10
Emma despertó temprano, cuando la mañana irlandesa apenas empezaba a colarse por las cortinas y la luz, pálida como leche aguada, resbalaba sobre los muebles oscuros de la alcoba.
Durante un instante no supo dónde estaba.
Olía a cera consumida, a lino tibio, a leña apagada y a las flores mustias que alguna mano previsora había dejado en un jarrón durante la noche.
Después recordó la boda, la música, los faroles temblando bajo la niebla… y a Charles.
Intentó incorporarse. El cuerpo le respondió con una protesta inmediata, una tirantez desconocida que le subió desde las piernas hasta el vientre y la obligó a contener una exclamación entre los dientes.
Se quedó quieta, respirando despacio, como si moverse con delicadeza pudiera convencer a sus músculos de perdonarla.
Un ronquido bajo, casi indecoroso, la hizo dar un brinco. El movimiento le arrancó otro dolor, más agudo, y Emma se llevó una mano al pecho con una mezcla absurda de susto y risa.
Charles dormía a su lado, desnudo bajo la sábana, recostado boca abajo y con el cabello rojizo revuelto sobre la almohada. La luz le dibujaba la espalda con una claridad despiadada. Allí estaban las marcas: medias lunas rojizas, unas más profundas que otras, dejadas por sus uñas durante la noche.
Emma alargó la mano y rozó una de ellas con la yema de los dedos. La vergüenza le calentó la cara. Había sangre seca en una de las líneas más hondas. Se mordió el labio. Había querido defenderse del dolor, de la sorpresa, de sí misma. No de él. O al menos no del todo.
Retiró la mano antes de que Charles despertara y salió de la cama con la dignidad que le permitió el cuerpo, que no fue demasiada.
Recogió la bata del respaldo de una silla, se envolvió en ella y tomó la campanilla para llamar a la doncella asignada desde su llegada al castillo.
Rolly, una muchacha de mejillas redondas y mirada avispada apareció con una rapidez que hizo sospechar a Emma que llevaba media mañana apostada detrás de la puerta, aguardando el primer sonido de su señora.
—Mi lady —murmuró la doncella, inclinándose con formalidad.
Emma casi rio. Aún no lograba acomodarse dentro de aquel tratamiento. Lady Donovan, condesa de Longford, esposa de Charles. Todo eso le sonaba prestado, como una joya demasiado costosa que no sabía si podía usar sin romperla.
—Rolly, necesito un baño caliente. Y, si alguien pregunta por mí, dile que he muerto con honor en una guerra doméstica.
La doncella abrió los ojos, dudando si aquello era una orden, una broma o una confesión. Emma sonrió apenas.
—Un baño bastará.
Rolly entendió lo esencial. En menos de un cuarto de hora, el cuarto de baño estaba lleno de vapor.
La tina de cobre relucía junto a la ventana, y el agua, humeante, perfumada con unas gotas de lavanda, prometía una salvación posible.
Emma dejó caer la bata y se introdujo despacio, con un suspiro tan sincero que la doncella fingió no oírlo.
El calor la envolvió de inmediato. Le aflojó los hombros, le adormeció el dolor y la hizo cerrar los ojos.
Afuera, una lluvia finísima empezaba a puntear los cristales, y desde algún rincón lejano del castillo subía el rumor de los criados retirando restos de la fiesta: copas, manteles, flores vencidas, risas olvidadas en los corredores.
Emma apoyó la cabeza en el borde de la tina y, sin darse cuenta, comenzó a tararear. Una melodía baja, casi infantil, una de esas canciones que su madre cantaba cuando el dinero escaseaba y aun así había que convencer a los niños de que la vida no era tan áspera.
Charles despertó poco después. Lo primero que sintió fue el vacío en la cama. Abrió los ojos de golpe, y por un segundo, ridículo y helado, pensó que Emma se había marchado. Luego oyó la voz que venía del cuarto de baño: suave, cantarina, tan íntima que la culpa volvió a sentársele sobre el pecho.
Se incorporó con lentitud. El cuerpo le dolía en la espalda, allí donde Emma lo había marcado, pero no se permitió quejarse. Se puso una bata y caminó hasta la puerta del baño. La abrió sin llamar, cosa que habría escandalizado a cualquier esposa recién casada que se preciara de pudor ceremonial.
Emma levantó la vista, lo enfocó entre el vapor y siguió tarareando como si Charles hubiera entrado en una sala de desayuno, no en el baño donde ella se encontraba metida hasta los hombros en agua caliente.
Él se quedó en el umbral, con una ceja arqueada.
—Buenos días.
—Hola.
—¿Siempre recibes visitas en la tina con esa serenidad?
—Solo a las que ya me han visto en peores circunstancias.
Charles no supo si reír o disculparse.
Terminó haciendo ambas cosas a medias.
—¿Cómo te sientes?
Emma movió los dedos bajo el agua, como si hiciera una evaluación formal de todos sus huesos.
—Relajada ahora que estoy aquí dentro. Al despertar, todo me dolía como si me hubiera caído por las escaleras, cosa que, admitámoslo, no habría sorprendido a nadie.
—Pensé en pedirte un tónico.
—No me gustan los tónicos. Saben a castigo y a sótano.
Charles cruzó el cuarto y vertió agua en el lavabo.
Se lavó la cara, el cuello y los brazos con movimientos lentos.
Emma lo observó desde la tina. Él parecía cansado, desarmado.
No tenía la insolencia habitual colocada sobre el rostro como una máscara.
A esa hora, bajo la luz gris, Charles parecía menos el demonio pelirrojo y más un hombre que no sabía cómo sostener el peso de sus propios errores.
—Estabas cantando —dijo él, buscando algo que no fuera culpa.
—Yo no canto.
—Te oí.
—Entonces oíste mal.
—También te oí en el lago.
—Tal vez aquí habita una ninfa que muere por ti.
—No eres una ninfa, Emma.
—Cierto.
—Y no mueres por mí.
Ella lo miró apenas. El vapor le suavizaba las facciones, pero no le ocultaba los ojos.
—Cierto —mintió, y la palabra le supo amarga.
Charles se acercó a la tina y tocó el agua con los dedos.
Los retiró de inmediato.
—¡Demonios! Está hirviendo.
Emma se encogió de hombros.
—Apenas así siento que me relaja.
—Te estás cocinando ahí dentro.
—Entonces avisa a la cocina que hoy no hará falta preparar ganso.
Él rio. La risa le salió con alivio, y eso a Emma le dolió de un modo tonto. Le dolió que él necesitara verla bromear para creer que todo estaba bien. Le dolió tener tanta habilidad para fingirlo. Ella sacó una mano del agua y le tocó el antebrazo apoyado en el borde de la tina.
—Lamento lo de tu espalda.
Charles bajó la vista hacia su mano mojada.
—¿Mi espalda?
—No puedo ignorar diez marcas en forma de medialuna. O nueve y media. La última parece obra de una mujer que ya estaba demasiado cansada para seguir siendo feroz.
Una sonrisa le cruzó a él la boca, aunque no alcanzó a los ojos.
—No pasa nada.
—Lo sé. Fue en defensa propia.
Esta vez Charles soltó una carcajada verdadera. Se inclinó y le besó la frente, con una ternura tan repentina que Emma tuvo que mirar hacia otro lado para no ablandarse demasiado.
—Aun así, lo siento —dijo él, más bajo—. Lo de anoche.
—Ya lo dijiste.
—No lo suficiente.
—Si piensas pasarte toda la vida pidiéndome perdón, será un matrimonio agotador.
—Pensaba compensarlo.
Emma alzó la barbilla, recuperando una ligereza que le quedaba como un vestido bien cortado.
—Claro que lo harás. Y con creces.
Charles se relajó un poco. Ahí estaba Emma: rápida, luminosa, afilada, como si nada lograra herirla por mucho tiempo.
Él quiso creerle. Era más cómodo creerle.
Con Emma todo parecía fácil; siempre encontraba una salida graciosa, una frase para quitarle dramatismo a lo intolerable.
Por eso la adoraba. Por eso se había casado con ella.
Por eso, quizá, estaba empezando a temer lo que había hecho.
—¿Quieres que te espere o bajo antes? —preguntó él.
—Me da igual. Pero te advierto que pienso saltarme todas las comidas que pueda.
—¿Por qué razón?
—¿Estás loco? Tus primas están aquí. Tus abuelas están aquí. Tu madre está aquí. Si bajo a desayunar, me interrogarán como si fuera acusada de alta traición. No pienso discutir mi noche de bodas delante de una bandeja de riñones guisados.
Charles pareció considerar la imagen. Luego asintió, serio.
—Tienes razón. Sería una carnicería social.
—Y yo soy una mujer pacífica.
—Esa es la mentira más bonita que has dicho desde que despertaste.
—Gracias. La bordé con esfuerzo.
Él apoyó los brazos en el borde de la tina.
—¿Qué te parece un día de campo? Lejos del castillo. Comida, silencio y nadie preguntando si he cumplido con mis deberes maritales.
Emma arrugó la nariz.
—Comida lejos de tus abuelas. Me parece una idea brillante.
—Pediré que preparen una cesta.
—¿Dónde nos vemos?
—En la entrada sur.
Emma lo miró con absoluta incredulidad.
—Charles, llevo días perdiéndome en esta casa. Si me dices “entrada sur”, terminaré en el ala de los retratos de tus antepasados o en la despensa de mermeladas.
—Entonces en las caballerizas.
—Ahí sí sé llegar. O, en todo caso, sé perderme cerca.
Charles salió del cuarto de baño con una sonrisa leve. Al cerrar la puerta, el vapor volvió a tragarse a Emma. Ella hundió los hombros en el agua y dejó de sonreír.
Abajo, el castillo tenía el aire desordenado y somnoliento que dejan las grandes celebraciones.
En los pasillos había criadas cargando ramos marchitos, mozos retirando cajas de vino y lacayos que caminaban con la prudencia de quien no desea despertar a ninguna dama de carácter incierto.
Desde la cocina subía olor a pan recién hecho, tocino, café y mantequilla quemándose en una sartén.
También se oían, mezcladas con el golpe de los platos, algunas voces que discutían sobre los periódicos de Belfast, el Parlamento y aquella palabra que parecía repetirse en todas las mesas irlandesas: Home Rule.