Siempre fuiste tú 7 #2
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—Entonces ya sabes que a ese hombre se le debe temer y dar de comer, en ese orden. —La mujer palmeó el brazo de Charles—. Me alegra que encontraras una mujer para ti. Y esta parece perfecta.

Charles rodeó la cintura de Emma y rozó con la nariz su mejilla, un gesto breve, íntimo, demasiado fácil.

—Sí —dijo, mirándola de reojo—. Hice una buena elección.

Emma sintió el roce como una chispa pequeña bajo la piel, pero no le dio el gusto de estremecerse.

—Bueno, niños, he de dejarlos —se despidió la mujer—. Felicidades.

—Gracias —respondieron ambos.

Cuando la señora Linplett se alejó, Emma se soltó del agarre de Charles y lo miró con diversión.

—Así que eras un pillo roba tartas, sin esperanza de casarte y con aura de coscorrón.

—Te faltan tres insultos y un sermón para parecerte a Linplett.

Emma rio.

—Vamos, debemos llevar mi manuscrito.

El encargo los llevó por calles más estrechas, cerca de una imprenta donde el olor de la tinta fresca se mezclaba con el metal de las prensas y el polvo de papel.

Emma entregó sus páginas con un cuidado casi reverente, como si no fueran simples hojas sino pedazos de sí misma.

Charles la observó hacerlo en silencio. Había algo extraño en verla allí, en aquel rincón de Belfast, moviéndose con la seguridad de quien pertenecía a su oficio, aunque no perteneciera aún a esa ciudad.

Después de cumplir con algunas entregas más, se detuvieron en un café.

Era un local pequeño, con ventanas empañadas, mesas de madera oscura y el murmullo constante de hombres que hablaban de comercio, política y barcos.

El aroma del té negro, la mantequilla derretida y los pastelillos tibios hizo que Emma suspirara.

Cuando ambos tuvieron una taza y un dulce frente a ellos, ella decidió poner sobre la mesa la pregunta que llevaba toda la mañana rondándole.

—¿Dónde viviremos?

Charles bajó la vista a su taza.

Sabía que aquel tema llegaría y, aun así, le molestó sentirlo entre los dos como una carta sellada con malas noticias.

—Aquí.

Emma no parpadeó.

—¿Te convencieron?

—Gregory sabe imponer su voluntad de muchas formas.

Ella se quedó callada un momento. Al otro lado de la ventana, un coche pasó salpicando el adoquinado.

—¿Te molesta?

—Me desquicia —admitió él—. Pero sabía que al final ocurriría. Soy de Irlanda, no importa cuánto haya querido fingir lo contrario.

—No sabía que detestabas tu origen.

—No lo detesto. Solo… me enfurece que esa sea la razón por la que debo quedarme.

—Si tanto te molesta, no tienes que hacerlo. Hay nobles que van y vienen todo el tiempo.

—No. Me volvería loco. Las tierras deben atenderse. La gente también. Lo dejé pasar demasiado tiempo.

Emma apoyó los dedos alrededor de la taza. El calor le subió a las manos, pero no al pecho.

—Entonces, si no hay remedio, será mejor que dejemos de quejarnos, ¿no crees?

Charles la miró. ¿Cómo podía decirlo así?

¿Cómo podía aceptar con aquella sencillez que él la arrancaría de Londres, de su madre, de sus hermanos, de María, de sus amigas y de todas las calles que conocía?

Viviría en Irlanda, bajo el ojo de Genoveva, rodeada de extraños y de un conflicto que ni siquiera comprendía del todo.

Y aun así, Emma hablaba como si el mundo fuera una habitación desordenada que bastara con acomodar.

—Sí —dijo él al fin—. Supongo que sí.

Ella asintió y bebió el resto de su té, ya tibio por la conversación.

—Creo que debemos regresar. Si no, tu madre me matará en serio.

—Dudo que llegue a tanto.

—Además —continuó Emma, ignorándolo—, hoy llega tu padre.

—Ah, sí. Mi padre.

—¿Qué? ¿Tampoco te agrada?

—No es que me desagrade todo el mundo —dijo, poniéndose en pie y ayudándola a levantarse—. Mi padre me agrada.

—Vale. Entonces vamos rápido.

Emma le tomó la mano y lo arrastró hacia el carruaje que los esperaba frente al café.

Charles dejó que ella subiera primero. Durante el trayecto, la tensión se les fue deshaciendo poco a poco, como si el movimiento de las ruedas tuviera el poder de devolverlos a la ligereza.

Volvieron a reír. Volvieron a molestarse.

Volvieron a ser ellos: dos mejores amigos empujados hacia un matrimonio que ninguno de los dos entendía del todo y que, sin embargo, parecía cada vez menos absurdo cuando estaban juntos.

Al llegar al castillo, Charles apenas había puesto un pie en el vestíbulo cuando una voz aguda, furiosa y perfectamente anciana atravesó la casa.

—¡He dicho que quiero té de hierbabuena, no de jazmín!

Charles se detuvo en seco.

—Ay, por todos los santos de este mundo.

Emma abrió los ojos.

—¿Qué pasa?

—Mi abuela.

—¿Tu abuela? ¿Violet?

—No.

—¡Estas galletas están frías! —rugió la misma voz.

Charles la miró con auténtico horror.

—La abuela Gertrudis. Madre de mi padre.

—¿Es mala?

Él bajó la voz.

—Solo el diablo pudo escupirla del infierno.

Emma sonrió, porque la frase resultaba deliciosa viniendo del hombre al que media Inglaterra llamaba demonio.

En ese momento algo golpeó la puerta del salón y se quebró en mil pedazos contra el suelo.

Emma dedujo que la taza con el té equivocado acababa de perder la guerra.

Charles abrió la puerta con cuidado. Ambos tuvieron que esquivar los restos de porcelana y el charco de infusión que se extendía por la alfombra como una pequeña tragedia doméstica.

—Abuela —saludó Charles—. Siempre tan enérgica.

—El demonio rojo —respondió la anciana con una inclinación majestuosa de cabeza.

Gertrudis Donovan no llevaba puesta la dentadura, aunque Emma sospechó que debía de tenerla cerca, quizás esperando el momento oportuno para morder a alguien con mayor eficacia.

Sus cabellos canosos estaban recogidos en un moño elegante, aunque algo torcido; vestía de negro, con telas finas y perlas alrededor del cuello, como si el luto y la autoridad fueran la misma cosa.

Sus facciones, gastadas por los años, conservaban una dureza casi aristocrática.

Y sus ojos azules, aunque entrecerrados, brillaban con una malicia intacta.

—Me alegra que me recuerdes —dijo Charles.

—Soy anciana, no idiota.

—¡Abuela! —exclamó Genoveva, acercándose para limpiarle una mancha de crema en el labio.