Siempre fuiste tú 8 #3
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Todo fue hermoso. La música se elevó entre los árboles; las copas tintinearon; los criados iban y venían con bandejas de plata, vino, pastelillos, carnes, frutas y panes dorados.

Las damas irlandesas examinaban a Emma con curiosidad, y ella, lejos de intimidarse, las recibía con una sonrisa franca, comentarios agudos y esa facilidad suya para convertir una entrevista social en una conversación de sobremesa.

Los caballeros la solicitaban para bailar; las señoras querían conocerla; las muchachas la observaban como si intentaran decidir si era afortunada, insolente o ambas cosas a la vez.

Emma disfrutaba cada instante.

Nunca había tenido una fiesta tan grande por ella.

Bueno, por ella y por Charles, aunque en su cabeza aquello era casi lo mismo.

Había flores por todas partes, música, risas, vestidos de colores, guantes blancos, conversaciones que olían a perfume caro y a chisme recién nacido.

Estaban sus amigas. Estaban los Bermont. Estaba Mary.

Cuando Emma vio a su hermana junto a Gertrudis, se detuvo como si el mundo se hubiera quedado sin sonido.

—Mary...

La joven en la silla de ruedas levantó la mano con una alegría temblorosa. Emma corrió hasta ella, olvidando por completo que una condesa recién casada no debía correr por los jardines con el vestido alzado entre los dedos.

—¡Estás aquí!

Mary lloró antes de responder. Emma se arrodilló frente a ella, le tomó las manos y apoyó la frente sobre sus dedos. Durante unos segundos ninguna dijo nada. No hizo falta.

Charles observó la escena desde lejos. Genoveva también. La expresión de su madre, por una vez, no fue dura. Solo pensativa.

Más tarde, durante el vals, Emma apoyó una mano sobre el hombro de Charles y le dijo en voz baja:

—Gracias por lo de Mary.

—Pensaba traer a toda tu familia, pero tu madre se negó.

—Lo supuse.

—Al menos tienes a Mary. Puede quedarse cuanto quiera.

Emma lo miró. La luz de los faroles comenzaba a encenderle reflejos dorados en los ojos verdes.

—Eso fue muy dulce de tu parte.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

El vals terminó. Charles le besó la frente con una ternura automática, casi peligrosa, y se apartó para permitir que otros la invitaran a bailar.

Era lo correcto. En aquella fiesta, Emma debía ser presentada de forma oficial ante las familias y vecinos importantes de la región.

Ya había recibido visitas de reconocimiento durante los días previos, soportado lecciones de Genoveva sobre modales, reverencias y el modo exacto de no decir lo que una pensaba; aun así, aquella recepción era distinta.

Ahora era lady Donovan. Ahora todos podían mirarla sin disimulo.

Emma no tuvo dificultad en adaptarse. La sociedad irlandesa que rodeaba a los Donovan no era tan distinta de la londinense: el mismo idioma, la misma cortesía afilada, el mismo amor por la reputación y los silencios venenosos.

Solo cambiaban algunas cadencias, el orgullo local, el paisaje que parecía colarse en las conversaciones y aquella tensión política que asomaba a veces en frases medias: tierras, Parlamento, Home Rule, familias divididas por una lealtad u otra.

Emma escuchaba, observaba, sonreía. Guardaba todo en la memoria como quien recoge botones brillantes para coserlos más tarde en una historia.

La fiesta avanzó. Los invitados bebían, bailaban y reían.

Emma bailó con Francisco, con William, con Robert, con James, con Thomas y hasta con un caballero irlandés que le habló durante toda la pieza de caballos y de lluvia, dos asuntos que parecía considerar igualmente nobles.

Solo una ausencia comenzó a pesarle, la de Charles.

Al principio no le dio importancia. Él era así: iba y venía, desaparecía en mitad de una conversación, regresaba con una sonrisa y una copa robada. Pero pasó una hora. Después otra. Y la inquietud se le instaló bajo las costillas.

—¡Emma! —la llamó Annabella—. ¿A dónde vas?

—Al tocador —mintió con una sonrisa—. Vuelvo enseguida.

Caminó entre los invitados repartiendo disculpas, sonrisas y pequeñas inclinaciones. Procuró avanzar con prisa sin parecer apresurada, lo cual descubrió, demasiado tarde, que era una de las muchas habilidades absurdas exigidas a una dama. Logró cruzar la terraza y entrar en la casa.

—¡Eh! ¡Ojos de aceituna!

Emma se detuvo.

Gertrudis estaba sentada cerca de una ventana abierta, envuelta en mantas, con Mary a su lado y una copa de cordial que nadie parecía haberle autorizado.

—¿Es a mí? —preguntó Emma.

—Me alegra que vayas aprendiendo. ¿Buscas al diablo?

—Eh... sí.

—Está en el despacho grande. Vino a verlo un marinero guapo.

Emma arqueó una ceja.

—Abuela, ¿cómo que guapo?

—Anciana, aceituna. No ciega.

Mary soltó una risa pequeñita.

—Bien —Emma apuntó a Gertrudis con un dedo—. Le pediré algo.

—¿Qué quieres ahora?

—Que me busque un mejor apodo.

—Aceituna es excelente.

—Puedo hacerlo mejor. Usted también.

—¡Cómo te atreves a cuestionar mi genio!

—Con muchísimo cariño. Adiós, abuela.

Emma se alejó antes de que Gertrudis decidiera arrojarle el abanico.

Avanzó por el corredor con el vestido susurrando contra las alfombras.

El problema apareció pronto: no sabía dónde estaba el despacho grande.

El castillo Donovan parecía duplicar pasillos cuando uno tenía prisa y esconder puertas cuando uno necesitaba encontrarlas.

Por fortuna —o por desgracia—, la voz de Charles resonaba con la suficiente fuerza para guiarla. Estaba enojado. No le importó. Siguió el sonido, dobló por un corredor oscuro y se detuvo junto a una puerta entornada. Entonces oyó otra voz. Grave, áspera, conocida apenas:

Rajá Balcobich.

—¡Déjame en paz, Raj! ¡No eres mi padre para venir a regañarme!

—No necesito ser tu padre para decirte que eres un idiota.

Emma se quedó inmóvil.

—Es una buena chica a la que engañaste —continuó Raj.

—No la engañé. Ambos estuvimos de acuerdo.

—No le dijiste toda la verdad. Ella entró limpia en este trato. Tú no.

—Bien. Ya basta.

—Te destruirá, Charles. Herir a tu mejor amiga te carcomerá.

—No le estoy haciendo nada malo.

—Sabes que te quiere.

—Y yo a ella.

—No de ese modo, y lo sabes.

Emma se llevó ambas manos a la boca.

El corazón le dio un golpe torpe, doloroso. ¿Cómo lo sabía Raj? ¿Cómo podía ese hombre, al que apenas había conocido, poner en palabras aquello que ella había enterrado con tanto cuidado?

—No sé nada —dijo Charles—. Lo único que sé es que Emma y yo llegamos a un acuerdo.

—Un acuerdo matrimonial. Lo que tú pretendes es... ni siquiera sé cómo llamarlo.

—No es tu problema.

—Sí lo es.

—¿Por qué demonios lo sería?

—Porque ella no lo merece.

Charles soltó un bufido. Después una risa, breve y desagradable.

—¿Qué pasa? ¿Te enamoraste de ella? ¿Te la quieres llevar a la cama?

Emma sintió que algo se abría dentro de ella. No fue ira al principio. Fue vergüenza. Una vergüenza helada, desnuda, como si alguien le hubiera arrancado el vestido de novia en mitad del jardín.

La voz de Raj llegó con una calma burlona.

—¿Te molestaría?

Hubo una pausa.

—No —respondió Charles—. En absoluto.

Emma retrocedió un paso.

No. En absoluto.

Las palabras no fueron un cuchillo. Fueron algo peor: una mano cerrándose despacio alrededor de su garganta.

—Bien entonces —dijo Raj, alegre y cruel—. Tú haz lo tuyo y yo haré lo mío.

Emma oyó pasos acercarse a la puerta y buscó dónde esconderse. Se deslizó detrás de una cortina pesada, junto a un ventanal, con el corazón desbocado y la respiración atrapada.

—No te atrevas, Raj —dijo Charles.

Los pasos se detuvieron.

—Emma no es una broma.

—No lo es. Al menos para mí no lo sería.

El silencio se volvió insoportable. Emma se apretó una mano contra la boca y otra contra el pecho, como si pudiera obligarse a no sentir.

—¿Qué harás esta noche? —preguntó Raj.

—¿Esperas en serio que responda semejante estupidez?

—La tomarás.

—Es mi esposa.

—No le dejas libertad para pedir divorcio.

—Ella no quiere divorciarse.

—¿Cómo lo sabes?

—Si quisiera deshacerse de mí, encontraría muchas formas. Y estoy seguro de que tú no le negarías tus servicios informativos.

—Para nada.

Otro silencio. Más largo. Más frío.

Emma no sabía si el castillo se había quedado quieto o si era ella quien había dejado de pertenecer a todo movimiento.

—¿Solo por una noche? —preguntó Raj al fin.

—Sí.

La palabra cayó sin misericordia. Una noche. Una sola noche.

Emma sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

—La compadezco —dijo Raj—. Hizo un trato con el diablo.

La puerta se abrió. Emma cerró los ojos detrás de la cortina. Escuchó pasos alejándose por el corredor. No supo si era Raj, Charles o ambos. No se atrevió a mirar.

Durante unos segundos no fue capaz de moverse.

El vestido de novia le pesaba de pronto como una mortaja. Las flores del cabello le parecieron ridículas, las perlas en sus orejas una broma de mal gusto, el anillo en su mano una argolla demasiado pequeña para una condena tan grande.

Había aceptado un matrimonio por conveniencia, sí. Lo sabía. Lo había repetido mil veces: amistad, seguridad, nombre, compañía. Charles necesitaba casarse. Ella también ganaba algo. Nadie engañaba a nadie, pero aquello no era todo.

Algo no encajaba.

Charles no la quería como esposa. No pensaba vivir con ella como marido.

No planeaba darle un matrimonio real. Solo una noche.

¿Para qué? ¿Para cumplir una obligación?

¿Para engendrar un heredero? ¿Para sellar algún asunto que ella desconocía?

¿Para usarla y luego apartarla con la misma facilidad con la que apartaba una copa vacía?

Emma respiró hondo. El aire le supo a polvo, cera y flores marchitas.

No lloró.

Todavía no.

Se quedó detrás de la cortina, oyendo a lo lejos la música de su propia boda, mientras comprendía, con una claridad lenta y cruel, que tal vez todos habían tenido razón al temer por ella.

Había firmado un pacto con el diablo.

Y solo ahora comenzaba a leer la letra pequeña.