Siempre fuiste tú 7
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Charles avanzaba por los corredores del castillo Donovan con la mente tan hundida en sus propios pensamientos que apenas reparaba en el eco de sus pasos sobre la piedra pulida.

Afuera, Irlanda amanecía húmeda y verde, con esa luz indecisa que parecía filtrarse entre la niebla antes de atreverse a tocar los cristales.

Dentro, en cambio, la casa respiraba con una solemnidad antigua: madera encerada, chimeneas apagadas, retratos de hombres severos y mujeres que parecían juzgar incluso desde el óleo.

Por eso, cuando una mano se cerró de pronto sobre su brazo, Charles reaccionó por instinto. Se soltó con brusquedad y dio medio paso atrás, los músculos tensos, la mirada afilada.

—Lo siento, Clarissa —dijo al reconocer a una de las O’Donnell.

La joven no pareció ofenderse. Sonrió con esa tranquilidad pulida que las muchachas bien educadas sabían usar como velo, aunque sus ojos grises lo observaron con demasiado interés.

—No importa. Entiendo que tengas muchas cosas en qué pensar.

—Demasiadas.

—Sí… ¿la boda?

—No exactamente.

—¿Tu prometida?

—Emma está bien.

—¿Entonces?

Charles la miró con atención por primera vez.

Clarissa era hermosa; no había forma honesta de negarlo.

Tenía esa belleza oscura y ordenada de las muchachas irlandesas que habían crecido entre salones, caballos y una confianza heredada como si fuera apellido.

Habría sido una tentación para cualquier hombre con un poco menos de tedio y un poco más de imprudencia.

Pero no para él. No en aquella casa. No con Emma bajo el mismo techo. No con toda su familia convertida en un nido de ojos y lenguas.

—Trabajo —respondió al fin.

—¿En serio? —Clarissa ladeó el rostro—. Qué aburrido.

—Sí. Lo es.

Ella asintió, pero no se marchó. Se acomodó un rizo oscuro detrás de la oreja y bajó la voz, como si compartiera una confidencia.

—Tu padre llega hoy.

Charles suspiró y se pasó una mano por el cabello rojizo, aún algo revuelto por la mañana.

—Sí.

—Emma estará contenta. Parece que lo aprecia mucho.

—Y él a ella, por alguna razón.

—¿Es que tú no la aprecias?

Charles soltó una carcajada breve, más incrédula que divertida.

—Claro que la aprecio. Es mi mejor amiga y mi futura esposa.

—Entonces, ¿por qué dices eso de tu padre?

—Porque apenas la conoce.

—Bueno, tu madre la tiene bajo guillotina. ¿No influye eso en él?

—Creo que provoca justo lo contrario.

Clarissa rio con suavidad.

—¿Cuándo se casan?

—En dos semanas, si mi madre no decide cambiar de parecer.

—¿No te importa que ella disponga de ese modo?

—No.

—¿Y a Emma?

—Tampoco.

—Vaya. Es muy despreocupada.

—¿Eso crees?

Charles ya no le prestaba demasiada atención. Hacía varios minutos que aquella conversación se le había vuelto una hebra suelta, algo que deseaba cortar con los dientes.

—Bueno, sí —insistió la joven—. Si yo estuviera a punto de casarme contigo, contaría las horas.

Charles volvió a mirarla. Esta vez con una fijeza tan clara que Clarissa bajó apenas las pestañas, fingiendo inocencia.

—¡Charles! —gritó una voz desde la escalera.

El pelirrojo alzó la vista. Emma bajaba los peldaños de dos en dos, con el vestido levantado apenas lo suficiente para no tropezar, aunque tratándose de ella aquello jamás garantizaba nada.

El cabello rubio se le escapaba en mechones alrededor del rostro y los ojos verdes le brillaban con la clase de entusiasmo que siempre anunciaba desastre.

—¿A que no sabes lo que he visto? —dijo, llegando hasta él para plantarle un beso en la mejilla con absoluta naturalidad.

Charles lo aceptó sin pensarlo. Le rodeó la cintura con una mano y la sostuvo cerca, gesto tan antiguo entre ellos que ninguno se detuvo a medirlo. Emma olía a jabón, a papel recién usado y a aire de jardín.

—¿Qué viste?

—¡En los jardines traseros hay tiro con arco!

—¿Apenas te das cuenta?

—¡Sí! Enséñame.

—No.

Emma parpadeó.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Eres peligrosa sin arco. No pienso entregarte un arma con la que puedas matarme por accidente.

—¡Enséñame!

—No.

—Charles.

—Emma.

—No seas cobarde.

—No soy cobarde. Soy prudente. Hay una diferencia considerable.

Ella entrecerró los ojos con desafío, y él sonrió porque conocía aquella mirada: era la misma que había visto antes de que robara ciruelas en Bermont, antes de que se colara en una biblioteca cerrada y antes de que lo convenciera, de algún modo inexplicable, de casarse con ella.

Clarissa permanecía allí, olvidada a un lado del corredor, con una incomodidad cada vez más evidente. Los observaba como quien presencia una lengua extranjera: entendía palabras, pero no el vínculo.

—Clarissa, te estaba buscando, querida —intervino entonces lady Genoveva Donovan, apareciendo con la precisión de una institutriz y el ánimo de un verdugo. Su mirada cayó luego sobre Emma—. A ti también te he buscado por todas partes. La prueba del vestido será dentro de una hora.

Emma rodó los ojos y miró a Charles con súplica teatral. Se puso de puntillas, acercó los labios a su oído y susurró:

—Si no me salvas de esta, juro que te asesino durante la noche.

Charles contuvo una risa.

—No me importa. Es divertido.

Emma se apartó despacio, arqueando una ceja.

—Bien —dijo en voz alta. Luego volvió hacia Genoveva con una sonrisa luminosa—. Señora, ahora que lo recuerdo, tengo tantas cosas que contarle sobre Charles…

—Ah, ¿sí? —Genoveva alzó el rostro con renovado interés.

—¡No! —Charles tomó a Emma del brazo y la atrajo con tanta rapidez que ella chocó con su pecho—. Quiero decir… acabo de recordar que la necesito.

—¿La necesitas? —preguntó su madre.

—Para unas cosas.

—¿Cosas?

—Sí, cosas de la boda —improvisó él, lanzando a Emma una mirada amenazadora—. Debemos decidir si serviremos pollo o res asada.

Genoveva ni siquiera pestañeó.

—Serán ambos, querido. No te atormentes por pequeñeces.

—Bueno, aun así, hay otros asuntos que debo tratar con ella. Si nos disculpas, madre. Clarissa.

Se inclinó con rapidez, apenas lo suficiente para no ser acusado de mala educación, y arrastró a Emma hacia una salida lateral.

Ella se despidió agitando los dedos, con una sonrisa tan inocente que resultaba sospechosa.

Genoveva y Clarissa se quedaron en el corredor, mirando el espacio que la pareja había dejado tras de sí.

—Me irrita ver cómo sabe manejarlo —murmuró Genoveva.

Clarissa siguió observando la puerta.

—Me parece que sabe demasiadas cosas de él. ¿Será por eso por lo que se casan? ¿Estará obligado?

Genoveva negó despacio.

—No lo creo. Si esto está sucediendo, es porque Charles quiere que suceda. Lo que no entiendo es por qué. Puede tener a cualquier señorita de buen nombre, de buena cuna y de buenos modales. ¿Por qué precisamente Emma Sellers?

—Eso quisiera saber yo —dijo Larissa desde la escalera.

Había estado allí el tiempo suficiente para oírlo todo. Y, por la dureza de su boca, no le había gustado ni una sola palabra.

Charles y Emma decidieron desaparecer de la casa por unas horas.

El castillo, con sus preparativos, sus criadas corriendo, sus telas desplegadas y sus damas opinando sobre encajes, había empezado a parecer una jaula dorada.

Belfast, en cambio, ofrecía otro tipo de ruido: ruedas sobre adoquines húmedos, pregones de vendedores, campanas lejanas, olor a carbón, a pan caliente, a puerto y a lluvia reciente.

Emma caminaba tomada del brazo de Charles, fascinada por el movimiento de la ciudad.

Aquella Irlanda no era la de los cuentos de hadas que había imaginado desde Inglaterra.

Era más viva, más áspera, más orgullosa.

En cada esquina parecía convivir el esplendor de los escaparates con la fatiga de los obreros, el inglés de las tiendas elegantes con los acentos más duros de los muelles.

Había en el aire una tensión que ella aún no sabía nombrar del todo, pero que percibía como se percibe una tormenta antes de verla.

A Charles, en cambio, lo reconocían a cada pocos pasos.

—Parece que no te han visto en una eternidad —dijo Emma, después de que un tercer hombre se quitara el sombrero para saludarlo.

—Ojalá siguiera siendo así.

—¿Por qué te desagrada venir? —lo miró de soslayo—. Es hermoso.

—Sí. Para mí ha perdido el encanto.

—¿En serio?

—Sí.

—¡Pero si es el niño Donovan! —gritó de pronto una voz femenina.

Charles se detuvo. Frente a ellos, una mujer robusta, de cabello canoso y mejillas encendidas por el frío, se acercaba con una cesta colgada del brazo. Tenía arrugas profundas y unos ojos azules pequeños, vivaces, hechos para reconocer travesuras aun cuando hubieran pasado años.

—¿Señora Linplett?

—Ah, veo que te acuerdas de mí.

—Y de sus pasteles de manzana, por supuesto.

La mujer rio con una ternura que le ablandó todo el rostro.

—Este muchacho era un pillo. Fue de los encargados de robarme una tarta entera cuando apenas levantaba dos palmos del suelo.

Emma miró a Charles con una sonrisa encantada.

—Sigue siendo un pillo, señora Linplett. Lamento confirmarlo.

—¡Pero qué muchacha tan encantadora! ¿Quién es, Charles querido?

—Mi prometida, Emma Sellers.

—¡Te casas! —La señora Linplett juntó las manos con genuino júbilo—. ¡Te casas, muchacho!

—Sí, señora. A pesar de que usted afirmaba que jamás llegaría al altar.

—Porque tenías aura de coscorrón.

Emma soltó una carcajada.

—Temo que también en eso ha acertado.

—Cada vez me convenzo más de que es usted una vidente.

—¡Oh, querida! Claro que no. Solo he vivido lo suficiente para distinguir a un bribón cuando me pasa frente a los ojos. —La mujer volvió a mirar a Emma con afecto—. Pero tú eres preciosa, niña. Preciosa y con mirada de no dejarte comer viva. Eso me gusta.

—Gracias, señora.

—Dime, Charles, ¿sigue ese Rajá robando postres contigo?

—Digamos que ya no son postres lo que robamos.

—¡Válgame, par de muchachos! —La señora Linplett se santiguó sin perder la sonrisa—. Esos dos han sido inseparables desde que se conocieron. Como perros callejeros, pero con mejores botas.

—Tuve el placer de conocer al señor Balcobich —dijo Emma.