6
Charles llevaba más de tres horas despierto.
Había salido a cabalgar antes de que el castillo terminara de desperezarse, cuando los criados todavía caminaban con pasos de sombra por los pasillos y la niebla irlandesa se aferraba a las piedras antiguas como una memoria imposible de arrancar.
Raj lo había acompañado sin hacer demasiadas preguntas; lo cual, en Raj, no significaba prudencia, sino amenaza.
Durante todo el recorrido, su amigo no había dejado de lanzarle aquellas miradas incriminatorias que a Charles le erizaban la nuca.
Cuando quería, aquel hombre podía ser lo más enfadoso de la tierra; y eso que Charles había crecido entre cinco primas capaces de convertir un desayuno en duelo, un paseo en motín y una sobremesa en declaración de guerra.
Regresó a los establos con el viento aún prendido en el cabello, las botas salpicadas de barro y el humor menos sereno.
—Mi señor Charles —dijo un mozo de cuadra apenas lo vio acercarse—. ¡La señorita Emma se ha ido!
Charles tiró de las riendas con brusquedad. Diarmid sacudió la cabeza, ofendido por aquella interrupción tan poco elegante.
—¿Cómo que se ha ido?
El muchacho, que no debía de tener más de dieciséis años, palideció.
—Me preguntó si había un sitio tranquilo para relajarse.
—¿Y qué le indicaste, Miles?
—Le juro, mi señor, que pensé que iría con usted.
Charles cerró los ojos un instante. Emma.
Por supuesto. La mujer era capaz de llegar a Irlanda una tarde, marearse como un marinero condenado, discutir con su futura suegra, perderse dentro de un castillo y, al amanecer siguiente, decidir que salir sola por tierras que no conocía era una idea perfectamente razonable.
—Tranquilo. Dime a dónde la enviaste.
—Al lago de Londonderry. Bueno… a la laguna junto al viejo camino de Londonderry. Le dije que era el lugar más hermoso de la propiedad.
—Y probablemente lo es.
—Pero ella no conoce el camino, mi señor. Además…
—Además, esto es Irlanda —terminó Charles por él.
Miles tragó saliva.
—Y Lady Donovan ha preguntado por ella.
Charles se pellizcó el puente de la nariz con el pulgar y el índice.
—Dime, por piedad, que cuando dices Lady Donovan te refieres a la esposa de mi hermano.
—No, mi señor.
—Me lo temía.
Sin esperar más, espoleó a Diarmid y salió de los establos.
El caballo avanzó con la seguridad de quien conocía aquellas tierras mejor que su propio dueño.
Atravesaron el camino húmedo, bordeado de muros bajos cubiertos de musgo, espinos blancos y brezos de un violeta apagado.
El aire olía a hierba recién pisada, a piedra mojada.
Irlanda tenía esa manera de parecer dormida cuando en realidad escuchaba: cada árbol, cada zanja y cada nube parecían guardar un secreto.
Charles conocía bien aquel sendero. Lo había recorrido de niño, antes de que Inglaterra se convirtiera en su refugio y antes de que el apellido Donovan comenzara a pesarle como una cadena.
Al otro lado del bosque se abría la laguna, clara y fría, rodeada por juncos y robles.
Durante años había sido su escondite: un lugar de carreras, juramentos ridículos y baños prohibidos con la pandilla de muchachos pobres que su madre se negaba a llamar sus amigos.
Hasta esa mañana, aquella laguna había sido territorio de niños y de recuerdos.
Hasta esa mañana. Antes de verla, la oyó.
Una voz de mujer subía entre los árboles con la frescura de un pájaro al amanecer.
Cantaba en voz baja, sin artificio, como si no supiera que el mundo podía escucharla.
Charles tiró de las riendas y Diarmid aminoró el paso.
No sabía que Emma cantara. Claro que había muchas cosas de Emma que él no sabía; ese descubrimiento llevaba días arañándole el orgullo.
Ató el caballo a una rama baja y avanzó entre los helechos.
Apartó una cortina de hojas y la vio. Emma estaba en el agua.
La laguna le llegaba a los hombros. Tenía el cabello mojado, pegado a la nuca y a las mejillas, más oscuro de lo habitual por el peso del agua.
Cantaba todavía, con los ojos cerrados y la cara vuelta hacia una franja de sol que atravesaba las nubes.
La superficie del lago temblaba a su alrededor con reflejos de plata.
A un lado, sobre una piedra, descansaban sus botas; más allá, una absurda pila de prendas cuidadosamente dobladas confirmaba lo que Charles ya sospechaba.
Se había deshecho de demasiada ropa.
Charles cerró la mandíbula. Aquella mujer no pensaba.
O, peor aún, pensaba y llegaba a conclusiones que ninguna persona sensata habría aceptado.
Si algo le gustaba, lo hacía. Si algo la llamaba, iba.
Si algo la tentaba, se lanzaba de cabeza.
Como cuando lo había besado, años atrás, con esa misma inconsciencia luminosa.
El recuerdo le cruzó el cuerpo con una nitidez peligrosa. Ella, inclinándose hacia él. Su boca. Su risa cortándose de golpe y él, perdiendo el juicio durante un segundo demasiado largo. Meneó la cabeza, como si pudiera sacudirse el pasado, y dio un paso más.
—Veo que eres aún más imprudente de lo que pensaba.
Emma soltó un grito tan agudo que Diarmid resopló desde los árboles y golpeó el suelo con una pata, indignado por la falta de compostura humana.
La joven se hundió hasta la barbilla; luego, al reconocerlo, emergió con una tranquilidad insultante.
—Ah. Eres tú, Charles.
—Que sea yo no debería complacerte.
—Me complace más que si fuera tu madre.
—Eso es discutible —dijo él, acercándose hasta la orilla—. Estoy casi seguro de que estás desnuda ahí dentro.
—Sí.
—Emma.
—¿Y qué?
Al encogerse de hombros, el agua resbaló por su piel y dejó al descubierto la curva blanca de un hombro. La luz se le prendió encima como seda líquida. Charles apartó la vista con violencia y maldijo en silencio. ¿Era idiota?
—Sabes que soy un hombre, ¿cierto?
—Sí —respondió ella, arqueando una ceja—. Hay demasiadas mujeres en Londres dispuestas a confirmarlo. ¿A qué viene la pregunta?
Charles soltó una risa breve, más áspera de lo que habría querido. Se sentó en la hierba, una pierna estirada y la otra flexionada, apoyando el codo sobre la rodilla. Fingió aburrimiento porque era más seguro que admitir cualquier otra cosa.
—A que podría aprovecharme de ti.
Emma rio con tanta fuerza que salpicó agua hacia él.
—No lo harías.
—¿Por qué no? Te ves bastante confiada.
Ella ladeó la cabeza. El gesto volvió a descubrirle el hombro y una línea delicada de clavícula. Charles apretó los dientes.
—Porque no me lo harías a mí —dijo Emma, y su voz perdió de pronto la broma—. Y quiero pensar que no se lo harías a nadie. No necesitas atacar a una mujer para tenerla a tu merced, Charles. Los hombres que hacen eso no son demonios: son cobardes.
El silencio cayó entre ambos con la suavidad de una hoja húmeda.
Charles la miró. Bajo la insolencia, Emma tenía esas certezas de acero que jamás anunciaba. Las decía como quien deja una taza sobre la mesa: sin temblar, sin pedir permiso.
—En todo caso —murmuró él—, ¿cómo terminaste metida ahí?
—Estaba escribiendo.
—Por supuesto.
—Y de pronto el lago me llamó.
—El lago te llamó.
—Soy escritora. Ya sabes que estamos un poco chifladas.
—Tú estás chiflada. No metas a los escritores en esto.
Emma soltó una risilla, más clara que el agua.
—¿Tú qué sabes? No lees.
Charles se recostó en la hierba y miró el cielo, donde las nubes corrían bajas y rápidas, como si Irlanda también tuviera prisa por llegar a alguna parte.
—Leo cuando me amenazan.
—Entonces lees bastante poco.
—Lo indispensable para seguir vivo.
Ella nadó hacia la orilla con movimientos pausados. Charles sintió el cambio en el agua sin verla. Maldito fuera todo.
—La pregunta interesante —dijo Emma— es: ¿qué haces tú aquí?
—Vine a contemplar a mi prometida nadando desnuda en la laguna.
—No, ya en serio.
—Miles estaba alterado porque saliste sola.
—¿Y eso qué?
Charles giró la cabeza hacia ella.
—Que es peligroso.
Emma miró alrededor: los árboles, los juncos, la colina suave que descendía hasta el agua.
—Parece tranquilo.
—Irlanda siempre parece tranquila antes de recordarte que no lo es.
—Hablas de política.
—Hablo de muchas cosas.
—Nacionalistas, terratenientes, campesinos… —enumeró con un gesto vago—. Londres lo llama cuestión irlandesa. Aquí, supongo, debe de sentirse menos como cuestión y más como herida.
Charles la observó con una sorpresa que se le escapó.
—Supuse que sabrías algo.
—Sé poco. Lo suficiente para no hacerme la sabia.
—Eso ya es más de lo que hacen muchos en el Parlamento.
Emma sonrió, complacida.
—Qué elogio tan deprimente.
—Sal de ahí —dijo él, incorporándose—. Tienes problemas.
—¿Contigo?
—Con mi madre.
La sonrisa de Emma desapareció de golpe.
—Entonces será mejor que no me encuentre.
—Mi madre podría olfatear una falta de decoro desde Cork.
—Qué talento tan inútil.
—Emma.
—Está bien, está bien. Saldré.
La joven comenzó a caminar hacia la orilla con una naturalidad que dejó a Charles helado.
—¡Emma!
—¿Qué?
—Por el amor de Dios, no salgas así.
—De todos modos, me verás cuando me tomes en la noche de boda.
Charles cerró los ojos con fuerza y volvió la cara hacia el bosque.
—Se llama pudor. A muchos hombres les gusta fingir que su futura esposa es una aparición celestial envuelta en inocencia.
Oyó el chapoteo del agua, el susurro de las telas, el pequeño bufido de Emma al intentar vestirse con prisa.
—¿Es algo que encuentras indispensable? —preguntó ella después de un momento—. La inocencia, digo.
Charles abrió los ojos, pero no la miró.
—No.
—No sería justo. Tú no lo eres.
—Nunca he pretendido serlo.
—Qué alivio.
Quiso impregnar la frase de sarcasmo, pero no lo logró del todo.
Había algo en la respuesta de Charles que la hirió de un modo inesperado.
Él no había preguntado. No había dudado.
Simplemente asumía que una mujer de su edad, que hablaba con libertad, que reía demasiado alto y no se desmayaba ante la palabra cuerpo, había entregado el suyo antes del matrimonio.