Siempre fuiste tú 7 #3
26%

7 #3

—Vamos, Genoveva, quita tus manos huesudas de mi cara —gruñó Gertrudis, apartándola—. Quiero que lo haga esa muchacha rubia junto al diablo. Tiene cara bonita y manos blancas.

—¡Oh, Gertrudis! —protestó lady Donovan.

—¡Quiero a la niña rubia!

Genoveva apretó los labios y miró a Emma como si acabaran de arrojarla a una jaula con un animal exótico.

—Por favor, acércate.

Emma dirigió una mirada dramática de terror a Charles antes de avanzar hacia la anciana. Él la conocía demasiado bien: encontraba diversión hasta en la boca del lobo, siempre que el lobo tuviera buenos diálogos. Emma se sentó junto a Gertrudis y tomó una servilleta.

—Mis manos no serán tan agradables como cree, lady Donovan. Están llenas de ampollas y algo resecas.

—¡No le digas eso a la abuela, Emma! —la reprendió Genoveva—. ¡Pensará que eres una criada!

—A callar, cacatúa desquiciada —ordenó Gertrudis sin apartar los ojos de Emma.

Genoveva quedó muda.

La anciana abrió un poco más los ojos, estudiando a la joven con una fijeza inesperada.

—¿Quién eres?

—Emma, señora. Emma Sellers.

—Emma Sellers —repitió Gertrudis—. Tu vida no ha sido fácil.

Emma sostuvo la mirada.

—No, señora.

—Ya veo. Lo llevas en los ojos.

La anciana permaneció observándola durante un largo rato. Nadie se atrevió a interrumpirla. Incluso Charles, que solía burlarse de toda solemnidad, se quedó quieto.

—¡Bien! —exclamó Gertrudis de pronto, haciendo que Emma diera un respingo—. ¿Y qué haces aquí?

—Yo… bueno, me casaré con su nieto.

—Gregory ya está casado.

—Con el otro nieto, abuela —aclaró Genoveva.

—¿No le dije a mi cacatúa que callara?

Genoveva calló otra vez. Gertrudis volvió a Emma, y para sorpresa de todos, su voz se suavizó.

—¿Con Charles, pequeña?

—Sí, señora.

La anciana le dio varias palmaditas en el dorso de la mano, con una mezcla imposible de ternura y compasión.

—Ah. Mi más sentido pésame.

—¡Oye, abuela! —protestó Charles, aunque sonreía.

—¡Ah! ¡Pero si el demonio está aquí! —Gertrudis lo miró como si acabara de descubrirlo—. ¡Aléjate! ¡Jesucristo es mi señor!

Charles se acercó, negando con la cabeza, y se inclinó para besarle la mejilla arrugada.

—Me alegra verte de nuevo.

—No puedo decir lo mismo, demonio. Solo quieres llevarme al mal.

—¿Arrastrarte? —se burló él—. ¡Si de ahí vienes!

—¡Condenado demonio! —Gertrudis sacó un abanico y comenzó a golpearlo con sorprendente energía—. ¡Vete al infierno!

—Ya basta ustedes dos —dijo una voz masculina desde la puerta.

Francisco Donovan acababa de entrar.

Era un hombre alto, delgado pese a la edad, con el cuerpo de quien alguna vez había sido fuerte y aún conservaba la dignidad de la costumbre.

Llevaba un bigote poblado, una barba apenas crecida y unos ojos tan amables que deshacían, casi de inmediato, cualquier severidad de su porte.

Había en él algo de hogar, pensó Emma. Algo de fuego encendido en invierno. Algo que invitaba a acercarse.

—¡Este hijo mío! ¡Tu mujer y tú engendraron un demonio!

—Sí, madre, sí —respondió Francisco con la paciencia de quien había oído aquello mil veces.

—¡Lord Francisco! —Emma se puso de pie y corrió a saludarlo.

El hombre abrió los brazos con una sonrisa.

—Emita. ¿Esa hermosa mujer es mi Emita?

Emma rio y asintió, abrazándolo sin importarle si Genoveva fruncía el ceño o si la etiqueta se desplomaba muerta a sus pies. De todos los hombres que conocía, Francisco Donovan era el único al que, si se permitía soñar con un padre perfecto, habría elegido sin titubear.

—¿Emita? —preguntó Gertrudis—. ¿No era Emma?

—Es un diminutivo cariñoso, abuela —dijo Genoveva.

—Ya sé quién es —declaró Gertrudis—. Es una muchacha trabajadora e inteligente. ¿Por qué la dejas con la cacatúa y el diablo?

—Madre… —advirtió Francisco.

—Sí, sí, ya. No daré problemas.

—Lo dudo —dijo Charles.

—¿Y cuándo llega la cacatúa mayor? —preguntó Gertrudis.

—Supongo que te refieres a mí, Gertrudis.

Charles se volvió de inmediato. La abuela Violet estaba de pie en el umbral del salón, con su bastón en una mano y una expresión deliciosa de guerra contenida.

Ahora sí, pensó Charles, el desastre estaba completo.

Sus dos abuelas jamás se habían llevado bien, y no existía razón alguna para creer que una boda fuera a mejorar la situación.

—Ay de mí —se quejó Gertrudis—. Dos cacatúas.

—¡Ah, Gertrudis! —Violet sonrió—. Nunca cambias.

—Me temo que tú sí. Te ves más anciana que nunca.

Charles soltó una carcajada y fue a saludar a su padre mientras las abuelas y su madre comenzaban una discusión que prometía durar hasta la cena o hasta que alguien perdiera el conocimiento.

—Hijo —dijo Francisco, estrechándolo—, me alegra verte.

Charles asintió, pero su mirada volvió hacia el grupo de mujeres.

—Va a ser una boda interesante —observó Francisco.

—Sí —aceptó Emma—. Aunque, por lo menos, después de la ceremonia me las quitaré de encima a las tres.

Francisco y Charles rieron; Emma los miró con súbito espanto.

—Me irá peor, ¿verdad? —Ambos asintieron—. ¡No me dejen sola!

Charles le ofreció el brazo con una sonrisa de diablo satisfecho.

—Querida, comienza a acostumbrarte.

Y así terminó uno de sus últimos días verdaderamente pacíficos.