10 #2
Charles bajó las escaleras con la intención de no encontrarse con nadie.
Era demasiado temprano para la familia Bermont, demasiado tarde para los criados y demasiado imprudente para él confiar en su suerte.
Por supuesto, Raj lo estaba esperando al pie del corredor, con una taza en la mano y una expresión que ya venía cargada de juicio.
—Míralo —dijo el marinero—. El esposo recién estrenado. ¿Sobrevivió la princesa?
Charles se detuvo.
—Ella sobrevivió. Yo soy un bruto.
Raj dejó de sonreír.
—¿Qué hiciste?
—Era virgen.
El silencio entre ambos se cerró como una puerta.
—Dijiste que no lo era.
—Me equivoqué.
—Pregunto cuánto daño hiciste antes de darte cuenta.
Charles apretó la mandíbula.
—El suficiente para que me odie en cuanto deje de fingir que no.
Raj bajó la taza.
—¿Lloró?
Charles no respondió de inmediato. La respuesta le pesaba más que cualquier golpe.
—Sí.
—Maldito seas, Charles.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Si lo supieras, no hablarías con esa calma de condenado elegante.
—¿Qué quieres que haga? ¿Qué me atraviese con mi propia espada en el vestíbulo? Mi madre diría que mancho la alfombra.
—Quiero que pienses antes de romper a la gente que confía en ti.
Charles pasó una mano por su cabello. La culpa se le había vuelto física: una presión detrás de las costillas, una mordida constante.
—Está actuando normal. Se ríe, bromea, me toca como si nada.
—Peor.
—Lo sé.
—No lo sabes. Si Emma está sonriendo después de haber llorado en tu cama, no significa que esté bien. Significa que es demasiado orgullosa para darte el gusto de verla rota.
Charles volvió la cara hacia la ventana. En el patio, un mozo llevaba dos caballos de la brida y el aire olía a lluvia sobre piedra.
—Voy a sacarla del castillo. Un día de campo.
—Gran remedio. Pan, queso y negación al aire libre.
—Raj.
—¿Qué? ¿Ahora tampoco puedo decirte la verdad?
Una voz femenina interrumpió la respuesta.
—¿De qué verdad hablamos?
Clare apareció en el corredor con un vestido sencillo color crema y un chal sobre los hombros. El embarazo le daba una suavidad nueva al rostro, aunque los ojos, grandes y serenos, estaban demasiado despiertos para haber descansado bien.
Raj inclinó la cabeza con una cortesía exagerada.
—Señora Donovan, como siempre, Irlanda mejora con su presencia.
—Y usted sigue usando el encanto como arma de contrabando, señor Balcobich —respondió ella, antes de mirar a Charles—. ¿De qué bromeaba Emma?
Charles suspiró.
—De nada.
—Cuando alguien dice “de nada” en esta familia, normalmente significa “de algo terrible”.
—¿Qué haces despierta?
—Desayunar. Gregory sigue dormido. O fingiendo que duerme para evitar a tu madre. Cualquiera de las dos cosas me parece comprensible.
—Me alegro de verte. Hasta luego.
Charles intentó pasar, pero Clare se interpuso con una delicadeza imposible de confundir con debilidad.
—Sigue con lo mismo, ¿verdad?
Raj miró a Charles. Charles miró al suelo.
—Sí —respondió el marinero por él.
Clare cerró los ojos un instante.
—¿Cuándo va a entender?
—Cuando se dé cuenta de lo que puede perder —dijo Raj.
—¿Emma?
—Por supuesto. No lo ha visto todavía, pero ella es la mujer indicada para él. Lo gracioso, si es que algo de esto lo es, es que la eligió sin entender por qué.
Clare miró hacia el pasillo por donde Charles se alejaba a la cocina.
—¿Y cómo piensa ayudarlo, señor Balcobich?
Raj sonrió con una calma peligrosa.
—Poniéndolo celoso hasta que quiera arrancarse los cabellos.
—¿Charles? ¿Celoso?
—Más de lo que aparenta. A Charles no le gusta que otros se acerquen a lo que ama. El problema es que aún no sabe llamarlo amor. Lo llama costumbre, amistad, pertenencia o cualquier barbaridad masculina que le permita no sentirse vulnerable.
Clare lo estudió con una mezcla de censura y curiosidad.
—Habla de Emma como si fuera una posesión.
—No. Hablo de Charles como un idiota. Hay diferencia.
A Clare se le escapó una risa breve.
—Una diferencia pequeña, pero aceptable.
—Ya llegará el tiempo en que los hombres aprendamos a decir las cosas sin convertirlas en territorio.
—¿De veras lo cree?
Raj bebió un sorbo de café.
—No. Pero suena esperanzador antes del desayuno.
Clare negó con la cabeza, aunque sonreía. Raj se despidió con una inclinación y siguió el camino de Charles, dejando a Clare sola en el corredor, con una preocupación que ya no sabía si era por Emma, por Charles, por Gregory o por todos ellos a la vez.
Media hora después, Charles esperaba en las caballerizas.
Se había recostado sobre un montón de paja limpia con una cesta de mimbre junto a las botas y dos caballos ensillados a poca distancia.
El aire olía a heno, cuero, tierra mojada y animales tranquilos.
Desde el exterior llegaba el canto de un mozo, una canción irlandesa antigua que hablaba de una muchacha al otro lado del mar.
Emma tardaba. Eso no era propio de ella. Emma podía perderse, tropezar, discutir con una puerta o detenerse a mirar una abeja durante cinco minutos, pero rara vez tardaba en arreglarse. La impaciencia empezó a mezclarse con una preocupación absurda.
Entonces oyó su voz.
—Muchas gracias, de verdad. No sé cómo he acabado en el patio de las calderas cuando estaba buscando los establos.
—No se preocupe. Cuando necesite algo, pregunte por Roger.
Charles se puso de pie con demasiada rapidez. Vio a Emma entrar por el arco de piedra acompañada por un mozo joven, alto, de cabello oscuro y sonrisa fácil. Roger llevaba la gorra en la mano y la postura de quien sabe perfectamente cuándo una dama le parece bonita.
Charles se colocó detrás de Emma antes de que ella pudiera verlo.
—Veo que socializas.
Emma dio un grito tan agudo que uno de los caballos resopló. Al reconocerlo, se llevó una mano al pecho y empezó a reír.
—¡Eres un tonto! Casi me sacas el corazón por la boca.
Roger bajó la mirada de inmediato.
—Con permiso, milord. Milady.
—¿Qué? ¿Por qué se va? —preguntó Emma, confundida.
El mozo no esperó la respuesta. Desapareció con la obediencia veloz de los criados que reconocen el peligro antes que sus señores.
—Era amable —dijo Emma, volviéndose hacia Charles.
—Demasiado.
—¿Demasiado amable? Qué crimen tan irlandés.
—Los mozos de cuadra no suelen acompañar a las condesas hasta las caballerizas por puro amor a la orientación geográfica.
Emma lo miró con atención. Durante un segundo, algo parecido a la satisfacción le iluminó los ojos.
—¿Estás celoso?
—No digas estupideces.
—Eso ha sonado a sí.
—Ha sonado a que no quiero que te pierdas por media casa hablando con desconocidos.
—Roger no es desconocido. Ahora sé su nombre.
—Magnífico. Una amistad consolidada.
Emma rio y caminó hacia los caballos. Al ver la yegua ensillada para ella, la sonrisa se le torció un poco.
—Hay un pequeño problema.
—¿Qué cosa?
Ella levantó una ceja, como si la respuesta debiera ser obvia incluso para una piedra.
—Montar. Dudo que mi cuerpo apruebe semejante empresa hoy.
A Charles se le borró la burla de inmediato.
—Claro. Lo siento. Irás conmigo.
—¿No podemos caminar?
—Hasta el lago, no. Queda lejos. Además, si nos tardamos más, Katherine nos encontrará aquí y exigirá formar parte de la expedición.
—Dios nos libre.
Subir al caballo fue una operación poco elegante.
Emma intentó hacerlo con dignidad, perdió un estribo, insultó en voz baja a la silla y terminó aceptando la ayuda de Charles, que la acomodó de lado delante de él, como correspondía a una dama…
aunque Emma llevaba la espalda demasiado rígida para parecer cómoda.
—¿Te duele? —preguntó él junto a su oído.
—Me duele el orgullo.
—Emma.
Ella soltó aire por la nariz.
—Un poco.
Charles no dijo nada más. Solo aflojó el paso del caballo y rodeó su cintura con un brazo para sostenerla mejor.
Emma fingió no advertir la delicadeza. Era más fácil fingir que el paisaje la distraía: los prados húmedos, las piedras cubiertas de musgo, los muros bajos que dividían las tierras, los árboles oscuros inclinándose como si escucharan secretos.
Irlanda tenía una belleza distinta a Inglaterra, menos ordenada, menos doméstica.
Parecía hecha de viento, de tierra antigua y de historias que no pedían permiso para sobrevivir.
Cuando llegaron al lago, descubrieron que no habían sido los primeros en escapar del castillo.
Las primas Bermont y sus maridos ocupaban el prado como si hubieran conquistado el territorio al amanecer.
Había mantas extendidas, cestas abiertas, botellas de champaña enfriándose en el agua baja y una mesa improvisada con pan, frutas, queso, pasteles y algún embutido que seguramente había desaparecido de la cocina sin autorización formal.
Katherine tocaba el violín con el mentón alto, desafinando solo cuando se reía de sus propias ocurrencias.
Marinett comía con una felicidad impúdica.
Elizabeth estaba tumbada sobre la hierba, discutiendo con Robert sobre si el Parlamento arruinaría el país antes o después del almuerzo.
Annabella y Alice, más prudentes, intentaban dar a la escena una apariencia de decencia que nadie más parecía interesado en conservar.
—¿Qué hacen todos aquí? —preguntó Charles después de desmontar y ayudar a Emma con una cautela que ella encontró excesiva y, por tanto, enternecedora.
—Nos gustan las fiestas —dijo Marinett, levantando una copa.
—Pero recogerlas… —continuó Elizabeth.
—No tanto —remató Katherine sin dejar de tocar.
—Nosotros fuimos arrastrados —añadió James, con absoluta falta de remordimiento.
Charles miró a William, que descansaba contra un árbol con Alice recostada a su lado.
—El que me sorprende eres tú.
William cerró los ojos, como si la luz le pareciera una ofensa.
—Estoy de vacaciones.
—Ojalá se quedara de vacaciones —murmuró Katherine.
—Te he oído.
—Era la intención.
Los hermanos se miraron con esa amenaza breve y familiar que en los Bermont equivalía a un saludo cariñoso. Emma dejó la manta que traía bajo el brazo y se sentó sobre la hierba con un suspiro de alivio.
—¿Ustedes también escaparon? —preguntó Adam.