6 #3
—Señora O'Donnell, en absoluto. Charles y yo hemos sido amigos desde la infancia. El compromiso fue casi una formalidad.
Los ojos grises se abrieron al unísono.
Emma comprendió tarde la posible interpretación de aquella frase.
—Quiero decir —añadió con rapidez— que no nos fue difícil decidirnos el uno por el otro.
—Ah —suspiró la mujer—. Qué tierno. Mi nombre es Rissa.
—Un placer nuevamente, señora.
—Y ellas son mis hijas: Larissa, Marissa y Clarissa.
Emma tuvo que hacer un esfuerzo heroico para no reír.
Larissa. Marissa. Clarissa. Rissa. ¿Podía llamarlas Rissa a todas y ahorrar energía? ¿O aquello era precisamente una trampa social diseñada para descubrir a las futuras condesas distraídas?
La mirada de Genoveva le atravesó el perfil.
No te atrevas.
Emma juntó las manos sobre la falda.
—Es un placer conocerlas.
Una de las hijas se puso de pie. Joven, bella, delicada y con una expresión de maldad tan pulida que casi resultaba admirable. Emma creyó recordar que era Larissa. O Marissa. La primera Rissa, quizá.
—Charles y yo también somos muy cercanos —dijo la joven, acercándose con lentitud.
Era evidente que la estaba enfrentando como mujer. Por desgracia, la mente distraída de Emma solo podía pensar: ¿Esta es Larissa o Marissa? Meneó la cabeza para volver a la conversación.
—Me alegra saber que Charles tiene personas cercanas aquí también.
—Muy cercanas.
—Ya veo —Emma se tocó la barbilla—. Y eso que él siempre decía que no había nada que lo atara a este lugar. Supongo que era palabrería sin fundamento.
La joven se ofendió. Lo ocultó casi de inmediato, pero Emma alcanzó a verlo.
—Mis hermanas y yo siempre hemos sido consideradas de la familia —dijo, mirando a Genoveva—. ¿Cierto?
—Sí, querida. Eso es verdad.
Emma asintió, sin comprender del todo hacia dónde se dirigía aquella conversación. La joven volvió a mirar a Genoveva con una insistencia sutil. Genoveva pareció recordar algo.
—¡Dios mío, casi lo olvido! Larissa y sus hermanas se quedarán en casa una temporada.
Larissa. Entonces sí era Larissa.
—Como es nuestra costumbre —añadió la joven con satisfacción.
—Espero que esa costumbre jamás se rompa —dijo Emma, con tanta dulzura que la burla quedó apenas perfumada.
Larissa frunció los labios.
No parecía entender que Emma no estuviera celosa.
O quizá sí lo estaba, pero de un modo demasiado extraño incluso para sí misma.
No le agradaba la familiaridad de aquellas mujeres con Charles.
No le agradaba que conocieran rincones de Irlanda que ella no.
No le agradaba que hablaran como si lo hubieran visto crecer en una vida a la que Emma jamás había pertenecido.
Pero no pensaba darles el gusto de verlo.
—Bueno —dijo, alisándose la falda—, se ven ocupadas y con cosas importantes que compartir. Sería un estorbo si me quedara.
—¿Irá a encontrarse con Charles? —preguntó otra de las Rissa—. ¿Puedo acompañarla?
Emma parpadeó. La fascinación de aquella joven por su prometido era casi enternecedora, si no fuera tan irritante. ¿Competían entre hermanas? ¿Era Charles una tradición familiar? ¿Un trofeo? ¿Una enfermedad hereditaria?
—No, querida. Acabo de separarme de él hace una hora. No sé dónde se encuentra.
—Entonces, ¿adónde va? —preguntó la tercera.
—A buscar a Lord Francisco. No lo he visto desde que llegué.
—Mi marido no está —intervino Genoveva—. Tuvo que salir por asuntos de la finca. Volverá mañana.
—Bien —suspiró Emma—. Entonces, ¿dónde están los demás?
—¿Quiénes más han venido, Genoveva? —preguntó Rissa, la madre.
—Casi todos mis sobrinos, con sus maridos.
—¿Sin niños?
—El viaje era pesado para varios de ellos y solo estarán unos días.
Genoveva miró a Emma.
—¿Por qué no llevas a las chicas contigo? Así podrán saludar a las primas de Charles.
Emma se inclinó de hombros.
—Vale. Vamos.
Las tres hermanas se pusieron de pie como si una misma cuerda invisible las hubiera levantado.
—Debo advertirles algo —dijo Emma al llegar al pasillo—. Es posible que me pierda. No conozco el castillo.
—Nosotras sí —respondió Marissa, con orgullo.
O quizá Clarissa.
—A la perfección.
—Entonces guíenme ustedes.
Avanzaron por corredores altos, tapizados con retratos de hombres severos y mujeres que parecían haber aprendido a no sonreír.
La casa olía a cera, madera vieja y flores cortadas.
Emma se distrajo mirando los techos, las lámparas, los arcos de piedra.
Las O'Donnell conversaban entre sí con voces bajas, casi musicales, pero Emma apenas las escuchaba.
Al fin salieron por unas puertas de cristal hacia los jardines.
Allí todo estaba ordenado con una disciplina casi militar.
Las rosas a un lado; los tulipanes al otro; las camelias, las margaritas, los lirios.
Nada se mezclaba. Ninguna flor invadía el territorio de otra.
Emma pensó que aquel jardín era muy propio de Genoveva: hermoso, impecable y completamente dispuesto a declarar la guerra a cualquier cosa que creciera fuera de lugar.
Antes de oler las orquídeas, oyó a los Bermont.
Sus voces llegaban desde varios metros de distancia, vivas, altas, escandalosas. Una risa estalló. Luego otra. Luego una acusación que sonó como amenaza y broma al mismo tiempo.
—¿Qué son? —susurró una de las O'Donnell—. ¿Campesinas?
Emma negó con seriedad.
—Peor. Familia.
En el centro del jardín de orquídeas había una mesa dispuesta con té, pasteles y suficiente porcelana para que una tragedia fuese costosa.
Sentados alrededor estaban los Pemberton, los Wellington, los Seymour, los Charpentier y los Hamilton.
Clare ocupaba una silla con dos lugares vacíos a cada lado, evidente señal de que Gregory y Charles no se encontraban presentes.
—¡Emma! —gritó Katherine, levantando una mano como si no la viera ya todo el jardín—. ¡Ven a calmar a tu hombre!
Las hermanas O'Donnell abrieron los ojos ante la frase.
—No es mi hombre —respondió Emma mientras se acercaba.
Los caballeros se pusieron de pie con educación al ver llegar a las damas. Se inclinaron, saludaron y volvieron a sentarse. El gesto habría sido impecable si las mujeres de la familia no siguieran observando a las recién llegadas con una curiosidad nada disimulada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Emma.
—Charles ha comenzado a molestar —dijo Elizabeth.
—Como siempre —añadió Marinett.
Katherine miró detrás de Emma, inclinándose un poco.
—Oye —susurró—, creo que se te pegaron tres moscas.
—¡Katherine, por Dios! —la reprendió Annabella.
—Nada nuevo en mi querida hermana —dijo William.
—William, no empieces —pidió Alice, tocándole apenas la mano.
—Por favor, que empiece —dijo James—. Necesito que alguien diga algo antes de que Elizabeth me haga sacar el jugo por la nariz.
—A ti todo se te sale por la nariz —dijo Thomas—. Dudo que el cerebro siga en su sitio.
—Qué gracioso, Lord Desapariciones.
—Ustedes dos —intervino Robert con voz cansada—, apenas puedo creer que tengan hijos.
—Adam —dijo Katherine—, Robert se ha molestado. Ve a hablarle de algún libro.
—Dudo que funcione —respondió el duque.
—¡Chicos! —exclamó Emma—. Las harán querer correr.
Todos miraron entonces a las tres jóvenes, que permanecían firmes, rígidas y profundamente ofendidas.
—Ellas son Larissa, Clarissa y Marissa O'Donnell —anunció Emma.
Conocía a los Bermont. Creía conocerlos. Aun así, no estuvo preparada para la carcajada colectiva que estalló alrededor de la mesa.