Siempre fuiste tú 3 #3
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—Ah, ya entiendo —asintió Charles—. Quiere convencerte de que huyas antes de que sea demasiado tarde.

Emma sonrió.

—Algo parecido.

—Te deseo la mejor de las suertes. Probablemente será la experiencia más enfadosa de tu vida.

—Ya lo creo.

—Es culpa tuya por quererla tanto.

—Sí, claro. Ese es el problema.

—¡Emma! —llamó Elizabeth desde el carruaje—. ¡No pienso esperarte toda la noche!

—¡Voy!

Emma miró a Charles. Él se inclinó con esa galantería peligrosa que no necesitaba tocar para parecer indecente.

—Veamos qué tiene que decir de mí —dijo ella.

Charles acercó los labios a su oído.

—Sabemos que tiene bastante material.

El aliento de él rozó la piel bajo el borde de su sombrero.

Emma sintió un estremecimiento descenderle por el cuello antes de que pudiera reprenderse por ello.

Charles, cruelmente consciente del efecto, depositó un beso leve en la delicada curva junto a su oreja y luego otro, apenas más abajo, donde el pulso traicionaba lo que la boca pretendía negar.

Emma se apartó y le golpeó el brazo con el abanico.

—Eres un canalla. Aléjate de tu novia hasta la boda, sinvergüenza.

—Sinvergüenza, dices —repitió él, llevándose una mano al pecho—. Dios me ampare con esta mujer.

Ella le lanzó una última mirada acusadora y caminó hacia el carruaje. Elizabeth, que había visto demasiado y aprobado muy poco, murmuraba ya una serie de condenas contra su primo.

—Te recogeré a las nueve —gritó Charles—. Y me deberás una por rescatarte de Elizabeth.

—¡Blasfemo! —le espetó Lizzy desde el estribo.

Charles pareció extraordinariamente satisfecho con la ofensa.

Emma subió al carruaje riendo, aunque la risa se le fue apagando conforme las ruedas comenzaron a rodar sobre el empedrado. La noche londinense olía a carbón, a lluvia vieja y a caballos cansados. Elizabeth no habló durante los primeros minutos. Eso, en ella, era más alarmante que cualquier sermón.

La casa Pemberton se alzaba en una calle amplia, sobria y respetable, con una fachada severa que parecía desaprobar hasta los pensamientos.

Emma descendió del carruaje y miró la mansión de su amiga con una incomodidad que nunca había logrado vencer del todo.

Lord Pemberton —Robert para los suyos, un hombre casi glacial para los demás— la aterrorizaba de una manera silenciosa.

No porque hubiera sido descortés con ella; al contrario, siempre era impecablemente correcto.

Era peor: parecía capaz de medir a una persona de pies a cabeza en un segundo y guardarse el veredicto.

A veces Emma se preguntaba si Elizabeth era feliz.

Robert no se parecía a Adam, que podía discutir con Katherine sobre caballos y aun así mirarla como si el mundo empezara y terminara en sus pecas.

Tampoco a James, el marido de Marinett, quien no ocultaba el amor que sentía por su esposa.

Robert, en cambio, rara vez demostraba afecto en público.

En bailes y cenas solían estar separados, cada uno en su círculo de conversación, como dos piezas de un mismo tablero que no necesitaban tocarse para saber dónde estaba la otra.

Tal vez, pensó Emma, Elizabeth quería hablar de eso. Tal vez su matrimonio no era lo que todos creían. Tal vez aquella preocupación por Charles escondía otra herida.

—Emma, ¿me estás escuchando?

—¿Qué? No.

—Lo sabía. Deja de distraerte. Estoy intentando hablar contigo.

—Sí, claro. Oye… ¿tu marido está en casa?

Elizabeth frunció el ceño.

—Es su casa. Por supuesto que está en ella.

—¿No es de los que salen con frecuencia?

—Por trabajo, a veces. Normalmente está en casa.

—¿En serio? Entonces, ¿por qué vas sola a tantas fiestas?

Elizabeth rodó los ojos y agitó una mano en el aire.

—Robert detesta las fiestas. Siempre busca evitarlas.

Emma guardó sus preguntas para después. Era evidente que también podía incomodar a su amiga, y aquello, aunque quizá no fuese noble, resultaba útil.

El mayordomo abrió la puerta. Elizabeth entregó su chal y su bolsita con el gesto automático de una mujer habituada a ser obedecida.

Emma hizo lo mismo, observando el interior de la casa.

La mansión Pemberton era hermosa, sin duda, pero silenciosa.

Allí no había carreras infantiles en los corredores, ni voces que escaparan de la cocina, ni el olor a especias de Carlota Sellers.

Había cera de muebles, flores y un orden tan perfecto que casi parecía frío.

—Martin, ¿dónde están los niños? —preguntó Elizabeth.

—El señorito Archibald está con su señoría en el despacho, milady. La señorita Sophia y el señorito Malcolm se encuentran en el jardín.

—Bien, gracias.

Elizabeth tomó la mano de Emma y la encaminó por el pasillo.

—Ven. Avisaremos a Robert que he llegado.

—¿Por qué voy yo?

—Es de mala educación dejar sola a una visita.

—Ajá. Siempre me has dejado sola.

Elizabeth la ignoró con absoluta serenidad y abrió la puerta del despacho de su marido sin llamar.

Por fortuna, Robert estaba solo, salvo por Archibald, un niño de rostro serio que abandonó el escritorio de su padre para besar primero la mejilla de su madre y luego saludar a Emma con una inclinación pequeña y muy formal.

—Ve con tus hermanos, Archie —le dijo Elizabeth—. Y diles que no quiero tierra en las habitaciones otra vez.

—Sí, madre.

El niño salió. Emma permaneció en el umbral, observando el despacho.

Había mapas, cartas dobladas, documentos con sellos oficiales y varios periódicos abiertos sobre la mesa.

En uno de ellos alcanzó a leer una columna sobre Irlanda antes de que Robert apoyara la mano sobre el papel y lo apartara sin levantar la vista.

Él estaba inclinado sobre su trabajo, alto, oscuro, impecable.

A su lado, Elizabeth parecía verano junto a una ventana cerrada en invierno.

—Hola, amor. Ya llegué.

Elizabeth se acercó y besó la mejilla de su marido. Robert no levantó la cabeza, aunque la pluma se detuvo un instante entre sus dedos.

—¿Cómo te fue?

—Bien. He invitado a Emma a cenar. ¿Está bien?

—Como gustes, Elizabeth.

—Muy bien. Iremos al jardín por si me necesitas.

Elizabeth se apartó y tomó otra vez la mano de Emma. Cuando salieron del despacho, Emma miró de reojo a su amiga, esperando quizá una explicación. No la obtuvo.

El jardín de los Pemberton, a diferencia del de Bermont, tenía una belleza más calculada.

Rosales claros, senderos limpios, bancos colocados con simetría.

Sophia y Malcolm corrieron hacia su madre al verlas, se colgaron un momento de sus faldas y luego regresaron a sus juegos bajo la vigilancia de la nana.

Elizabeth los siguió con una mirada tan suave que Emma sintió una punzada de culpa por haber dudado de su felicidad.

Caminaron tomadas del brazo, como cuando eran más jóvenes y fingían no mirar a los caballeros que pasaban por los parques.

—Lord Pemberton parece un hombre ocupado —dijo Emma al fin.

—Lo es.

—No parece hacerte mucho caso.

Elizabeth giró la cabeza, sorprendida.

—¿A qué viene eso?

—Vamos, lo he visto. Ni siquiera levantó la vista cuando llegaste.

—Estaba ocupado.

—Quizá. Pero cuando Katherine entra en el despacho de Lord Wellington, él siempre le presta atención.

Elizabeth sonrió.

—Emma, son diferentes. Además, nadie puede ignorar a Katherine. Ni siquiera Dios cuando ella decide discutirle algo.

En eso tenía razón, pero Emma no quedó satisfecha.

—¿Duermen juntos todas las noches?

—¡Por Dios, Emma! —Elizabeth se puso roja hasta las orejas—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una bastante directa. ¿Es así?

Elizabeth miró al frente, respirando para recuperar su dignidad.

—Sí.

—¿En serio?

—Sí, Emma. Es mi esposo, tenemos tres hijos y… —se detuvo de pronto. La comprensión le iluminó el rostro—. Ah. Ahora entiendo a dónde quieres llegar.

—Solo quiero saber si te trata bien.

Elizabeth se detuvo y la enfrentó.

—Robert me ama.

—No lo demuestra delante de nadie.

—Porque no pertenece a nadie más que a mí cuando lo hace.

Emma parpadeó. Elizabeth bajó la voz.

—Sé que parece frío. Y lo es con casi todo el mundo.

Pero conmigo no. A solas, con nuestros hijos, en las cosas pequeñas que nadie ve…

es el mejor esposo y el mejor padre que pude encontrar.

Me escucha, me protege, me contradice cuando debo ser contradicha y me deja ganar cuando ambos sabemos que tengo razón.

Emma suspiró. Si Elizabeth lo decía con aquella seguridad, no había lugar para insistir. Tal vez el amor, pensó, no siempre se exhibía como los vestidos de baile. Tal vez algunos hombres lo guardaban en habitaciones cerradas, bajo llave, como documentos valiosos.

—Bien —cedió—. No me entrometeré.

—Gracias. Y ahora volvamos al motivo por el que estás aquí.

—Al igual que tú, no pienso discutir a Charles por el momento.

—Emma, esto no es una discusión cualquiera. Pareces dispuesta a recibir un disparo. Y esta vez no será tu brazo lo que saldrá herido, sino tu corazón.

Emma bajó la mirada. El recuerdo llegó con una nitidez amarga: el estampido, el dolor ardiente, la sangre manchándole la manga, Robert horrorizado al comprender que le había disparado por error.

Había sido otra historia, otro secreto, otro nombre que todavía prefería no pronunciar en voz alta.

Instintivamente se tocó el brazo y frotó la cicatriz bajo la tela.

—Estará bien. Aquella vez descubrimos que soy indestructible.

—No es gracioso.

—Un poco sí.

—Dime por qué lo decidieron. Fue de la nada.

Emma levantó la vista hacia los árboles. La noche empezaba a caer entre las ramas, azul y espesa.

—Porque soy una mujer mayor a ojos de la sociedad, porque no tendré muchos prospectos en adelante y porque Charles debe casarse. Así que, listo. Una mutua conveniencia.

—Es una locura.

—Tú tampoco te casaste en circunstancias precisamente normales.

—No estamos hablando de mí.

—No, claro. Estamos hablando de que dos adultos han tomado una decisión que beneficiará a ambos.

Elizabeth la miró con tristeza.

—Pero tú lo quieres.

—Eso es un bono.

—No cuando él no te corresponde.

La frase cayó entre ellas con una crueldad involuntaria.