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—Pienso que la costumbre…
—No, Emma. Dime qué pasará si te engaña. Si vuelve tarde oliendo al perfume de otra mujer. Si te sonríe como si nada y tú tienes que fingir que no te rompe por dentro. No quiero verte llorar. No quiero verte perder un niño por tristeza, ni convertirte en una sombra para conservar un apellido.
Emma cerró los ojos un instante. El miedo tenía olor: frío, metal, lluvia antes de caer. Lo sintió en la boca.
—Sé a lo que voy.
—No lo sabes. Nadie lo sabe hasta que está dentro.
—Charles no haría algo así.
—¡Es Charles! —exclamó Elizabeth, desesperada—. Es un idiota encantador, que es la peor clase de idiota.
—Elizabeth.
—Emma, por favor.
La rubia respiró hondo. Cuando habló, su voz salió más baja, casi rota por la necesidad de convencerse a sí misma.
—No me queda de otra. ¿Comprendes? Es lo mejor que pudo pasarme. No me quedaré soltera toda la vida. Por lo menos él me aprecia como amiga. Eso debe bastar.
Elizabeth negó lentamente.
—No bastará.
—Tiene que bastar.
Las dos guardaron silencio. Ninguna quería seguir hasta hacerse daño.
El jardín quedó lleno de sonidos pequeños: el roce de las hojas, la risa lejana de los niños, el crujido de la grava bajo el paso de la nana.
Emma entendía la preocupación de su amiga; ella misma tenía dudas, miedos, preguntas que no sabía formular sin que el pecho se le apretara.
Pero escucharlas en boca de otra persona las volvía más grandes, más reales. Y detestaba sentirse vulnerable.
La cena fue tranquila. Demasiado tranquila para el gusto de Emma, que echó de menos el desorden de su casa y las bromas escandalosas de Bermont.
Robert apareció en la mesa con cortesía irreprochable; habló poco, escuchó mucho y observó a Emma con una atención tan precisa que ella tuvo la certeza de que Elizabeth le había contado más de lo conveniente.
Los niños, agotados por el jardín, apenas resistieron hasta el postre.
Charles llegó por Emma justo a las nueve.
Su aparición en la casa Pemberton tuvo el efecto de una ventana abierta: entró con su abrigo oscuro, su cabello imposible y esa sonrisa que convertía cualquier sala respetable en un lugar menos obediente.
Saludó alegremente a Robert, hizo una reverencia exagerada a Elizabeth y regaló a sus sobrinos una promesa vaga de dulces que Lizzy desaprobó de inmediato.
Emma, al verlo, sintió una felicidad imprudente. Elizabeth la notó. También Charles.
—¿Sobreviviste? —le preguntó mientras la ayudaba a ponerse el chal.
—Apenas.
—Te dije que me deberías una.
—No empieces.
Él le ofreció el brazo y, por un instante, Emma olvidó todas las advertencias.
Olvidó la palabra engaño, la palabra soledad, la palabra costumbre.
Solo vio a su amigo de toda la vida esperándola junto a la puerta, con los ojos azules encendidos por una ternura que quizá no era amor, pero que se le parecía lo suficiente para hacer daño.
Cuando la casa Pemberton quedó en silencio y los niños estuvieron dormidos, Elizabeth pudo al fin deshacer el nudo de preocupación que llevaba todo el día oprimiéndole el pecho.
Robert la encontró en la habitación, de pie junto a la ventana. Había soltado algunas horquillas y su cabello rubio caía en ondas suaves sobre los hombros. La noche dibujaba su reflejo en el cristal.
—Sigues preocupada por Emma —dijo él.
No era una pregunta. Robert rara vez necesitaba preguntar para saber. Se acercó por detrás y depositó un beso en su hombro, sobre la piel tibia que el vestido de noche dejaba al descubierto. Elizabeth cerró los ojos un segundo.
—Sí —suspiró—. No dejo de pensar que algo saldrá mal.
—Yo la noté bastante tranquila, incluso feliz.
—Feliz, sí. Pero solo porque lo quiere. Cuando comprenda que las cosas son peores de lo que imagina…
Robert apoyó las manos en su cintura.
—Amor, ¿qué puedes hacer? Es su vida.
Elizabeth asintió, aunque la resignación no le sentaba bien.
—Lo sé. —Luego sonrió apenas—. ¿Sabes que piensa que no me amas?
Robert levantó la mirada, sorprendido.
—¿Por qué?
—Dice que eres frío y no me haces caso.
Durante un segundo, Robert la observó con absoluta seriedad. Después soltó una carcajada baja, incrédula, que le suavizó el rostro de una manera que Emma jamás habría reconocido.
—Si supiera que no hay noche en que no quiera besarte hasta hacerte olvidar mi nombre.
—¡Robert!
—Ven.
Él le tendió la mano. Elizabeth la tomó gustosa y se sentó en el borde de la cama. Robert se arrodilló frente a ella, con una solemnidad casi reverente, y le besó los dedos.
—Sabes que te amo, ¿cierto?
—Sí —respondió ella, aunque la sonrisa le tembló en los labios—. Pero no está mal que me lo recuerdes.
Robert la miró con intensidad reservada que le pertenecía a ella.
—Concedido.
Se incorporó y la besó en los labios con una dulzura lenta, profunda, como si no hubiera prisa en el mundo fuera de aquella habitación.
Elizabeth sonrió contra su boca, y él, al sentirlo, volvió a besarla; esta vez con la certeza tranquila de un hombre que no necesitaba demostrar su amor ante nadie, porque lo había entregado entero en privado, noche tras noche, en los lugares donde las apariencias no podían entrar.
Afuera, Londres seguía respirando carbón y niebla.
En alguna calle, un carruaje llevaba a Emma de regreso a casa junto al hombre que la hacía reír y temblar al mismo tiempo.
En otra habitación, Elizabeth cerraba los ojos entre los brazos de su esposo y rogaba, con una fe silenciosa, que su amiga no hubiese elegido la oscuridad creyendo que allí encontraría luz.