4 #2
—Nada nuevo, entonces.
Caminaron juntos por la acera. El barrio olía a caballos, piedra húmeda y humo de carbón; en alguna casa cercana se horneaba pan o bizcocho, y ese aroma tibio parecía burlarse de la frialdad perfumada del salón de lady Graham.
—De todas formas, hablan de nosotros —dijo Emma.
—Sí. Y hablando de nosotros... tengo algo que decirte.
Emma se detuvo en seco. Luego se llevó una mano al pecho y adoptó una expresión dramática, imitando de manera espantosa a Elizabeth.
—¡Oh! No me digáis, buen hombre, que vais a cancelar la boda. ¿Sabéis acaso que eso me destruiría?
Charles la miró sin parpadear.
—Qué graciosa eres. Ahora va en serio.
—Bien. En serio. Dime.
—La boda...
—¡Ves! ¡He atinado!
—Sí, claro, has descubierto mi pérfido plan de abandonarte frente a un comité de ancianas sedientas de sangre. ¿Me dejarás terminar?
Emma rodó los ojos y se cruzó de brazos.
—Adelante, milord. Ilumíname.
Charles respiró hondo. Por primera vez en la mañana, su expresión perdió parte de la burla.
—Mi madre quiere que la boda se celebre en Irlanda.
Emma no respondió de inmediato.
Siguió mirando al frente, como si la frase hubiese pasado junto a ella sin encontrar dónde clavarse. Luego giró despacio la cabeza.
—¿Qué?
—Que mi madre...
—¡No! —le puso una mano frente a la boca—. Espera. Espera un momento. ¡Ah! Debí preverlo. Tu madre. Naturalmente. Tu madre.
Charles se cruzó de brazos, dispuesto a dejar que el temporal descargara. Emma comenzó a caminar de un lado a otro sobre la acera, demasiado agitada para preocuparse por la suciedad.
—¡Si la conoceré yo! No dudes que piensa que estoy embarazada. O peor: que piensa que estoy embarazada y que el niño ni siquiera es tuyo. ¡Por supuesto! ¿Cómo no lo vi venir? Londres no era suficiente. Tenía que llevarme a Irlanda, ponerme bajo un techo suyo y vigilarme hasta que me salgan raíces.
—Hablas de ella como si fuera una bruja —dijo Charles, incapaz de ocultar la sonrisa.
—Las brujas son mujeres incomprendidas con hierbas en los bolsillos. Tu madre es otra cosa.
—Eso tiene sentido. Si yo soy el diablo, ella tendría que ser Satanás.
—No es juego, Charles.
El cambio en su voz fue leve, pero suficiente para borrar la risa de él. Emma miró hacia el suelo. La punta de su botín rozó una piedrecilla. La empujó una vez, luego otra, como si necesitara pelear con algo pequeño para no hacerlo con algo más grande.
—Mi familia no podrá asistir —dijo al fin—.
El viaje es caro. Mi madre no aceptará que se lo paguen.
Mis hermanos jamás han salido tan lejos.
María... —calló, tragó saliva y siguió—.
María no soportaría un trayecto largo sin cuidados.
Y a tu madre no le importará. Es rica. Los ricos suelen creer que los problemas se disuelven cuando uno abre una bolsa de monedas.
Charles la observó con una seriedad poco habitual. El viento le movía un mechón rebelde sobre la frente; no intentó apartarlo.
—A mí sí me importa.
Emma soltó una risa seca.
—Eso lo dices ahora. Pero si no voy, que Dios me ampare, porque tu madre será capaz de enviarme un médico, una matrona y un sacerdote para comprobar si he cometido todos los pecados imaginables antes del desayuno.
Charles volvió a reír, aunque con menos ligereza.
—No estás embarazada, Emma. No hay nada que temer.
—¡Tú no conoces el poder de una madre aristócrata ofendida! Esa mujer sería capaz de inventarme un pecado y luego exigir que lo confesara con buena postura.
Charles le tomó los hombros. Sus manos, firmes y cálidas incluso a través de la tela, lograron detenerla. Emma alzó la mirada con el ceño fruncido, pero no se apartó.
—Vamos —dijo él con suavidad—. No es tan malo.
—Para ti no. Tú entrarás en Irlanda como un Donovan. Yo entraré como la muchacha que Londres cree encinta, pobre y demasiado insolente para saber cuándo callarse.
—Para ser justos, eso último sí es verdad.
Emma le golpeó otra vez el brazo.
—Charles.
—Está bien, está bien. Escúchame. Si la boda se hace en Irlanda, tu familia viajará con nosotros. Yo me encargaré del tren, del vapor desde Holyhead y de todo lo necesario después. Si María necesita cuidados, los tendrá. Si tu madre se preocupa por el gasto, no lo sabrá hasta que ya esté resuelto.
—No lo permitiría.
—Entonces tendré que convencerla con alguna mentira elegante.
—Mi madre detesta las mentiras elegantes. Las huele como si fueran leche quemada.
—Tendré que decirle la verdad, entonces. Que deseo que mi esposa se case con su familia presente. Que no tengo intención de arrancarte de ellos como si fueras una planta de maceta. Y que, aunque mi madre gobierne muchas cosas con solo levantar una ceja, no gobierna esto.
Emma lo miró sin saber qué hacer con aquella frase.
Durante un instante, el ruido de la calle pareció alejarse: los cascos de los caballos, el crujido de las ruedas, el pregón de un vendedor, el murmullo de Londres latiendo alrededor de ellos.
Solo quedó Charles, demasiado guapo para ser prudente, demasiado sincero para resultar seguro.
—¿Cuándo aprendiste a decir cosas decentes? —preguntó ella.
—No lo divulgues. Arruinaría mi reputación.
Emma apartó la mirada antes de sonreír.
—Seguro tu madre piensa enseñarme modales.
—Tal vez.
—Mi madre fue institutriz de tus primas.
—Precisamente por eso quizá crea que necesitas ayuda.
Mira el resultado: Katherine amenaza a su marido por caballos negros, Elizabeth gobierna casas ajenas por puro hábito, Annabella puede destruir a un hombre con una sonrisa, y Marinett se burla incluso cuando está leyendo la Biblia.
Según mi madre, eso no habla muy bien de la instrucción recibida.
Emma abrió la boca, indignada, aunque los ojos le brillaban de risa.
—¡Bah! ¡Mis enaguas!
—Sí. Esa sería una de las expresiones que intentaría corregir.
—No me saques de casa y listo.
—Sabes bien que no es posible.
Emma echó la cabeza hacia atrás con un gemido melodramático.
—Dios, ¿por qué un conde? ¿No podías ser lacayo? ¿Cochero? ¿Soldado raso? Algo manejable, por amor de todos los santos.
—Soy soldado.
—No cuenta. Tienes rango de teniente y apellido para que medio regimiento te haga reverencias hasta cuando estornudas.
—Eso es una exageración.
—Eso es Inglaterra.
Charles sonrió. Había algo en Emma que lo desarmaba sin pedir permiso.
Su forma de decir verdades con la misma naturalidad con que otras mujeres acomodaban flores en un jarrón; esa manera de convertir una tragedia social en una burla y una burla en una pregunta demasiado honda.
A ratos era tormenta; a ratos, casa. Y él, que siempre había preferido el camino contrario a cualquier lugar donde lo esperaran, comenzaba a encontrar inquietante aquella sensación.
—¿Qué haces? —preguntó él de pronto—. ¿Has venido a pie?
Emma abrió mucho los ojos, con una inocencia tan falsa que resultaba casi admirable.
—No. Vine en un pegaso diminuto. Déjame llamarlo, quizá esté pastando detrás de los setos.
—Ven, vamos a mi carruaje.
—Gracias, buen caballero. Se os agradecerá con un beso.
—Guárdatelo.
—¿Por qué? ¿No te resulta agradable?
—Porque siempre que dices eso me lames la mejilla.
Emma rio como una niña pequeña y caminó por delante de él. La risa le sacudía los hombros, le iluminaba la nuca bajo el ala del sombrero y le daba a todo su cuerpo esa frescura indomable que parecía pertenecer más al viento que a la sangre.
Era normal en ella esa ligereza. Emma era una ráfaga que entraba por las ventanas, aunque estuvieran cerradas; una marea alta golpeando el muelle; un ave empeñada en volar contra el clima.
Charles llevaba años creyendo conocer cada gesto suyo: la mueca con que se preparaba para reñirlo, la forma en que apretaba los labios antes de no mentir, el brillo insolente que le nacía en los ojos cuando decidía no dejarse herir.
Pero no siempre había sido solo eso.
Mientras la seguía hacia el carruaje, un recuerdo antiguo le cruzó la memoria con la violencia de un fósforo encendido en una habitación oscura.
Emma, más joven, con el aliento entrecortado y la mirada demasiado valiente.
Su boca contra la de él. Un beso real. No una burla, no un desafío, no un accidente de juegos infantiles.
Un beso que lo había tomado por sorpresa y, peor aún, lo había hecho olvidar que debía apartarse.
La había deseado entonces con una intensidad absurda, peligrosa, impropia de la amiga que corría por Bermont House junto a sus primas y se sentaba en el suelo a leer periódicos que no debía. Le había costado enterrar aquella memoria bajo años de confianza, bromas y prudente indiferencia.
Pero el recuerdo seguía ahí.
No muerto. Solo dormido.
Emma se volvió antes de subir al carruaje y le ofreció una sonrisa ladeada, viva, inconsciente del incendio pequeño que acababa de despertar en él.
Charles sostuvo la portezuela abierta.
Solo hacía falta una chispa para que todo volviera a arder.