Siempre fuiste tú 9 #3
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A Emma se le humedecieron los ojos, y eso la enfureció. Detestaba llorar cuando no quería.

—No soy una niña.

—No. Pero eres mi esposa. Y, por desgracia para ambos, también eres la persona a la que menos quiero lastimar en este mundo.

La frase cayó entre ellos con una gravedad que ninguno quiso analizar.

Emma respiró hondo. Charles seguía inmóvil, esperando.

No la tocaba más de lo necesario. No exigía, no reclamaba, no hacía uso de ningún derecho que la ley o la costumbre pudieran poner en su mano. Aquello, más que calmarla, la conmovió.

—Quiero continuar —dijo ella al fin, apenas por encima del murmullo del fuego.

Charles negó de inmediato.

—No tienes que hacerlo.

—No dije que tuviera, dije que quiero.

—Estás asustada.

—También estoy furiosa, avergonzada, curiosa y cansada. Puedo sentir muchas cosas a la vez, lord Donovan. No me subestimes en mi noche de bodas.

Una sombra de sonrisa le suavizó a él la boca.

—Jamás me atrevería.

—Entonces hazlo bien.

Charles exhaló con lentitud. Se inclinó hasta besarle la mano, justo sobre los nudillos.

—Me detendré cuantas veces me lo pidas.

—Más te vale.

—Y tendrás que hablarme. Nada de hacerte la valiente por orgullo.

—Qué exigente para ser el culpable de todo.

—Soy un marido reciente. Aprendo con lentitud.

Emma volvió a reír, pero esta vez la risa no salió rota.

Lo que vino después fue distinto. Más lento.

Más cuidadoso. Charles le dejó marcar el ritmo, esperar, respirar, acostumbrarse a cada caricia antes de avanzar.

Hubo dolor, sí, una punzada inevitable que le hizo cerrar los ojos y aferrarse a sus hombros; pero esta vez él se quedó quieto cuando ella se lo pidió, le habló al oído con una ternura casi torpe y no volvió a moverse hasta que Emma, todavía temblorosa, lo autorizó con un leve asentimiento.

No fue como en los relatos atrevidos de sus amigas, ni como en las novelas francesas que escondían debajo de los cojines.

Fue más extraño, más humano: una mezcla de incomodidad, pudor, deseo y confianza puesta a prueba.

Poco a poco el dolor dejó de ocuparlo todo.

Emma descubrió que podía respirar, que podía tocarlo sin miedo, que el cuerpo también sabía aprender.

Charles, sometido a una paciencia que no parecía natural en él, se cuidó de no perderse en su propio deseo.

Y cuando la noche terminó por envolverlos, no hubo triunfo ni conquista, sino un silencio hondo, cansado, casi sagrado.

Emma quedó recostada de lado, con el cabello deshecho sobre la almohada y la mirada fija en las sombras del dosel.

Le dolía el cuerpo, aunque no de la forma terrible que había imaginado en el primer instante de miedo.

Charles permanecía detrás de ella, sin atreverse a abrazarla hasta que ella, con un gesto mínimo, tomó su mano y la puso sobre su cintura. Él entendió y la rodeó con cuidado.

—Lo siento —susurró contra su cabello.

—Ya lo dijiste.

—Lo diré muchas veces.

—Eso puede volverse aburrido.

—Aceptaré el riesgo.

Emma cerró los ojos. La calidez de Charles a su espalda le resultaba peligrosa. Demasiado fácil acostumbrarse a ella y olvidar que, unas horas antes, él había hablado de una sola noche como si ella fuera un deber, un trámite, una puerta que debía cruzarse para luego cerrarse.

—Charles.

—¿Sí?

—¿Esto cambia algo?

Él tardó en contestar. La pausa fue pequeña, pero Emma la sintió como una piedra cayendo al agua.

—Debería —dijo al fin.

No era una promesa. Tampoco era una negativa.

Emma no preguntó más. Estaba demasiado cansada para pelear contra sombras.

Poco a poco, el dolor, el vino, la música lejana y el calor de su esposo fueron venciendo su resistencia.

Se quedó dormida con una mano de Charles sobre la suya y la sensación de que la felicidad, cuando se acercaba demasiado, siempre traía un filo escondido.

Charles tardó mucho en moverse.

Cuando por fin logró deslizarse fuera de la cama sin despertarla, recogió una bata y caminó hasta la ventana. Afuera, el jardín aún conservaba restos de la fiesta: cintas movidas por el viento, faroles consumidos, flores inclinadas bajo el rocío. Irlanda olía a tierra mojada y a promesa antigua.

Apoyó una mano en el marco y bajó la cabeza.

Emma era virgen. No solo eso: Emma había confiado en él.

A su manera orgullosa, desafiante y absurda, lo había hecho.

Y él, que creía conocer todos los rostros del deseo, nunca imaginó que pudiera desearla tanto ni que ese deseo pudiera asustarlo de aquella forma.

La miró sobre el hombro. Dormía de costado, envuelta apenas por las sábanas, con el rostro relajado y una mano cerrada sobre la almohada. Parecía más joven dormida. Más vulnerable. Más suya de lo que tenía derecho a pensar.

Charles apretó la mandíbula. Una sola noche.

La frase que había dicho a Raj regresó para burlarse de él.

—Maldición —susurró.

Nunca pensó que podría desearla así. Mucho menos que, después de tenerla en sus brazos, la idea de apartarse de ella le pareciera una forma nueva y refinada de condena.