Siempre fuiste tú 6 #4
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—¡Dios! —Elizabeth se llevó una mano al pecho—. ¿Es en serio?

Emma asintió con prudencia.

—¿Por qué se llaman parecido? —preguntó Marinett, limpiándose una lágrima—. ¿Sus padres temían olvidar los nombres?

Las mujeres volvieron a reír. Los maridos intentaron mantener la compostura, aunque a varios se les escapó una sonrisa. James, por supuesto, no lo intentó siquiera.

—Contrólense —pidió Annabella, la risa le temblaba en la voz.

—Como si se pudiera —dijo Katherine.

—Clare, haz algo —pidió Alice—. Eres la única seria.

Clare se puso de pie con una calma gentil.

—Tienen un humor fuerte, pero no muerden. Casi nunca.

—Son los primos de Gregory y Charles —añadió con suavidad.

—Sí —dijo Larissa—. Se nos había dicho.

Alice se levantó de inmediato.

—Disculpen, por favor. No les den importancia. A veces encuentran gracioso lo que no deberían.

Las Bermont tomaron aire al mismo tiempo, como si fueran niñas a punto de ser regañadas.

—Lo siento —dijo Elizabeth—. En realidad, empezó con sus nombres, pero luego divagamos y ya no pudimos parar.

—Qué ingenua yo —dijo Kathe—. Yo sí me reía de sus nombres.

—¡Kathe! —gritaron todos.

—¿Qué? ¡Ah! Lo siento. Sí, me reía de otra cosa.

Emma se pasó una mano por la frente. Y ella que se creía dueña de las situaciones incómodas.

—Bueno —dijo, moviendo las manos—, siéntense.

Cuando todos estuvieron acomodados, las preguntas comenzaron con la delicadeza habitual de aquella familia; es decir, con ninguna.

—¿Y qué hacen por aquí? —preguntó Marinett.

—Con delicadeza —pidió Alice.

—Vienen todos los años por esta temporada —explicó Clare.

—Qué conveniente —dijo Kathe—. Justo para la boda de Emma.

—Nos enteramos hace poco —respondió Larissa—. Pensamos que Charles había vuelto.

—Charles solo vuelve cuando no le queda otra —dijo William, tomando un panecillo que había sobrevivido milagrosamente—. Esta boda es, probablemente, la única razón.

—Pero aquí está su familia —dijo Clarissa.

Annabella negó con suavidad.

—Charles piensa que su familia está en Londres. Con nosotros.

Clare bajó un poco la mirada.

—Sus padres y su hermano… —insistió una de las hermanas.

—Charles es un alma libre —intervino Elizabeth—. Le gusta hacer las cosas a su manera. Como a Lord Hamilton.

Thomas fingió no escuchar y siguió con su café.

—¡Thomas sí está en casa! —lo defendió Annabella.

—Lo que queremos decir —aclaró William— es que Charles prefiere Inglaterra. Eso es todo.

Las O'Donnell guardaron silencio. Emma también.

Había demasiadas piezas que no encajaban. Charles evitando su casa. Charles incómodo con Clare. Charles discutiendo con Gregory. Sus primos hablando de Londres como si fuera su verdadero hogar y de Irlanda como si fuese una habitación cerrada con llave.

—Entonces… —dijo Larissa, con una sonrisa lenta—, ¿no vivirá aquí cuando se case?

—Sí —respondió una voz detrás de ellos—. Vivirá aquí.

Todos se volvieron. Gregory y Charles se acercaban por el sendero de grava.

No era necesario escuchar lo que habían discutido.

Lo llevaban en el cuerpo. Gregory caminaba con la mandíbula apretada, los hombros rígidos, las manos cerradas con demasiada fuerza.

Charles, a su lado, tenía esa calma peligrosa que usaba cuando estaba a punto de decir algo imperdonable.

Entre ambos se extendía una hostilidad vieja, espesa, casi visible.

—Buenos días, Emma —saludó Gregory al llegar.

—Buenos días —respondió ella en una voz más pequeña de lo habitual.

Charles se sentó a su lado sin mirar a nadie. Ni siquiera pareció notar las tres miradas grises que cayeron sobre él con avidez. Estaba furioso. Emma lo advirtió de inmediato. También lo advirtieron los demás.

Las O'Donnell guardaron una quietud prudente. Parecían conocer aquel aspecto de Charles: el hombre de ojos fríos y lengua afilada al que convenía dejar respirar hasta que volviera a sonreír.

Emma no hizo eso.

Se inclinó hacia él.

La sorpresa colectiva fue casi audible. Todos esperaron que Charles estallara, que la cortara con una frase cruel, que la apartara de su mal humor como apartaba a cualquiera que se acercara demasiado.

Emma le susurró al oído:

—Si vas a matar a tu hermano, hazlo antes del té. Después se enfrían los bollos.

Durante un segundo no ocurrió nada, luego Charles soltó una carcajada.

Fue una risa verdadera, grave, abierta, tan inesperada que el jardín entero pareció respirar.

La tensión se quebró como una rama seca.

Charles volvió la cabeza hacia ella, y en sus ojos aún había rabia, sí, pero también algo más tibio, algo que no le concedía a nadie con tanta facilidad.

Se inclinó hasta su oído.

—Eres la locura hecha persona, Emma Sellers.

—Y tú un drama con botas.

Charles sonrió.

Las O'Donnell se quedaron inmóviles.

Gregory observó a su hermano con una expresión imposible de descifrar y los Bermont, que habían visto a Charles Donovan desde niño, comprendieron al mismo tiempo una cosa evidente y peligrosa:

Emma era la única capaz de acercarse al diablo sin salir herida.

O quizá, la única capaz de hacerlo reír antes de que él mismo recordar