Siempre fuiste tú 5 #2
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Emma intentó no parecer impresionada. Fracasó de manera absoluta.

La edificación se alzaba entre colinas húmedas y árboles antiguos, con muros de piedra gris abrazados por hiedra oscura, torres que parecían haber aprendido a desafiar el cielo y ventanales donde el sol del atardecer se partía en destellos dorados.

A lo lejos, los prados descendían hacia un lago estrecho, y más allá, las montañas se desdibujaban bajo una bruma azulada que hacía pensar en cuentos viejos, en juramentos olvidados y en fantasmas que no necesitaban cadenas para hacerse sentir.

Decir que era hermoso era poco. Irlanda tenía un aire mágico, sí; pero no era una magia dulce. Era una belleza húmeda, salvaje, melancólica. Una belleza que parecía mirar de vuelta.

—¿Esta es tu casa? —preguntó Emma en voz baja.

Charles, recostado en su asiento, asomó apenas la cabeza y miró el exterior con desgano.

—No. Es la casa de Gregory.

Genoveva rio con gracia y golpeó quedamente la pierna de su hijo.

—Vamos, Charles. Tu propiedad también es hermosa.

—No dije lo contrario.

—Solo espero —continuó su madre, ignorándolo— que no se vea arruinada por la llegada de... bueno, otras clases sociales.

Emma rodó los ojos. Charles, por su parte, dejó de fingir aburrimiento. Su mirada se endureció.

—¡Oh! No lo digo por ti, querida —se apresuró Genoveva, como si la aclaración no empeorara nada—. Es solo que Charles siempre ha tenido cierta tendencia a las amistades poco convenientes.

—Sí, me consideraré parte de la afirmación —respondió Emma, sin apartar la vista del palacio que crecía ante ellos.

—Madre, por favor. Emma no ha venido a ser insultada.

—Ah, no. De hecho, a eso vine desde que dijiste que tu madre me invitaba —dijo Emma con una tranquilidad espléndida, tomándose el genio de Genoveva con la ligereza de quien mira ladrar a un perro desde el otro lado de una verja.

—¡Ves, hijo! Ni siquiera le molesta.

—A mí sí.

El carruaje se detuvo frente a la entrada principal, donde Gregory y Clare los esperaban junto a varios empleados de importancia. Emma sintió que algo se le aflojaba en el pecho al ver a Clare. Charles sintió algo también, aunque en él el alivio se mezcló con una tensión súbita, casi imperceptible.

—Miren qué tiernos. Nos han esperado —dijo Genoveva.

—O nos vieron llegar —replicó Charles.

—¡Ay, Charles! Siempre tan horrible.

—Madre, te aseguro que Gregory no lleva una hora en ese escalón.

Emma soltó una risa limpia que, por un instante, aligeró el ambiente.

La puerta del carruaje fue abierta por un mozo, que aguardó a que Charles descendiera y luego extendió una mano enguantada para ayudar a las damas.

Lástima que Emma no bajó como habría deseado.

Su exaltación al ver a Clare fue tal que puso el pie donde no debía y tropezó con el estribo.

—¡Dios santo! ¡Emma! —gritó Clare, corriendo hacia ella.

Para ese momento, la rubia ya era una carcajada en el suelo, aceptando la mano que su prometido le tendía.

—Siempre en el suelo —murmuró Charles, ayudándola a levantarse.

—Siempre tan preocupada —dijo Emma a Clare, y enseguida la envolvió en un abrazo.

Clare olía a lavanda, a lluvia reciente y a hogar. Sus cabellos castaños le rozaron la mejilla, y por un segundo Emma dejó de sentir el mareo, el cansancio y la amenaza de Genoveva. La estrechó con fuerza.

—Emma querida —intervino Lady Donovan, con una sonrisa demasiado fina—, intenta caminar con normalidad hasta la casa.

—Intentaría ir con las manos, señora —respondió Emma, aún abrazada a Clare—. Lástima que sea una terrible acróbata.

—Sabemos que eres terrible en muchas cosas.

Emma y Clare vieron cómo la mujer se dirigía a la casa con paso firme y se internaba en la mansión en menos de dos segundos.

—Eres afortunada de que no viva contigo —intentó animarla Clare, tomándola de los hombros.

—Conociéndola, quizá se mude.

Ambas rieron mientras los carruajes seguían llegando con el resto de la familia. Clare se acercó entonces a Charles y le dio un abrazo cálido.

—Me alegra que al fin te cases —le tocó la cabeza, como si aún pudiera verlo de niño—. Solo espero que no hagas sufrir a mi Emma.

Charles la miró con una intensidad extraña. Se apartó de sus brazos, pasó una mano por su cabellera roja y no contestó. La ignoró con una brusquedad demasiado medida y fue a saludar a su hermano.

Emma lo observó con atención, parecía nervioso.

—Bueno —dijo Clare en voz baja, casi para sí—, él siempre ha sido así conmigo.

—¿En serio? —Emma arqueó una ceja—. Nunca lo noté.

—Bueno, como sea —Clare recompuso la sonrisa—. Me alegra tenerte al fin en Irlanda. ¿A que es mona?

Emma volvió la vista hacia el paisaje. El viento movía los árboles con una lentitud solemne, y el cielo, cargado de nubes, parecía más bajo que en Inglaterra.

—Sí... es muy bonito.

—No te gusta.

—Londres es diferente —dijo Emma, mirando hacia arriba con ojos soñadores—. Solo eso. Me agrada aquí también.

—Tienes que admitir que, si alguna vez has de escribir un cuento, este es el mejor lugar para imaginarlo.

—Sí, porque de seguro me sale algún duendecillo por ahí, ¿cierto?

En ese momento, el resto de sus amigos llegó hasta ellas. Katherine encabezaba el grupo con quejas tan sonoras como era de esperarse.

—Me duele demasiado el trasero —dijo, sobándose dicha zona sin el menor pudor—. Durará entumecido mil años.

—Exagerada —la acusó Marinett, caminando detrás.

—A mí también me duelen los músculos y no me quejo.

—Nadie te preguntó, Annabella —le sacó la lengua Elizabeth.

—Tienes edad suficiente para verte patética haciendo eso, Lizzy —observó Marinett.

—Y tú tienes kilos suficientes como para no comer más, pero yo no digo nada, ¿o sí?

—Te mato.

Las chicas comenzaron a discutir con tanto entusiasmo que Emma y Clare agradecieron en silencio la presencia de sus maridos. Nadie más, salvo ellos, conseguiría calmarlas sin recurrir a una cuerda o plegaria.

Una vez instalados los invitados en sus respectivas habitaciones, todos concordaron, sin necesidad de palabras, en descansar antes de la cena.

El viaje, aunque no había sido excesivamente largo, había dejado en los cuerpos una fatiga húmeda y pegajosa; una mezcla de sal, frío y movimiento que pedía reposo.

En el caso de Emma, el reposo no tenía cabida.

Su día a día siempre había sido ajetreado, mucho más que un simple viaje.

Sí, era verdad que las Bermont hacían cosas extrañas para la nobleza: cocinaban, leían, llevaban cuentas, estudiaban, montaban y opinaban como si el mundo tuviera la gentileza de preguntarles.

Pero, en su mayoría, lo hacían por gusto.

Nunca les había faltado pan en la mesa. Jamás habían tenido que preguntarse cómo sostendrían el día siguiente, para ellos, incluso la rebeldía parecía un lujo.

Para Emma, las cosas habían sido distintas.

No vivían en la pobreza extrema, desde luego; su madre se habría ofendido hasta la médula con esa palabra.

Pero tampoco podían llamarse ricos. Habían aprendido a estirar el dinero, a remendar con gracia, a sonreír cuando faltaba, a trabajar sin que el mundo lo supiera.

Ella misma escribía a escondidas. No la avergonzaba en lo más mínimo; al contrario, había cierta dignidad feroz en ganarse el pan con palabras.

Pero su madre, de saberlo, la habría asesinado con una mirada antes de encerrarla bajo llave hasta el fin de los tiempos.

Caminaba por los pasillos de la mansión, dejando que sus dedos rozaran la madera oscura de los paneles.

Todo allí olía a cera, turba, piedra antigua y flores recién cortadas.

Las alfombras amortiguaban sus pasos, pero no apagaban del todo el murmullo lejano de la casa: voces de criados, puertas, vajilla, el golpe discreto de una ventana cerrada contra el viento.

Entonces vio una puerta abierta, la voz de Charles salía del interior.

No parecía estar solo, aunque Emma no imaginaba con quién podía encontrarse. Según ella, todos estaban descansando. Tocó un par de veces. Nadie contestó. Le dio poca importancia y entró.

La habitación de Charles era grande, limpia, espaciosa y verde.

Verde en las cortinas, en el tapizado de un sillón, en los reflejos oscuros del papel de pared.

Había libros apilados con desorden elegante, una copa a medio vaciar sobre una mesa auxiliar y un aroma masculino a jabón, cuero y humo frío.

Charles estaba junto al umbral de otra puerta dentro de la recámara. Emma no alcanzaba a ver mucho del interior, pero dedujo que sería algún despacho personal o una sala privada.

—¿Charles?