Siempre fuiste tú 4
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La última de las bodas.

Al menos, en la familia Bermont, así se repetía con una mezcla de alivio, escándalo y curiosidad morbosa.

Charles Donovan, el pelirrojo más despreocupado de toda Inglaterra, iba a casarse.

Y Londres, que podía fingir virtud durante el día y desabrocharse la moral al caer la noche, había decidido convertir aquel compromiso en su entretenimiento predilecto de la temporada.

Durante semanas se había hablado de él en los salones, en las escaleras de los teatros, en los paseos por Hyde Park y en esos carruajes donde las damas bajaban la voz solo para que el cochero pudiera escucharlas mejor.

Charles Donovan se casaba. El conde de Longford, el demonio pelirrojo, el hombre que nunca parecía pertenecer a ningún sitio salvo a su propio capricho, iba a permitir que una mujer le pusiera un anillo y un deber en la misma mano.

A Emma, por supuesto, la felicitaban como si hubiese cazado un ciervo en medio de una sala de baile.

«Encadenar a un noble no es cosa fácil», decían las lenguas más piadosas, que casi siempre eran las más crueles.

Otras, menos delicadas, no se molestaban en disimular: según ellas, si una mujer de nacimiento modesto lograba casarse con un conde tan rico y hermoso, solo podían existir tres explicaciones: brujería, embarazo o chantaje.

Emma empezaba a sospechar que muchas apostaban por las tres.

Aquella mañana terminó por confirmarlo en casa de lady Graham.

La invitación había llegado escrita con una cortesía tan empalagosa que Emma, apenas leerla, comprendió que no se trataba de un desayuno, sino de una emboscada.

Aun así, fue. Había aprendido de su madre que una mujer podía negarse a muchas cosas, pero jamás debía concederles a sus enemigas el placer de verla acobardada.

El jardín de lady Graham estaba dispuesto con una precisión casi militar: mesas cubiertas de lino blanco, porcelana azul, plata reluciente, fuentes de bollos tibios, mantequilla batida, mermeladas de grosella y una tetera que despedía un vapor perfumado a bergamota.

Las rosas trepaban por una pérgola cercana y el aire olía a azúcar, tierra húmeda y flores abiertas por el sol de la mañana.

Era un sitio hermoso; por desgracia, también estaba lleno de mujeres.

No de cualquier clase de mujeres.

Damas casadas. Viudas con demasiada memoria.

Esposas jóvenes que fingían escándalo con la misma habilidad con que ocultaban sus propios pecados.

Matronas octogenarias que, bajo sombreros inmensos y encajes severos, conservaban el apetito feroz del cotilleo.

Todas ellas, por una u otra razón, habían acudido a estudiar a Emma Sellers como quien examina una pieza extraña antes de decidir si debe admirarla, comprarla o romperla.

A Emma la situación le pareció tan ridícula que casi se sintió en paz. Casi.

—Y dime, querida —comenzó lady Mariott, removiendo el té con una lentitud calculada—, ¿van bien los preparativos de la boda?

Emma tomó su taza con ambas manos. La porcelana estaba caliente y lisa contra sus dedos.

—Muy bien, lady Mariott. No tengo queja alguna.

—¿Pagarán ustedes? —preguntó de pronto lady Prescott, con una expresión de horror tan perfecta que debió de haberla ensayado frente al espejo—. Lo digo porque lady Bermont es bastante excéntrica y, según tengo entendido, muy detallista con las bodas de sus nietos.

El comentario cayó sobre la mesa como una cucharilla arrojada al suelo.

Emma sintió el pinchazo exacto de la humillación.

No era la primera vez que le recordaban que su familia no podía comprar una boda digna de un conde.

Tampoco sería la última. Aun así, algo dentro de ella se tensó, fino y peligroso, como una cuerda de violín a punto de romperse. Sonrió.

—No creo que eso sea de importancia, lady Prescott. Nos casamos.

Las mujeres intercambiaron miradas con el entusiasmo silencioso de quien acaba de oler sangre.

—¡No me diga que no habrá fiesta! —exclamó lady Amelia, abanicándose con más fuerza de la necesaria.

Emma las observó durante un segundo. Los sombreros floridos, los guantes claros, los labios apretados, los ojos atentos. Todas esperando que ella se encogiera, que pidiera perdón por existir demasiado cerca de un título que no le pertenecía aún.

En lugar de eso, se echó a reír.

No una risa discreta, ni educada, ni de esas que una señorita ofrecía como limosna social. Rio de verdad. Con ganas. Con la cabeza un poco hacia atrás y los ojos brillantes por una lágrima de diversión.

—Dios santo, hubieran visto sus caras —dijo, limpiándose el rabillo del ojo—. Tranquilas, la fiesta la paga Charles. Si lo que les preocupaba era su asistencia, pueden respirar en paz.

—No debería hablar con tanta ligereza —sentenció lady Melody, frunciendo el ceño.

—¿Por qué no? —Emma dejó la taza en el plato con un sonido delicado—. ¿No era eso lo que deseaban escuchar?

—¡Desde luego que no, miss Sellers!

—Pues lo parecía.

Lady Prescott se inclinó con una sonrisa de misericordia venenosa.

—Lo que parece, es que a usted solo le interesa el dinero del conde.

Emma arqueó una ceja. Aquello, por alguna razón, la divirtió más que cualquier otra ofensa del día.

—¿Y sería mentira si lo dijera?

Varias damas ahogaron un jadeo.

—Piénsenlo —prosiguió Emma, acomodándose mejor en la silla—. Charles es obscenamente rico, podrá mantenerme como a una reina, es joven, es guapísimo y, para desgracia de muchas, me encuentra tolerable. Si alguna de ustedes estuviera en mi lugar, ¿no consideraría al menos la conveniencia del asunto?

—¡Cielo santo! —lady Amelia agitó su abanico de París como si necesitara aire para sobrevivir.

Emma se inclinó apenas sobre la mesa. Sus ojos verdes, claros y vivos, recorrieron los rostros encendidos de las mujeres.

—Además, Charles es encantador. Y me han dicho que es muy bueno en... —cerró los ojos, fingió buscar una palabra decente y se encogió de hombros—. Bueno, ya saben.

—¡Por los cielos! —lady Prescott se puso de pie de un salto—. Nunca en mi vida había oído a una joven ser tan desvergonzada.

—Pareciera que no es usted doncella —murmuró una viuda desde el extremo de la mesa, con una voz tan afilada que habría cortado encaje.

Emma ladeó la cabeza.

—¿Doncella? Ah. Virgen.

Una de las ancianas resopló con tal escándalo que el mayordomo, situado junto a la puerta del jardín, dio un paso adelante por si alguien requería sales aromáticas.

—¿Qué? —preguntó Emma, genuinamente impresionada por el efecto causado—. No pensé que una palabra que toda mujer casada comprende pudiera provocar semejante tragedia.

—No se trata de comprensión, miss Sellers —dijo lady Mariott, rígida como un retrato—. Se trata de decoro. Hablar de esa forma no ayuda a defender su pureza.

Emma soltó un suspiro y miró la fuente. El agua caía con un murmullo fresco, indiferente a la moral de las damas. Alrededor, las rosas parecían exhalar perfume con una insolencia que nadie se atrevía a reprenderles.

—¿Y qué más da? —preguntó al fin—. De todas formas, medio Londres piensa que espero el primer hijo del conde.

—¡Eso quiere decir que es verdad! —exclamaron varias voces.

Ahí estaba.

Emma apoyó ambos antebrazos sobre la mesa. Las damas se inclinaron sin darse cuenta; incluso las que fingían horror aguzaron el oído. Era evidente que todas deseaban llevarse la primicia antes de que el cochero terminara de acomodar los caballos.

Emma sonrió con dulzura.

—No.

El silencio fue magnífico. Se puso de pie, tomó los guantes y alisó la falda de su vestido con una parsimonia casi reverente.

—Ha sido divertido estar con ustedes. No volveré a tomarme estas reuniones tan a pecho; son muchísimo más entretenidas cuando una comprende que no ha venido a beber té, sino a alimentar buitres.

Las mujeres la miraron marcharse con las bocas abiertas, los abanicos inmóviles y la dignidad profundamente herida.

—No puedo creer que mi Charles vaya a casarse con esa... vulgar —siseó lady Prescott apenas Emma cruzó la puerta acristalada.

—Un hecho inexplicable —convino lady Mariott.

—Aunque habla con demasiada soltura de los asuntos matrimoniales —murmuró otra.

—¿No será que...?

Emma escuchó el inicio de la frase y sonrió mientras recibía su chal de manos del mayordomo. Aquellas mujeres podían fingir escándalo cuanto quisieran: no había criatura más feliz que una dama respetable frente a un pecado ajeno.

Abrió la puerta de entrada por sí misma, decidida a marcharse con toda la dignidad que aún le quedaba.

La dignidad duró tres escalones.

En el cuarto, el bajo de su falda se enganchó con una irregularidad de la piedra y Emma tropezó.

No cayó de bruces solo porque tuvo el instinto de apoyar una mano en el escalón inferior.

El mayordomo corrió a socorrerla, pero se detuvo cuando la risa de la joven estalló en el aire claro de la mañana.

—¡Y yo que pretendía salir tan airosa!

Otra risa se mezcló con la suya. Grave, cálida, insoportablemente familiar.

Charles Donovan se acercaba desde el costado de la entrada, con una mano extendida hacia ella y una sonrisa que le encendía la cara de pícaro.

El sol le golpeaba el cabello, volviéndolo de un rojo casi indecente contra la sobriedad de la calle.

—Siempre en el suelo, miss Sellers.

Emma, aún sentada en el escalón, alzó la vista y aceptó su mano.

—La perspectiva desde aquí no es tan mala. Te ves más guapo.

—Claro. Porque el sol no te deja ver nada más que una sombra negra.

—Precisamente por eso te lo digo.

Charles tiró de ella con facilidad. Emma se puso en pie, sacudiéndose la falda llena de polvo. El gesto habría sido humilde de no ser por la forma altiva en que levantó la barbilla después, como si el escalón hubiese sido quien debía disculparse.

—¿A qué debo tu presencia? —preguntó, entrecerrando los ojos.

—Querida, vine a recogerte en cuanto supe de tu invitación.

—Si viniste para evitar que te avergonzara, llegas tarde.

—¿Antes de tu caída ya te habías puesto en vergüenza?

Emma le dio un puñetazo en el brazo.

—Digamos que di de qué hablar.