Siempre fuiste tú 5
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Emma se quejaba por quincuagésima vez desde que el barco había dejado atrás la costa inglesa.

Tenía una mano aferrada a la borda y la otra apretada contra el estómago, como si con aquel gesto pudiera impedir que el mar siguiera subiéndole por la garganta.

El viento húmedo le desordenaba los cabellos bajo el ala del sombrero, le llenaba la boca de sal y le pegaba la falda a los tobillos con una insistencia tan indecorosa como el vaivén de la cubierta.

Charles, a su lado, se reía con esa insolencia suya que habría merecido una bofetada de no haber estado ocupando una de sus manos en sostenerla por la cintura y la otra en frotarle la espalda con una ternura casi ofensiva.

—Este viaje no es apropiado —murmuró ella, pálida hasta los labios—. Ni siquiera estamos casados.

—Tranquila. Míralo como un viaje con los Bermont.

Emma volvió apenas el rostro para fulminarlo con los ojos.

—Sí, claro. Exceptuando el pequeño detalle de que llegaré para casarme contigo. ¡Yupi!

A sus espaldas, las primas Bermont rieron con descaro.

A diferencia de Emma, las cuatro —Giorgiana no había podido asistir— parecían complacidas con la travesía.

Más aún: se habían instalado como si aquella cubierta fuera un salón familiar, con mantas sobre las rodillas, tazas de té sujetas con paciencia aristocrática y, en el caso de Marinett, una magdalena que mordisqueaba con una serenidad insultante.

—Oh, vamos, Emma —dijo Annabella, procurando sonar dulce—. Tía Genoveva no es tan mala.

Emma giró la cabeza sobre el hombro. Tenía la piel verdosa y los ojos brillantes de puro cansancio.

—Es cierto —replicó—. Ser asesino serial es malo. Vuestra tía Genoveva es peor.

Thomas, que hasta entonces observaba la escena con una sonrisa apenas contenida, se inclinó hacia ella.

—A mí siempre me ha parecido una mujer encantadora.

Emma tragó saliva, respiró hondo y, aun en la agonía del mareo, encontró fuerzas para devolver el golpe.

—Claro. Porque tú te llevas de maravilla con Cristina.

James soltó una carcajada tan franca que la espuma del mar pareció responderle contra el casco.

—Justo en el blanco.

—Cállate, James —masculló Thomas—. No recuerdo cuántas veces has visto a Hugo en tu vida.

—Eso es culpa de Elizabeth —apuntó Marinett sin levantar demasiado la vista.

Elizabeth abrió la boca, indignada, y sus mejillas adquirieron un color precioso bajo el aire frío.

—¡Ah, claro! ¡Como si papá hubiese preferido que tú le propusieras matrimonio a James!

Las hermanas se miraron con fastidio, los labios fruncidos, dispuestas a convertir la cubierta en un pequeño campo de batalla.

—No importa de quién haya sido la culpa —intentó intervenir Robert con esa voz suya, grave y medida, que en otro ambiente habría impuesto silencio.

—Exacto —dijo Katherine, complacida—. ¡Ambas sois un fracaso!

Elizabeth y Marinett la miraron con el mismo deseo de arrojarla por la borda.

La familia de Katherine era, por desgracia para todas, la menos atacable.

Ella y su suegra se adoraban; con su madre mantenía una relación normal, afectuosa y cordial; su padre era dulce, generoso y casi irritantemente comprensivo. No había por dónde hundirla.

—Déjalas, Katherine —intervino Adam.

—¡No soy una niña! Sé cuándo puedo burlarme y cuándo no.

William dejó caer la cabeza contra el respaldo de su asiento.

—Ay, santo cielo.

—Yo creo que todo irá bien, Emma —Alice se acercó a su amiga, con esa suavidad que siempre parecía traer consigo un pequeño pedazo de paz—. Son los nervios. Además, estará Clare.

Charles reaccionó apenas escuchó aquel nombre. Fue un movimiento mínimo: un pestañeo más lento, una rigidez leve en la mandíbula, la mano que tenía sobre la espalda de Emma quedándose inmóvil un instante. Nadie, salvo quizá ella, lo habría notado.

—Todo será más fácil con ella a un lado —añadió Alice.

Emma quiso sonreírle, pero el barco decidió elevarse y caer de nuevo con crueldad. Volvió la cabeza hacia el mar y devolvió otro poco de su cena. Odiaba los barcos. Los odiaba con una devoción casi religiosa.

La travesía no fue larga. Irlanda no quedaba lejos de Inglaterra, al fin y al cabo, aunque Emma empezaba a comprender que la cercanía del mapa no siempre significaba cercanía del espíritu.

Dos islas bajo la misma Corona, unidas por comercio, familias y leyes; separadas, sin embargo, por agravios antiguos, por hambre heredada, por la tierra y por una pregunta que en ciertos salones se pronunciaba en voz baja y en otros se gritaba con furia: quién debía gobernar Irlanda.

Ella recordaba apenas lo suficiente para saber que el asunto era espinoso.

Había periódicos que hablaban de autonomía; hombres que discutían sobre Home Rule como si se tratara de una herejía o de una salvación; damas que fingían no entender política mientras repetían, durante el té, frases enteras de sus maridos.

Irlanda, pensó, no era solo prados verdes y cuentos de duendes. Era belleza, pero también herida.

—Ven, Emma. Baja de una vez.

La voz de Charles la devolvió al muelle.

Emma tenía una mano sobre la boca. Su semblante, entre verdoso y ceniciento, no era precisamente el de una novia radiante. Estaba cansada, hambrienta, mareada y atravesada por una irritabilidad que la volvía peligrosa. Mal día para ver a su futura suegra.

Lady Genoveva Donovan aguardaba junto al muelle con la paciencia de quien se sabe inevitable.

Desde la pasarela inclinada podía vérsela con absoluta claridad: erguida, elegante, enfundada en un vestido marrón oscuro con suaves toques mostaza, el cuello alto cerrándole la garganta como una declaración de guerra, el sombrero coronado por plumas discretas pero suficientes para recordar a todos que su discreción era una elección, no una limitación.

Sin duda se distinguía entre la gente. Una dama de alcurnia. Una mujer acostumbrada a mandar incluso cuando sonreía.

Emma dio media vuelta e intentó volver al barco.

—Ah, no. Ya no hay nada que puedas hacer —Charles la tomó de los hombros y la obligó, con una paciencia risueña, a descender.

—Prefiero vomitar mis intestinos.

—¿Qué no lo has hecho ya? —preguntó Elizabeth con dulzura, tomada del brazo de su marido.

Caminaron entre la muchedumbre del puerto.

Había olor a brea, pescado, sal vieja, carbón húmedo y lana mojada.

Los mozos gritaban órdenes; las ruedas de los carros chirriaban sobre la piedra; algún marinero, con la gorra torcida, escupió al suelo y se persignó al ver pasar a las damas.

Emma avanzó como una mártir arrastrada hacia el sacrificio.

Cuando alcanzaron a Lady Genoveva, la mujer abrió los brazos con una amplitud teatral.

—¡Mis queridos niños!

Su primera víctima fue Elizabeth.

—¡Tía Genoveva! —dijo la joven, aplastada contra el pecho de la mujer—. ¡Moriré si no me das aire!

—¡Oh, lo siento, querida! —La soltó con una risa breve—. ¿Cómo están tus hijos? Hola, Robert.

—Genoveva —saludó él con una inclinación de cabeza.

—Los niños están bien, tía. Se han quedado...

—¡Oh, Kathy! —exclamó Genoveva, dejando a Elizabeth con la palabra en la boca—. Pero qué hermosa estás. Y el duque, ¿cómo se encuentra usted?

—Bien, Lady Donovan. Mejor que nunca.

—¿Cuántos niños tenéis ya?

—Cuatro.

—¡Cuatro! Encantador. Le escribiré a mi hermana para expresarle mi fascinación por su buena fortuna.

Emma volvió el rostro hacia otro lado. Aquella era una mentira pulida como plata de comedor.

Seguro Genoveva se retorcía por dentro de no tener nietos propios.

O quizá no. Quizá se consolaba pensando que Emma estaba embarazada; aunque, conociéndola, también sería capaz de sospechar que llevaba en el vientre un bastardo que pretendía endosarle a su hijo.

Qué mujer tan encantadora. Una bendición envuelta en encaje.

Genoveva continuó abrazando a sus sobrinos y sobrinos políticos hasta llegar a Charles. A él lo retuvo más tiempo que a nadie, con una fuerza que a Emma le pareció posesiva.

—Mi adorado hijo —puntualizó—. Al fin te veo.

—Madre —respondió Charles, y sonrió con una cortesía que no le llegó a los ojos.

Luego miró a Emma, incitándola a saludar.

—Lady Donovan.

—Señorita Sellers.

Y eso fue todo. La máxima entrega de cariño que aquellas dos mujeres eran capaces de compartir sin recurrir a un arma blanca.

Al menos no se pusieron a gritar. Era un buen comienzo.

Lástima que no durase demasiado. Genoveva esperó hasta que todos estuvieron acomodados en los carruajes para preparar las municiones.

—Y dime, querida —comenzó, con la voz suave de quien afila una aguja—, ¿a qué se debe este matrimonio tan apresurado?

Emma, sentada frente a ella, apoyó las manos sobre el regazo. El traqueteo del coche le revolvía otra vez el estómago, pero no pensaba regalarle a aquella mujer la satisfacción de verla débil.

—Llevamos meses comprometidos, señora.

—Sí, sí, pero sigue siendo pronto.

—¿Usted cree?

La respuesta salió con una dulzura tan filosa que Charles cerró los ojos un segundo. La cosa comenzaba a calentarse.

—¿Cómo está padre? —intervino él, intentando desviar el curso.

No lo logró.

—Pésimo —respondió Genoveva, mirándolo—. No está del todo convencido con el matrimonio.

—¿En serio? —Emma sonrió—. Hace un mes recibí una carta suya expresando su completa gratitud por haber asentado al fin a su hijo. No sé qué habrá cambiado.

—Ah, mi querido Francisco —suspiró Genoveva—. Siempre intentando armonizar.

—Muy diferente a usted, ¿cierto, señora?

Ambas mujeres entrecerraron los ojos.

Charles abrió la boca con rapidez, casi por instinto de supervivencia.

—Miren. Qué bueno que hemos llegado. Lo digo antes de que se asesinen o algo parecido.

El castillo Donovan comenzó a perfilarse por la ventana del carruaje.