9
Emma permanecía en la alcoba que le habían asignado desde su llegada a la casa Donovan, aunque, desde hacía unas horas, ya no sabía si seguía siendo correcto llamarla suya.
Era una habitación hermosa, amplia y sobria, con cortinajes color marfil, un tocador de nogal y un fuego bajo que crepitaba en la chimenea, perfumando el aire con un olor dulce a leña húmeda y cera derretida.
Desde la ventana apenas se distinguía el jardín, convertido por la noche irlandesa en una extensión oscura, salpicada de faroles que parecían luciérnagas atrapadas en la niebla.
Abajo, la fiesta continuaba. Llegaban hasta ella la música, las risas, el rumor de las copas y el taconeo ligero de los invitados sobre el suelo.
Todo sonaba lejano, como si aquella celebración perteneciera a otra mujer: una novia feliz, una condesa recién casada, una criatura afortunada que había logrado encadenar al demonio pelirrojo sin romperse las manos en el intento.
Emma no se sentía como esa mujer.
Seguía sentada al borde de la cama, con el velo ya retirado y el vestido de novia extendido a su alrededor como una nube fatigada.
La seda conservaba el olor de las flores del altar, de la humedad del jardín y de las manos de quienes la habían felicitado durante horas.
Había sido un día hermoso. Incluso ahora, con el corazón encogido, no podía negarlo.
Irlanda había parecido un cuento: piedra antigua, brezo, música, viento y un cielo tan gris que hacía resaltar el blanco de su vestido como si ella fuera una aparición, sin embargo, todo se agrietó en el despacho.
Las palabras de Raj volvían una y otra vez, como el golpe persistente de la lluvia contra un cristal. Una sola noche. Un trato con el diablo. Ella no lo merece.
Emma cerró los ojos y apretó las manos sobre la falda.
Charles no pensaba tomarla en cuenta dentro de su vida.
No como esposa, al menos. Lo más cruel era que no podía acusarlo de haberle prometido otra cosa.
Ambos habían hablado de conveniencia, de amistad, de ayuda mutua.
Él se libraba de la presión familiar, de la cacería social y de la obligación de elegir a una mujer que lo atara con lágrimas y reproches.
Ella obtenía un apellido respetable, una posición segura, un techo donde su trabajo no tuviera que esconderse entre mentiras y una defensa contra esa forma silenciosa de vergüenza con la que la sociedad castigaba a las mujeres de veintiséis años que aún no pertenecían a ningún marido.
Veintiséis años. Una edad ridícula para ser considerada una ruina, pero suficiente para que las damas de Londres hablaran de ella como si ya hubiera pasado su estación.
A menos, claro, que tuviera dos hijos y otro en camino; entonces la misma edad parecía honrosa, casi maternal, casi santa. Se le escapó una risa sin alegría.
No podía obligarlo a amarla. No podía obligarlo a querer una vida conyugal que jamás había ofrecido.
Así que haría lo mismo que él. Sería una esposa de fachada, una amiga dentro de la casa, una condesa decorosa cuando hiciera falta, una mujer silenciosa cuando el corazón le ardiera.
No podía ser tan malo. Incluso pudo haber tenido una suerte peor: un viejo libidinoso, un hombre violento, un marido que la encerrara, uno que le prohibiera escribir o que se burlara de sus libros hasta volverlos ceniza.
Se había casado con su mejor amigo, eso debía significar algo, al menos, quiso creerlo.
Unos golpes en la puerta la hicieron brincar sobre la cama. El grito que soltó fue tan torpe que terminó riéndose de sí misma, aunque la risa le salió quebrada.
—¿Sí?
—Emma, ¿estás ahí?
Era Charles. Su voz llegó amortiguada por la madera, con una calma que no bastó para tranquilizarla. Emma se puso de pie de inmediato y se alisó la falda con ambas manos, como si la seda arrugada pudiera delatarle todos los pensamientos.
—Sí. Lo siento. ¿Qué ocurre?
La puerta se abrió y Charles apareció en el umbral.
Aún llevaba el traje de boda, aunque ya no tenía la compostura impecable de la ceremonia.
El cabello rojizo le caía sobre la frente, el nudo de la corbata estaba ligeramente torcido y en sus ojos azules había una sombra de cansancio que lo hacía parecer más humano y menos demonio.
—¿Qué ocurre? —repitió, arqueando una ceja—. Ocurre que media Irlanda cree que mi esposa me abandonó el mismo día de la boda.
Emma intentó sonreír. La sonrisa obedeció apenas.
—Lo siento. No lo pensé.
—Eso no es novedad —murmuró él, pero la miró con atención—. Vamos abajo un rato más. Mostramos que sigues viva, que yo no he sido abandonado y, después, nos libramos de todos.
Emma se quedó quieta. Lo observó como si intentara leer detrás de su rostro el secreto que él guardaba con tanto empeño.
—¿Emma?
—Sí. Claro. Vamos. Lo siento.
Charles entró un paso más y le tomó los hombros.
El contacto fue familiar, tan natural que casi dolió.
Muchas veces, en Londres, había hecho lo mismo para sacarla de un callejón concurrido, apartarla de un carruaje o detener alguna de sus torpezas.
Pero esa noche sus manos tenían un peso distinto.
Ya no eran solo las manos de su amigo. Eran las de su marido.
—Estás pálida —dijo—. Y dispersa. Más de lo normal, quiero decir, lo cual ya es una proeza.
—Estoy perfecta.
—Mentira.
—Una mentira elegante.
Charles la estudió un segundo más, como si quisiera insistir, pero al final soltó sus hombros y le ofreció el brazo.
—Entonces, señora, haga el favor de fingir elegancia conmigo.
Emma aceptó el brazo. Le pesó aceptar. Le pesó no apartarse.
Cuando regresaron a la fiesta, los invitados la recibieron con alivio y curiosidad.
Hubo preguntas sobre su ausencia, bromas sobre la novia fugitiva y miradas que buscaban en su rostro la primera señal de una tragedia conyugal.
Emma respondió con la gracia que había aprendido a usar como escudo: una sonrisa, una frase rápida, una risa bien colocada.
Nadie notó que, debajo de todo aquello, la incertidumbre le mordía el pecho.
La madrugada avanzó entre valses, copas de cordial, panecillos dulces y señoras que se negaban a aceptar que una boda también podía terminar.
Algunos invitados se marcharon arropados en capas, otros fueron conducidos a sus habitaciones con el rubor propio del vino y la música.
Las primas Bermont seguían riendo en un rincón, los caballeros discutían en voz baja sobre caballos, política y tierras, y la abuela Gertrudis parecía haber adoptado a María Sellers como si la muchacha hubiera nacido para escuchar sus historias de juventud.
Emma llevó a su hermana a descansar. María, agotada pero radiante, sostenía todavía el dije de margarita que Charles le había regalado días atrás. Antes de dormir, le apretó la mano.
—Te ves feliz —susurró María.
Emma le acomodó una manta sobre las piernas.
—Lo estoy.
La mentira salió tan suave que le dio miedo.
Cuando dejó a María al cuidado de una doncella y volvió al corredor, una de las criadas le indicó, con la mirada baja y las mejillas encendidas, que lady Donovan había dispuesto que la señora condesa pasara la noche en la alcoba de su esposo.
La señora condesa.
A Emma se le hizo un nudo en la garganta.
Caminó por los pasillos en silencio, sintiendo bajo los pies el frío de la casa antigua.
Había flores en jarrones de plata, velas consumiéndose en los apliques, sombras largas sobre los retratos de antepasados Donovan que parecían observarla con una severidad hereditaria.
Un matrimonio en aquella época no terminaba en la iglesia ni en las firmas.
Terminaba —o comenzaba— en una habitación cerrada.
Mucho para una novia virginal, pensó con amargura. Nada para la Emma que Charles creía conocer. Suspiró al llegar frente a la puerta. Ya había entrado antes en aquella recámara, pero todo era distinto ahora. Tocó dos veces. Desde dentro, Charles le dio permiso.
Emma abrió y se quedó junto a la puerta, casi pegada a ella, como si la madera pudiera sostenerle la voluntad. Charles estaba junto a la ventana. Se volvió al verla.
—¿Tienes miedo de la alfombra? —preguntó.
Emma lo miró con desagrado y se separó de la puerta.
—Muy gracioso.
Él sonrió apenas y caminó hacia ella.
—No creí que tuvieras miedo.
—No lo tengo.
—Entonces pareces una mujer que planea huir por la chimenea.
—No cabría con el vestido.
—Eso no te habría detenido jamás.
A Emma se le escapó una risa pequeña. El alivio duró un instante y se extinguió en cuanto volvió a notar la cama, el fuego, la intimidad inevitable de la habitación.
Charles también pareció advertirlo. Su sonrisa perdió ligereza.
—Emma —dijo con suavidad—, no tiene que ser un suplicio.
Ella levantó el mentón.
—Qué halagador para tu esposa y para la serie de mujeres que pasaron antes que yo.
—Intento tranquilizarte.
—Lo estás haciendo fatal.
—Lo sé. No suelo tranquilizar doncellas en su noche de bodas.
Emma sintió que la palabra doncella le atravesaba el orgullo. No supo si quería reír, gritar o darle un golpe.
—¿Y qué haces entonces? ¿Un discurso? ¿Una demostración?
Charles se pasó una mano por el cabello y exhaló con cansancio.
—No sé. Ese es el problema.
—¿Cuál problema?
Él la miró. Por primera vez pareció verdaderamente incómodo.
—Que eres tú.
Emma se tensó.
—Perdón por la desgracia.
—No lo dije así.
—Lo has dicho bastante claro.
—Emma, no me refiero a tu belleza ni a tu cuerpo ni a ninguna estupidez semejante.
Eres hermosa. Lo sabes. Si no lo sabes, eres más necia de lo que pensaba.
El problema es que eres mi mejor amiga. La mujer a la que le he contado mis indecencias, mis deudas morales y hasta mis peores ideas. Nunca pensé en.… Hacerte esto.
—Sigues diciendo estupideces.
—Estoy intentando reparar el error.
—Mejor deja que la herida se desangre. Tú, en vez de poner vendas, hundes más el cuchillo.