Siempre fuiste tú 5 #3
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Los ojos azules de su prometido cayeron de inmediato en ella. No fueron los únicos. Otro hombre, mucho más grande que Charles, tanto de estatura como de fuerza, se puso de pie desde una silla y miró por encima del hombro del pelirrojo.

Tenía la tez morena, la cabeza afeitada y reluciente bajo la luz del candil, una barba corta y cuidadosamente recortada, y la edad aproximada de Charles, quizá unos años más.

Vestía con prendas finas, aunque había en él algo imposible de pulir del todo: un aire de sal, puertos y violencia contenida. A todas luces, era un hombre de mar.

—Lo siento —dijo Emma, más por reflejo que por vergüenza.

El desconocido la observó de arriba abajo con una sonrisa lenta.

—Vaya, vaya, vaya. Mira qué nos trajo la marea.

—Déjala en paz, Raj —advirtió Charles—. La asustarás.

—Nunca me ha importado que me teman —respondió el hombre sin apartar la vista de ella—. ¿Quién eres, hermosura?

Emma se sonrojó y frunció el ceño al mismo tiempo.

—¿Cómo que hermosura?

—¿No lo eres?

—Emma Sellers. Emma, si prefiere, señor Raj.

El hombre soltó una carcajada al ver la mano que ella le tendía.

—¿Pretende usted que se la bese?

—Que la estreche, señor.

—Que la estreche —repitió él, divertido—. Un saludo de hombres.

—De personas, señor. No es exclusivo del sexo masculino.

Raj arqueó las cejas.

—Bueno. Otra liberal. Un placer, señora.

—Señorita... aún.

—Perdone usted, señorita.

—Perdonado.

Emma lo miró con abierta intriga y luego paseó a Charles.

—Y bien, ¿qué hacíais?

Raj miró a Charles con una sonrisa mofante. Charles, sin embargo, no apartaba la vista de Emma. Parecía evaluar algo en su rostro: la curiosidad, el orgullo, la valentía imprudente con que se había plantado ante un hombre como Rajá Balcobich sin retroceder un paso.

Como Charles no respondió, Raj lo hizo por él.

—Qué señorita tan entrometida. ¿Por qué deberíamos contestar?

—Bueno, no deben hacerlo... si es algo pecaminoso.

—Es pecaminoso, se lo aseguro.

—Entonces quiero saberlo.

—La alteraría.

—No soy impresionable. He visto mucho.

—Nada como esto.

Emma ladeó la cabeza.

—¿Vais a asesinar a alguien?

—No.

—Entonces puedo tolerarlo.

Raj volvió a reír y dejó caer una mano pesada sobre el hombro de Charles. Esta vez, el pelirrojo pareció salir de su ensimismamiento.

—Raj, Emma es mi prometida. La muchacha de la que te hablé.

Emma lo miró sorprendida. ¿Hablaba de ella? Por un instante, una calidez tonta y luminosa le subió al pecho. Pero el semblante de Rajá Balcobich cambió con tanta rapidez que la sensación se extinguió.

—Parece que recordó usted una muerte, señor Balcobich —dijo ella—. ¿Debo entender que se han expresado tan mal de mí?

Rajá parpadeó, recompuso el rostro y negó con firmeza.

—No, señorita. Solo un mal trago del pasado.

Emma los miró a ambos. Charles tenía la mandíbula tensa. Raj evitaba verla demasiado. Algo, sin duda, no encajaba.

Se inclinó de hombros con aparente despreocupación.

—¿Me lo van a contar?

—Emma —dijo Charles, y su voz sonó más seria de lo habitual—, te alcanzo en un momento en el jardín, ¿quieres?

Ella sonrió.

—Bien. Me voy. Ha sido una forma buena de deshacerse de mí.

Luego miró a Raj y le ofreció una sonrisa limpia, casi desafiante.

—Un placer, Rajá Balcobich. Espero verlo de nuevo.

—Casi vivo aquí.

—Entonces nos veremos en un rato.

El hombre asintió y esperó a que la dama saliera de su campo de visión. Cuando sus pasos se perdieron en el pasillo, el silencio que quedó en la habitación fue denso, desagradable.

Raj fue el primero en romperlo.

—Estás loco si crees que esa mujer será feliz con lo que te propones.

Charles miró hacia la puerta cerrada.

—No necesito que sea feliz. Solo que lo entienda.

—Amigo... —Raj le tomó el hombro, esta vez sin burla—. ¿Te he dicho ya que eres un imbécil?

—Últimamente me lo dices más.

—Porque te vuelves más imbécil cada día y he de recordártelo.

Charles se pasó una mano por el rostro. El cansancio, el viaje, la presencia de su madre, el regreso a Irlanda, Clare en la entrada, Emma tropezando y riendo como si el mundo no pudiera romperla... todo se le acumulaba en el pecho con una presión insoportable.

—Las cosas están hechas, Raj. No hay forma de dejarla plantada.

—Sería mejor que lo que le espera.

Charles lo miró de mala manera, pero una parte de él —una parte que detestaba— sabía que Raj tenía razón.

¿Emma llegaría a odiarlo al final de todo?

No. Se aferró a esa respuesta como a una cuerda durante una tormenta. No lo odiaría. Ella había aceptado. Ambos lo habían hecho. Era un acuerdo. Un matrimonio por conveniencia. Una ayuda mutua, lo habían llamado. Cada uno salía ganando de algún modo.

Pero mientras pensaba en la risa de Emma, en su manera de tender la mano a un desconocido como si el mundo debiera aprender a saludarla correctamente, en su forma de plantar cara a Genoveva sin bajar la barbilla, la certeza comenzó a resquebrajarse.

Porque Emma no sabía todo y lo que no sabía era, precisamente, lo que podía destruirla. Ella había firmado un pacto con el diablo y de un pacto así no había salida.