9 #2
Ambos rieron, casi al mismo tiempo, y la risa les dejó una vergüenza compartida. Era absurdo que pudieran reír allí, al borde de algo que podía cambiarlo todo. Pero con Charles siempre había sido así: incluso en los precipicios encontraba una frase para hacerla mirar al cielo.
—Tal vez sí esté algo nerviosa —admitió ella al fin.
—Yo también.
—No pareces.
—Soy mejor actor que tú.
—Imposible.
Charles se acercó despacio, dándole tiempo a apartarse.
Emma no lo hizo. Cuando él levantó una mano y le acarició la mejilla, ella cerró los ojos antes de poder impedirlo.
La caricia fue ligera, casi reverente. Luego sus dedos descendieron por sus brazos hasta llegar a su cintura, donde se detuvieron con una pregunta muda.
—Si quieres que pare —dijo él en voz baja—, lo dices.
Emma abrió los ojos.
No era la conversación que había escuchado tras la puerta del despacho. No era el hombre que, con voz dura, había hablado de una sola noche. Ese Charles, el que tenía delante, parecía medir hasta el aliento para no hacerle daño.
—Lo diré —respondió.
Él la besó entonces.
No fue un beso brusco ni victorioso, sino uno lento, contenido, como si ambos recordaran al mismo tiempo que ya se habían besado alguna vez, mucho antes de todo aquello, y que el recuerdo había sobrevivido en una parte secreta de la memoria.
Emma sintió el calor de su boca, el aroma de brandy, tabaco y menta que le quedaba en la piel, la presión cautelosa de sus dedos en la espalda.
El miedo no desapareció, pero se mezcló con otra cosa: curiosidad, deseo, una ternura furiosa que llevaba años negándose a nombrar.
Charles la besó otra vez. Y otra. La habitación se redujo a su respiración, al crujido del fuego, al roce de la seda cuando él empezó a desabrochar, con una paciencia que parecía impropia de su fama, los diminutos botones del vestido.
Emma quiso no temblar. Fracasó.
—Mírame —susurró él.
Ella obedeció.
—No tienes que demostrarme nada.
Emma sintió ganas de confesarlo todo: que era virgen, que le había dolido que él pensara lo contrario, que había querido castigarlo con su propia sorpresa. Pero el orgullo le cerró la garganta. En vez de hablar, tomó los bordes de su chaqueta y se la retiró de los hombros. Charles la dejó hacer.
El resto ocurrió con una mezcla extraña de torpeza y belleza.
Hubo besos, risas sofocadas, dedos que no encontraban lazos, una manga que se resistió más de lo debido y un murmullo de Charles contra su pelo cuando Emma, con una seguridad que no sentía del todo, le desabotonó la camisa.
No había vulgaridad en aquel descubrimiento, sino una intimidad nueva, profunda, casi temblorosa.
Emma se permitió tocarlo, conocer el calor de su piel bajo la palma, la firmeza de sus hombros, las marcas leves que la vida le había dejado y que ninguna fiesta podía mostrar.
Charles, por su parte, se fue quedando cada vez más silencioso.
No porque no la deseara, sino porque la deseaba demasiado.
Emma lo notó en la tensión de su mandíbula, en la forma en que cerraba los ojos cuando ella lo besaba, en el modo en que parecía contenerse hasta el dolor.
Cuando llegaron a la cama, el mundo se volvió más lento.
Charles se inclinó sobre ella y le apartó un mechón de la cara.
—Emma...
—No hables —pidió ella, porque si hablaba, quizá se rompería.
Él obedeció. La besó en la frente, en la mejilla, en los labios. Sus manos fueron cuidadosas, pero llegó un momento en que el miedo de Emma regresó con una fuerza inesperada. Su cuerpo se puso rígido antes de que pudiera evitarlo.
Charles se detuvo de inmediato.
—¿Qué pasa?
Emma respiró con dificultad.
Sentía la vergüenza subiéndole por el cuello.
—No lo sé.
Él la observó con atención. La verdad pareció alcanzarlo de golpe, oscureciéndole la mirada.
—Emma... ¿eres virgen?
Ella apartó la vista. El silencio fue respuesta suficiente. Charles cerró los ojos y maldijo en voz baja, no contra ella, sino contra sí mismo.
—Maldita sea. ¿Por qué no me lo dijiste?
Emma se cubrió el rostro con una mano.
—Porque me dolió que pensaras que no lo era.
—Yo no pretendía insultarte.
—Pero lo hiciste. Dijiste que no te importaba como si... fuera lógico que alguien ya me hubiera tocado solo porque tengo veintiséis años y hablo sin desmayarme cada vez que alguien menciona una cama.
Charles se apartó lo suficiente para darle aire y no dejó de mirarla.
—Soy un imbécil.
—Sí.
—Uno monumental.
—También.
Él soltó una risa sin humor y se pasó una mano por el rostro.
—Lo siento. Pensé que intentabas decirme, sin decirlo, que no debía hacer preguntas. Quise que supieras que no iba a juzgarte. Que te quería como esposa de cualquier forma.
—Seguías creyéndolo.
—Sí. Y me equivoqué.
Emma tragó saliva. La vergüenza se le había transformado en algo más blando, más vulnerable.
—No quería que te sintieras... decepcionado.
Charles la miró como si acabara de oír la frase más absurda.
—Emma, mírame.
Ella lo hizo a medias.
—No hay nada en ti que me decepcione. Lo que me aterra es haber estado a punto de hacerte daño por creer que lo sabías todo.