Siempre fuiste tú 8 #2
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8 #2

Había lirios, brezo, rosas pálidas, campanillas azules y pequeñas flores amarillas que Emma, con toda seguridad, habría intentado nombrar de manera inventada si las tuviera cerca.

El olor a tierra húmeda se mezclaba con el de la cera, el pan recién horneado, la lavanda de los manteles y el humo leve que llegaba de las cocinas.

Todo tenía una belleza extraña, antigua, como si el jardín hubiese estado aguardando aquella boda desde mucho antes de que Charles cometiera la imprudencia de nacer.

—Charles.

Katherine avanzó hacia él, agitando una mano como si necesitara hacerse notar entre una multitud que jamás podría ignorarla.

—Si la haces llorar, te mato.

—Oh, por amor de Dios —Charles la apartó con una mano—. Ya basta con esto. Nos casamos los dos, ¿no? Id a molestarla a ella.

—¿Qué? —Katherine alargó la palabra con ofensa teatral.

—Y te lo digo también a ti, Elizabeth, que vienes llegando con cara de sermón; a Marinett, que seguro trae veneno escondido en la lengua; y a Annabella, que fingirá dulzura antes de apuñalarme con una frase. ¡Dejadme tranquilo!

—¡Niño diablo! —bramó una voz desde la primera fila—. ¿Por qué gritas? ¿Quieres reventarme los tímpanos antes de que vea a la novia?

Charles se alejó de sus primas y fue a sentarse un instante junto a Gertrudis. La anciana ocupaba su silla como una reina destronada que todavía podía ordenar ejecuciones con un movimiento de abanico.

—Nada, abuela. Solo aclaraba algunas cosas.

—Lo único que aclaraste es que sigues siendo un escándalo con piernas. Ven acá. Dile a la abuela qué te roe los huesos.

—Nada me roe.

—No me mientas. Tengo demasiados años para creerle a hombres guapos y demasiada maldad para fingir que no me divierte.

Charles sonrió a su pesar.

—Todos parecen preocuparse por Emma.

—¿Emma? ¿La misógina de cabellos castaños?

—Esa es Clare. Y no es misógina.

—¡Ah! Entonces la astuta de ojos de aceituna.

—Supongo que sí.

—Esa me cae bien.

—Tú odias a todo el mundo.

—No odio. Selecciono con rigor.

—Qué elegante forma de decirlo.

Gertrudis le dio un golpe en los nudillos con el abanico.

—¿Qué pasa con la aceituna?

—Todos temen que se case conmigo.

—Yo también.

—Abuela...

—No me gruñas, diablo. Si todos temen, la pregunta no es por qué temen ellos, sino por qué no temes tú.

Charles sostuvo la mirada de la anciana.

—Piensan que la lastimaré.

—¿Y tú qué piensas?

El viento movió las cintas de seda sobre las sillas. Desde algún punto del jardín llegó una risa de Marinett y una protesta de Robert. Charles miró hacia el sendero por donde Emma aparecería más tarde.

—Que es posible.

—Entonces ¿por qué te ofende que los demás lo sospechen?

—Porque ella aceptó.

Gertrudis resopló.

—Los hombres aceptan cualquier trato si creen que saldrán ganando. Las mujeres, no. Las mujeres aceptan cuando ya han pagado algo antes.

—¿Qué significa eso?

—¡Ay, diablo! No sé. Soy vieja, no profeta. Ahora deja de molestar.

—Abuelita mis polainas. Eres de lo peor.

—Naturalmente. Por eso me quieres.

Charles habría contestado, pero una voz suave lo interrumpió.

—¡Señor Donovan!

Alzó la vista.

Mary Sellers estaba siendo conducida hacia ellos en su silla de ruedas.

Giorgiana caminaba detrás, orgullosa de haber logrado traerla desde Inglaterra sin que nadie de la casa Sellers organizara una revolución familiar.

Mary llevaba un vestido claro, sencillo, y sobre el pecho relucía el dije de margarita que Charles le había regalado.

Sus mejillas estaban pálidas, pero los ojos le brillaban con una emoción que hacía olvidar por un instante la fragilidad de su cuerpo.

—Lady Mary —dijo Charles—. Veo que ha llegado sana y salva.

—Sí —respondió ella, con dificultad, pero con una sonrisa enorme—. Estoy muy emocionada.

—Me alegra. Pero debe guardar el secreto. Emma no sabe que está aquí; pretendo darle una sorpresa.

—¡Bah! —Gertrudis abrió los ojos con interés—. ¡El diablo con corazón! Qué rareza tan entretenida.

Mary miró a Charles, confundida. Él sonrió.

—Señorita Mary, le presento a mi dulce abuelita: Gertrudis.

—Gertrudis la Generala —corrigió la anciana.

Mary contuvo una risita detrás de la mano y, con seriedad admirable, hizo un pequeño saludo militar.

—Un placer, mi general. ¿Cuáles son mis órdenes?

Gertrudis la observó de arriba abajo, luego señaló la silla que estaba junto a ella.

—Primero, que retiren esa silla inútil y pongan la tuya en su lugar. Necesito una aliada que no me contradiga cada dos respiraciones.

Mary miró a Charles con súplica divertida.

Él obedeció. No era prudente permitir que Gertrudis adoptara a alguien, mucho menos a la hermana enferma de Emma, pero ya era tarde: la anciana había decidido conquistarla y Mary parecía encantada de ser conquistada.

En cuestión de minutos, Gertrudis le estaba contando historias de antiguos pretendientes, duelos ridículos y un baile en Dublín donde, según ella, tres hombres habían perdido la dignidad por pedirle una contradanza.

—Charles, hijo —llamó Genoveva—. Es hora. Ve al altar.

Charles se irguió.

El murmullo de los invitados se acomodó de pronto en una expectación pulida.

Los caballeros enderezaron los hombros; las damas ajustaron guantes, abanicos y sonrisas.

El capellán familiar aguardaba frente al arco de flores, y junto a él, con discreción severa, el registrador que daría validez civil al enlace.

Todo estaba en su lugar. Todo era correcto. Todo era hermoso.

Y Charles sintió, por primera vez en el día, una punzada de miedo.

Caminó hasta el frente y se colocó de espaldas al sendero por donde Emma aparecería. El aire olía a brezo y lluvia contenida. Alguien comenzó a tocar una melodía lenta, delicada, en un cuarteto de cuerdas dispuesto bajo los árboles. Entonces todos se pusieron de pie.

Charles se volvió y se quedó inmóvil.

Emma venía sola, como había pedido. Caminaba por el sendero con una seguridad que no necesitaba de padre, hermano ni protector.

El vestido parecía hecho con luz deshilada: seda marfil, encaje fino en el cuello, mangas delicadas y una caída suave que se movía alrededor de ella como agua clara.

No llevaba demasiadas joyas; solo perlas pequeñas, flores entrelazadas en el cabello rubio y aquella expresión suya, viva, insolente, conmovedora.

Estaba preciosa.

No bonita, no arreglada, no agradable a la vista. Preciosa.

Emma levantó las cejas al verlo. Luego hizo una mueca ridícula, apenas perceptible, como si intentara hacerlo reír. Charles no pudo. La miró con la boca entreabierta y el corazón suspendido en algún punto incómodo de la garganta.

Cuando ella llegó a su lado, le ofreció una sonrisa más pequeña.

—Cierra la boca —susurró—. Pareces un pez aristócrata.

Charles parpadeó.

La risa quiso salirle, pero se le quedó atrapada en el pecho.

—Te ves...

—¿Torpe? ¿Blanca? ¿Como una muñeca a punto de ser vendida a una familia respetable?

—Hermosa.

Emma dejó de sonreír un segundo. Solo uno. Suficiente para que sus mejillas se tiñeran de un rosa tenue.

—Ah. Bueno. Eso también sirve.

La ceremonia comenzó.

El capellán habló de unión, de fidelidad, de promesas ante Dios y ante la ley.

Charles oyó la mitad. La otra mitad de su atención estaba ocupada en la mano de Emma, tan cerca de la suya, y en la forma en que ella respiraba con una mezcla extraña de nervio y diversión.

Cuando llegó el momento de los votos, Emma los pronunció con voz clara.

No tembló. No vaciló. Solo le apretó los dedos un poco más fuertes cuando prometió aquello que ambos habían fingido entender.

A mitad de la ceremonia, se inclinó apenas hacia él.

—Charles.

—¿Qué?

—A que es divertido.

Él la miró de reojo.

—¿Qué cosa?

—Nos estamos casando —susurró, y una risa mínima le vibró en los labios—. Nosotros. Tú y yo.

—Lo dices como si fuera una locura.

—¿No lo es?

—Tal vez.

—Si alguien se opone —dijo el capellán, elevando la voz—, que hable ahora o calle para siempre.

Los dos volvieron la atención al frente.

Katherine tosió de una manera sospechosa. Elizabeth le clavó el codo. Gertrudis murmuró algo sobre que ella sí tenía objeciones, pero nadie la escuchó salvo Mary, que se cubrió la sonrisa con los dedos.

Nadie habló.

—Lo que Dios ha unido hoy, no lo separe el hombre. Por la autoridad que me ha sido conferida, los declaro marido y mujer.

El capellán sonrió.

—Puede besar a la novia.

Emma giró hacia Charles y torció el labio con una mezcla de diversión y alarma.

—Esto no lo pensamos bien, ¿verdad?

Pero Charles sí lo había pensado. Lo pensó desde el instante en que la vio avanzar hacia él, desde que comprendió que Emma no era solo su amiga vestida de novia, sino la mujer que, en unas palabras dichas ante todos, acababa de quedar unida a su nombre.

La tomó con cuidado por la cintura.

El beso fue tierno. Más tierno de lo que él pretendía. Rozó sus labios primero con una prudencia casi reverente, luego abrió apenas la boca, lo suficiente para sentir la humedad cálida de ella, el sobresalto de su respiración y el leve temblor de sus dedos contra su manga.

No fue un beso largo. Tampoco fue inocente.

Cuando se separaron, Emma lo miró como si no supiera si reír, golpearlo o salir corriendo.

—Eso fue peligroso —murmuró.

—Lo sé.

Firmaron los papeles civiles poco después, bajo la mirada satisfecha de Genoveva y el comentario de Gertrudis sobre que la legalidad era menos entretenida que el pecado, pero mucho más difícil de deshacer. Luego comenzó la fiesta.