6 #2
Emma apretó los botones del vestido con torpeza, era ridículo que le importara, era Charles.
Charles, que había pasado media vida entrando y saliendo de camas ajenas con la sonrisa intacta y la reputación hecha jirones.
Charles, que no tenía derecho a medirla con una vara que jamás se había impuesto a sí mismo.
Y, sin embargo, le importó.
—¿Sabes? —dijo ella, con una calma tan dulce que era casi venenosa—, nunca imaginé que un esposo no se molestaría porque su mujer no fuera casta.
Charles se volvió apenas.
—Tenías derecho a vivir, Emma. Ya no eres una niña.
Idiota. Sí. Esa era una palabra útil. Una palabra necesaria.
Una palabra preciosa. Idiota. Emma sonrió mientras terminaba de abotonarse.
Que pensara lo que quisiera, que creyera que ella había sido de otro, que se convenciera de su amplitud de espíritu, de su tolerancia moderna, de su generosidad masculina.
Ya tendría tiempo de descubrir la verdad y cuando lo hiciera, cuando comprendiera que la había juzgado sin preguntar, lo haría disculparse.
Mil veces. Quizá dos mil, si la noche de bodas le daba la razón.
—¿Vamos? —preguntó Charles.
—Mi caballo está del otro lado —dijo ella, señalando hacia una zona imprecisa del bosque—. Adelántate.
—Si llego sin ti y Miles me ve, se desmayará en los establos.
—Entonces espérame aquí.
Emma giró con toda la dignidad que pudo reunir. Por desgracia, el vestido estaba mal abrochado y la parte posterior le quedaba demasiado larga. La pisó al primer paso y cayó de bruces sobre la hierba mojada.
Charles cerró los ojos, luego la oyó reír.
No una risa coqueta ni medida. No. Emma reía como una criatura salvaje, con la mejilla manchada de lodo, el cabello goteándole sobre la frente y el orgullo completamente ileso.
—Me alegra que ya encuentres divertida tu torpeza —dijo él, inclinándose sobre ella.
Emma lo miró desde el suelo.
—¿Qué más me quedaba?
Le tendió la mano. Ella la tomó y se dejó levantar. Al ponerse de pie, descubrió el estado de su vestido: barro en el bajo, hierba pegada a la falda, agua en las mangas, dignidad en ruinas.
—Genial —murmuró—. Excelente entrada para ver a tu madre.
—Le dará un soponcio.
—Prometo pagar al médico.
Charles rio con franqueza. Aquella risa le suavizó el rostro y por un segundo Emma olvidó que estaba enfadada con él. Solo por un segundo. Luego corrió hacia el lugar donde, según su atolondrada memoria, había dejado el caballo.
Charles la siguió con la mirada. No le sorprendería verla regresar diciendo que, en realidad, el animal había decidido emanciparse o que el bosque lo había llamado también.
Para su sorpresa, unos minutos después Emma apareció montada en una yegua castaña, de cuello fino y porte insolente.
La combinación resultaba absurda: la yegua parecía salida de una estampa aristocrática; Emma, en cambio, parecía haber sobrevivido a una guerra menor contra la naturaleza.
—Monta —ordenó ella—. No pienso llegar tarde por ti.
Charles alzó las cejas.
—¡Emma!
—¿Qué?
—Es hacia el otro lado.
Ella miró a la derecha. Luego a la izquierda. Finalmente se encogió de hombros y giró la yegua hacia donde él indicaba.
—Lo sabía.
—Por supuesto.
—Estaba probando tu sentido de orientación.
—Qué mujer tan considerada.
Llegaron al castillo después de perderse dos veces.
Charles comprendió, con una claridad dolorosa, la preocupación de Miles.
Emma no tenía el menor respeto por los caminos.
Se distraía con el vuelo de una abeja, con la forma de una nube, con el ruido de una rama.
No veía los charcos hasta que la yegua ya había hundido las patas en ellos; no esquivaba el lodo; no parecía comprender que un arbusto espinoso no era una invitación a atravesarlo.
—Recuérdame no dejar que montes —dijo al ayudarla a bajar.
—Jamás pienso recordarte semejante tontería.
—¡Dios santo!
La voz cayó detrás de Emma como una campana fúnebre.
Ella abrió los ojos de par en par, con una expresión de horror tan teatral que Charles tuvo que morderse la mejilla para no reír.
—¿Es tarde para correr? —susurró.
—Está detrás de ti.
—Rayos.
Genoveva Donovan se hallaba en la entrada de los establos, impecable como una sentencia. Vestía de verde oscuro, con el cabello recogido y la espalda tan recta que habría avergonzado a una vara de medir. Sus ojos bajaron despacio desde el cabello empapado de Emma hasta el barro de sus botas.
—Querida Emma —dijo con una dulzura que no engañaba a nadie—, ¿me explicarías tu… atuendo?
Emma se volvió con ligereza.
Ni siquiera tuvo la decencia de parecer avergonzada.
—Sí, señora. Verá, lo que ocurrió fue…
Dudó solo un instante.
—Charles me empujó al lago.
Charles volvió la cara hacia ella.
—¿Perdón?
—Me empapé —continuó Emma— y al salir resbalé. De ahí el barro.
Genoveva entrecerró los ojos.
—Tu vestido no está mojado por completo.
—El aire hace milagros estos días.
Charles soltó una carcajada. Se acercó para tomar las riendas de ambos caballos y, al pasar junto a Emma, murmuró:
—Esto te pasa por mentirosa.
—Es peligroso salir sin compañía —dijo Genoveva—. Me lo ha dicho Miles.
—Traidor —susurró Emma.
—Imagina que algún hombre te hubiera seguido. ¡No sabemos lo que pudo haberte ocurrido!
—Nada que su hijo no piense que ya ocurrió —murmuró ella.
Genoveva alzó la barbilla.
—¿Qué has dicho?
Emma sonrió con una suavidad angelical.
—Que soy una irresponsable y no volverá a pasar.
Genoveva dejó salir el aire por la nariz.
—Por eso yo había pensado otra clase de mujer para Charles.
—¿A qué se refiere, señora?
—Eres demasiado parecida a él. Quizá peor.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo he aceptado como tal para ahorrarnos tiempo.
Charles tosió para ocultar otra risa.
Genoveva lo ignoró.
—No digo que seas mala, y no te odio, si eso es lo que crees. Pero no comprendo esta elección. No eres su tipo.
Emma sintió que la frase la tocaba más de lo conveniente.
—Debo suponer que usted ha estudiado ese asunto con detenimiento —dijo—. A mí me ha sido difícil seguirle la huella.
Genoveva comprendió el doble sentido. Sus labios se tensaron, aunque eligió no morder el anzuelo.
—A Charles le agradan las mujeres tranquilas. Es natural. Por instinto busca aquello que calme su temperamento. Siempre lo han llamado las mujeres como Clare.
—¿Clare?
—La esposa de mi hijo mayor —añadió Genoveva, como si Emma no supiera quién era—. Dulce, dócil, discreta. Una lástima lo de los hijos, desde luego.
Emma levantó una ceja. Aquello sí no lo dejaría pasar, pero no era el momento. No con Charles a dos pasos, silencioso por primera vez.
—Bueno —dijo Genoveva, enderezándose—, lo hecho, hecho está. Las cosas han sucedido de esta forma.
—No estoy embarazada, Lady Genoveva. De eso puede estar segura.
—¡No hables con tanta ligereza!
—¿De qué sirve hablar con peso si igual no me cree?
—Tienes muchísimo que aprender.
—¿Para qué?
—Para ser condesa. La condesa de Longford.
Emma se cruzó de brazos.
—Sé comportarme en sociedad.
—No. Sabes sobrevivir en sociedad. No es lo mismo. Eres una chiquilla desalineada, con tendencia a la insolencia y una peligrosa inclinación hacia la locura. No permitiré que entres a esta familia sin comprender el peso del nombre Donovan.
—¿No soy digna ahora?
—Ni siquiera Clare lo fue al principio. Todas aprenden.
Emma sonrió, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos.
—Dios guarde mi paciencia. Espero tener suficiente.
—Lo mismo digo.
Emma inclinó apenas la cabeza y pasó de largo. Genoveva, sin embargo, la detuvo con la voz.
—Tenemos visitas. Unas amistades de la familia desean conocerte. Te ruego que subas, te cambies y bajes al salón.
—¿Tengo que hacerlo?
—Sí.
—Vale. Tranquila.
—Y no corras.
Emma ya había dado tres pasos apresurados.
—¡No estoy corriendo!
—¡Dios, esta niña!
Una hora después, Emma bajó las escaleras con el cuerpo limpio, el cabello domado contra su voluntad y un vestido que no recordaba haber empacado.
Era de un azul profundo, casi nocturno, con encaje blanco en el cuello y las mangas.
Sin duda, obra de Lady Genoveva o de alguna doncella que obedecía sus órdenes con resignación militar.
También la habían perfumado, peinado y retocado con tal diligencia que Emma sospechaba que, de resistirse, la habrían bajado al salón arrastrándola.
No lo hicieron, quizá por miedo a que rodara por las escaleras. Una posibilidad razonable.
Al llegar a la puerta del salón, alzó la mano para llamar, pero una voz al otro lado la hizo detenerse.
—Entonces la apruebas, Genoveva.
—Es una joven difícil —respondió la voz de su futura suegra—, pero hermosa. Y tiene modales cuando desea usarlos.
Emma se quedó quieta.
¿Eso había sido una defensa?
Una defensa torcida, fría, envuelta en espinas; pero defensa al fin.
Tocó la puerta y entró con la espalda recta.
Genoveva se volvió con una rapidez perfecta. En su rostro apareció una sonrisa impecable, de esas que podían servir para recibir duques o disimular asesinatos.
—Oh. Ella es Emma Sellers, la prometida de mi hijo menor, Charles.
A Emma no se le escapó el intento de cubrir la conversación anterior. Tomó nota en silencio: su suegra mentía de maravilla. Si no la hubiese oído, habría jurado que apenas acababan de mencionarla.
En el salón había cuatro mujeres sentadas alrededor de la mesa de té.
Todas llevaban el cabello oscuro, brillante como ala de cuervo, los ojos grises como cielo antes de tormenta y una belleza tan parecida entre sí que parecía cuidadosamente ensayada.
Incluso la madre, que debía de superar por varios años a sus hijas, conservaba la misma elegancia fría, el mismo perfil delicado, la misma manera de mirar como si cada persona fuese un objeto que podía comprarse, romperse o guardar.
—Un placer —dijo Emma.
—Querida —anunció Genoveva—, ellas son las señoritas O'Donnell y su madre.
Una de las mujeres mayores se inclinó apenas hacia delante.
—Así que usted es la afortunada que se casará con Charles Donovan. Eso debió de ser arduo.
Emma sonrió.