8
El esperado día de la boda amaneció envuelto en una claridad suave, casi indecisa, como si Irlanda misma dudara entre bendecirlos con sol o cubrirlos con una lluvia menuda, de esas que parecían nacer de las piedras antiguas y no del cielo.
Charles había despertado temprano o, para ser más exactos, no había dormido en absoluto.
Había pasado la noche entera en vela, tendido sobre la cama sin deshacer, con la mirada fija en el dosel y una mano abandonada sobre el pecho, escuchando cómo el castillo respiraba a su alrededor: el crujido de la madera, el murmullo lejano de los criados, el golpe ocasional del viento contra los ventanales y, más allá de los muros, el rumor del mar mezclado con el olor húmedo de la turba.
No estaba de mal humor. No del todo. Charles conocía muy bien las noches sin sueño; no era la primera vez que el alba lo sorprendía con la ropa puesta y el alma enredada en lugares que no convenía nombrar.
Solo que, en aquella ocasión, la vigilia no había tenido nada que ver con mujeres, vino o apuestas.
Se casaba.
Él. Charles Donovan. El demonio pelirrojo. El último indomable de los Bermont, según las lenguas más aficionadas al veneno y al azúcar.
Se casaba con Emma.
La idea le resultaba tan absurda como inevitable.
No sentía pánico; eso podía jurarlo. Tampoco arrepentimiento, al menos no de una forma limpia, honesta.
Era otra cosa. Estupefacción, quizá. La clase de estupor que se tiene al mirar un puente después de haberlo cruzado sin recordar en qué momento se puso un pie sobre él.
Estaba a punto de unirse en matrimonio con su mejor amiga. Con la mujer que se reía de él cuando todos le temían, que le llamaba idiota sin pestañear, que conocía sus peores modales y aun así caminaba a su lado como si él no fuera una advertencia escrita con tinta roja.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Charles!
William entró sin esperar permiso, como si la habitación fuera suya o como si el vínculo de sangre le otorgara derecho divino sobre cada puerta de la casa. Charles giró apenas la cabeza.
—¿Qué haces aquí?
—Nada, en realidad —respondió William, acercándose al tocador con esa naturalidad insufrible de quien se siente demasiado cómodo en terreno ajeno—. Vine a cerciorarme de que no escaparas.
Charles soltó una risa breve y cansada.
—No sabía que te importara.
—Y no me importa.
—Ah. Alice.
William se encogió de hombros, tomando entre los dedos el reloj de bolsillo que descansaba sobre la mesa. Lo abrió, lo cerró, volvió a abrirlo. Charles tuvo el impulso de arrebatárselo, pero se contuvo.
—Digamos que mi esposa no me dejó escapatoria.
—¿Amenazó con negarte el lecho?
William levantó la vista, ofendido solo por cortesía.
—¿Qué otro castigo podría moverme a mí?
—En ese caso, te absuelvo. Puedes regresar a tranquilizar a tu mujercita: no pienso huir.
—Nadie está tranquilo cuando se trata de ti.
—Eso, primito, es porque todos tienen una imaginación limitada.
William dejó el reloj sobre la mesa con más cuidado del necesario y se sentó. No bromeaba ya. Aquello, por desgracia, Charles lo notó.
—Dime la verdad.
—¿Sobre qué?
—Sobre por qué te casas.
—Para tener esposa, hijos, una casa respetable y todos esos horrores que la gente insiste en llamar felicidad.
—No te hagas el imbécil conmigo. ¿Por qué Emma?
Charles sonrió sin ganas.
—Podría preguntarte lo mismo. ¿Por qué Alice?
—Porque la amo.
La respuesta cayó entre los dos con una sencillez brutal. Charles apartó la mirada hacia la ventana, donde el cielo irlandés comenzaba a abrirse en franjas de plata.
—Qué respuesta tan vulgarmente honesta.
—Y tú sigues sin darme la tuya.
—Emma es mi mejor amiga.
—Eso ya lo sabemos todos.
—Entonces no necesitas más.
William lo observó durante un momento, con esa rara gravedad que lo hacía parecer mayor que todos ellos.
—Algo ocultas.
—Todos ocultamos algo. Tú ocultas que eres más sensato cuando Alice no está cerca para aplaudirte las estupideces.
—No me hagas desviarme, Charles. Si Emma sabe todo, bien. Si no lo sabe, sufrirá.
El silencio se tensó. Charles se puso de pie con una lentitud peligrosa.
—No intentes parecer inteligente conmigo. Sé lo que hago.
William también se levantó. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir volvió el rostro.
—Eso espero. Solo procura no perderlo todo por confiar demasiado en tu propia inconsciencia.
La puerta se cerró. Charles permaneció inmóvil unos segundos. Después dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó el aire por la nariz.
¿Lo sabía? ¿Sabía realmente lo que hacía?
Volvieron a llamar.
—¡Quién! —gritó, con más irritación de la que pretendía.
—Soy yo, Charles. Clare.
El nombre lo obligó a erguirse.
Abrió la puerta y encontró a su cuñada al otro lado, vestida con una bata sencilla de tono rosado y el cabello castaño suelto sobre los hombros. La curva de su vientre, ya visible, suavizaba aún más su figura.
—Espero que ese no sea tu vestido para la boda —dijo él—. Sería demasiado humilde incluso para tus tendencias de santa resignada.
Clare sonrió sin ofenderse.
—Es lo que llevo en los preparativos. Emma se está cambiando.
—Entiendo. ¿Qué ocurre?
—¿Podemos hablar?
Charles estuvo a punto de negarse. Clare lo adivinó antes de que él abriera la boca.
—Solo serán unos minutos.
Él suspiró.
—Bien. ¿Pasas o prefieres que busquemos otro lugar donde fingir que esta conversación no me desagrada?
—Pasaré, si no te molesta. La casa está llena.
Charles se apartó. Ni en sus peores noches habría imaginado tener a Clare en su habitación el día de su boda, sentada en una silla con aquella serenidad que parecía inventada para desesperarlo. Cerró la puerta y tomó asiento lejos de ella.
—Habla.
Clare juntó las manos sobre el regazo. Sus dedos eran pequeños, delicados, pero en ellos había una tensión que él no pasó por alto.
—Vengo a confesarte mis miedos.
—¿A mí? Qué poco criterio. Tienes un marido para cargar con semejantes desgracias.
—No son miedos por mí, Charles. Son por ti.
Él se rio, seco.
—Entonces no hay nada de qué hablar.
Se puso de pie.
—Te escuchas amargado.
—No lo estoy. Sé feliz, Clare; dicen que es una virtud muy apreciada en las esposas de alta sociedad.
Charles fue hacia la puerta y tomó la perilla, pero antes de salir, se detuvo, entonces ella dijo, en voz baja:
—Sé la verdad.
La mano de Charles se quedó inmóvil sobre el metal frío.
Dudó. No porque creyera en ella, sino porque su escepticismo siempre necesitaba comprobar por sí mismo la profundidad de cada abismo. Giró apenas la cabeza.
—Lo dudo.
—No busques herir a alguien solo porque no sabes qué hacer con tu propio dolor.
El rostro de Charles cambió. La diversión se borró de sus ojos.
—No sé de qué hablas.
—¿Seguro?
—Seguro. Ahora, haz el favor de salir de mi habitación.
Clare se puso de pie. No parecía temerle, y eso lo irritó más que cualquier reproche.
—No la lastimes, Charles. Te lo pido como favor.
Él entrecerró los ojos.
—No está en mis planes.
—A veces uno causa heridas con aquello que no planeó.
—Fuera.
Abrió la puerta y se encontró con Emma. Ella estaba al otro lado del umbral, con el cabello todavía medio recogido y una bata clara cubriéndola de cualquier manera.
Sus ojos verdes, enormes, se abrieron con una sorpresa tan limpia que Charles sintió que el corazón le golpeaba una vez, con violencia.
—Pero ¡qué tonta soy! —exclamó ella.
Clare salió casi corriendo, pálida.
—Emma, tranquila, lo que pasa es...
—¡El novio no puede ver a la novia antes de la boda! —Emma se llevó ambas manos a la cabeza—. ¡Trae mala suerte! ¡Dios santo, lo he arruinado todo!
Clare y Charles se miraron. Ambos soltaron el aire al mismo tiempo.
Emma, como siempre, había encontrado la única explicación sencilla en mitad de una situación peligrosa.
—No te preocupes —dijo Clare, recuperando la dulzura—. No llevas puesto el vestido de novia. La superstición solo cuenta cuando el novio ve el vestido.
Emma levantó la cabeza con esperanza.
—¿Solo con el vestido?
—Solo con el vestido.
—Ah. Qué alivio. Por un momento pensé que mi estupidez nos condenaría a un matrimonio triste y doloroso.
Clare dirigió a Charles una mirada que no era dulce en absoluto. Después volvió a sonreír a Emma.
—Lo que sí podría condenarte es venir al cuarto de tu prometido en semejante estado.
Emma miró su propia bata, el cordón mal anudado, la camisola visible bajo el encaje.
—¿Hay una maldición también para esto?
—Sí. Se llama: tu suegra te matará si te encuentra así.
—Cierto. Esa sí suena verídica.
Clare tomó a Emma de la mano y la alejó del umbral.
—Ven. Todavía no estás lista.
Emma se dejó arrastrar, pero antes de doblar por el pasillo volvió la cabeza hacia Charles. Su mirada fue fugaz, traviesa, casi infantil. No parecía haber oído nada. No parecía sospechar nada y, sin embargo, Charles no pudo quitarse del pecho la inquietud de que aquella suerte no duraría siempre.
El novio estuvo listo menos de media hora después.
Cuando bajó las escaleras, el castillo parecía haberse transformado durante la noche.
En los jardines, su madre, sus abuelas y sus primas habían dispuesto una escena que desafiaba toda sobriedad británica.
Irlanda, con sus prados húmedos, sus piedras cubiertas de musgo y su cielo cambiante, parecía hecha para bodas de cuento.
Por licencia especial, la ceremonia se celebraría junto a la antigua capilla familiar y la recepción se extendería bajo los árboles, entre mesas blancas, guirnaldas de flores silvestres, cintas de seda, velas protegidas en faroles de cristal y ramas de espino que perfumaban el aire con una dulzura verde.