinación de dos perros de caza y lo arrojaron al lago sin una pizca de delicadeza.

Pronto todos estaban dentro: empapados, descalzos, riéndose, luchando contra el peso de las telas y la compostura. Incluso Asher terminó entrando por voluntad propia, quizá porque comprendió que resistirse en esa familia solo prolongaba el ridículo.

Todos, salvo Charles y Clare.

Clare se había quedado en la orilla, un poco apartada, con las manos descansando sobre el vientre.

Su vestido claro recogía la luz de la mañana y la hacía parecer parte de un cuadro silencioso, mientras detrás de ella el lago era puro escándalo.

Nadie la había empujado, nadie la había llamado, nadie se había atrevido siquiera a bromear con la posibilidad.

El embarazo la volvía intocable. Protegida, sí.

Pero también sola. Charles permanecía cerca de ella, con la copa aún en la mano.