Siempre fuiste tú 3 #2
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3 #2

Salieron al jardín. El aire de la tarde los recibió con un frescor de hojas, agua de fuente y piedra calentada durante el día.

Bermont House quedaba a sus espaldas, con los ventanales encendidos por el sol poniente, y delante se extendían senderos de grava clara, rosales podados, setos ordenados con severidad inglesa y un cenador cubierto de hiedra.

Emma respiró con hondura. En su casa los jardines eran pequeños, útiles, más dados a la hierbabuena y las macetas de cocina que a la ostentación de los parterres.

Allí, en cambio, hasta las flores parecían haber recibido educación.

Caminaron un rato en silencio. Era un silencio extraño. Entre ellos, el silencio solía estar lleno de confianza, de recuerdos compartidos, de bromas no dichas; pero aquel pesaba de otra manera, como si algo hubiese decidido sentarse entre los dos.

Emma fue la primera en romperlo.

—Nunca había sido tan silencioso caminar contigo.

Charles sonrió, aunque no con su habitual descaro.

—Tengo preguntas.

—Pues hazlas.

Él señaló una banca de madera bajo un castaño. Emma se sentó primero; Charles lo hizo a su lado, a la distancia conveniente, aunque sus rodillas casi se rozaron. Durante un instante observó el jardín como si buscara allí la forma correcta de empezar.

—¿Dónde está tu padre? —preguntó al fin—. No lo vi en la fiesta de María y ustedes nunca lo mencionan.

La pregunta no pareció herirla, pero sí la volvió quieta. Emma entrelazó los dedos sobre el regazo y miró hacia las flores de alhelí, que temblaban apenas con el viento.

—Nos dejó cuando yo tenía catorce años.

Charles apartó la vista. La respuesta tenía la sequedad de las cosas que han sido lloradas hace mucho y que, por pudor, ya no se adornan.

—¿A qué se dedicaba?

—Al comercio. Importación, contratos, almacenes. Dinero suficiente para creerse superior a quienes lo ganaban con las manos, pero no tanto como para que la aristocracia lo perdonara por haber nacido fuera de ella.

Charles apretó los labios. Recordó la velada de la noche anterior: la mesa modesta, el pastel de frambuesas, los niños amontonados alrededor de María, la risa de Carlota llenando la casa como una chimenea encendida.

Había sido una de las celebraciones más cálidas que había conocido, precisamente porque carecía de esa pretensión agotadora con que su mundo envolvía hasta los gestos más sencillos.

Pero también había visto lo que Emma intentaba ocultar: remiendos discretos, muebles gastados, vestidos cuidados hasta el límite, una economía sostenida por amor y terquedad.

—¿Les ayuda? —preguntó—. ¿Solventa algún gasto?

Emma dejó escapar una pequeña risa sin alegría.

—Hacemos lo necesario para salir adelante sin él.

—Emma…

—Charles, no es relevante lo que mi padre hizo o dejó de hacer.

—Lo es si te afecta.

Ella lo miró. Sus ojos claros, que en la infancia podían parecer transparentes, tenían ahora una firmeza que no concedía lástima.

—Bien. Mi padre era un comerciante rico.

Se enamoró de mi madre cuando ella apenas comenzaba a trabajar como institutriz.

A él le irritaba que una esposa suya trabajara; a mi madre le irritaba que un hombre creyera tener derecho a decidir qué debía hacer con su vida.

Yo llegué a Bermont con ella, porque fue institutriz de tus primas.

Crecí corriendo por estos pasillos, robándoles cintas a Annabella y peleando con Katherine por cualquier tontería. Eso es todo.

—¿Y por eso nunca hablaste de tu familia?

—No hablé de mi familia porque tú jamás preguntaste —respondió sin crueldad, pero sin suavizarlo—.

No hay trampas, Charles. No hay un secreto terrible esperando bajo la alfombra.

Somos una familia acostumbrada a trabajar, a remendar, a cocinar, a llevar cuentas, a ensuciarnos las manos. Y no tengo por qué avergonzarme de eso.

—No he dicho que debas hacerlo.

—No. Pero casi todos los de tu mundo lo piensan antes de decirlo.

Charles la tomó por los hombros con una suavidad que contrastó con la tensión de su mandíbula.

—Yo no soy todos los de mi mundo.

Emma lo sostuvo con la mirada un segundo más. Luego exhaló, como si acabara de soltar una cuerda demasiado tensa.

—Ya lo sé. Ese es precisamente el problema contigo.

—¿Que soy excepcional?

—Que eres irritante incluso cuando tienes razón.

Él sonrió. Ella también, a su pesar.

El silencio volvió, aunque esta vez menos áspero. Emma miró al frente, aparentemente interesada en las flores que se abrían junto al sendero, pero Charles conocía demasiado bien esa expresión: su cabeza estaba a varias millas del jardín.

—¿Estamos haciendo lo correcto? —preguntó de pronto.

Charles fijó la vista en ella. La pregunta, dicha con tanta calma, tuvo el efecto de una mano fría en la nuca.

No era la primera vez que el matrimonio aparecía entre ellos como un acuerdo razonable, casi práctico; pero allí, bajo la luz decaída de la tarde, parecía algo más grave. Un puente quizá. O una caída.

—Somos amigos de toda la vida —dijo él—. Podremos lograrlo.

—No es lo mismo.

—¿Qué cosa?

—El matrimonio. En el matrimonio intervienen otras cosas. El cuerpo. La convivencia. Los hijos. Los silencios. Las heridas que una no sabe que tiene hasta que alguien duerme al otro lado de la cama.

Charles se quedó inmóvil. Por un instante la máscara del libertino cayó lo suficiente para mostrar al hombre que había debajo: atento, preocupado, casi vulnerable.

—Te aseguro que no tendremos que preocuparnos.

Emma frunció el ceño. No era la primera vez que él decía algo parecido. Había una puerta cerrada detrás de esas palabras, y Charles, que abría todas las que le convenían, mantenía esa con llave.

—¿A qué te refieres?

Él inhaló despacio, como si estuviera a punto de revelarle algo que llevaba demasiado tiempo guardado.

—Emma, yo…

—¡Ahí están! —llamó una voz desde el sendero.

Elizabeth apareció entre los rosales, impecable en su vestido claro, con una sonrisa dulce que no engañó a ninguno de los dos. Los miraba de una forma extraña, demasiado atenta, como si hubiera alcanzado a ver más de lo que debía.

—La comida está servida —anunció—. Y la abuela empieza a impacientarse.

Emma se levantó. Charles hizo lo mismo con menos prisa.

No estaba satisfecho; la conversación había quedado suspendida como una cuchilla fina sobre sus cabezas.

Él sabía que Emma no le ocultaba nada por malicia, pero también sabía algo peor: él sí tenía cosas que ocultar.

Y pronto, una a una, comenzarían a alcanzarla.

Regresaron a la casa en silencio. Antes de entrar al comedor, Elizabeth tomó a Emma de la muñeca con una delicadeza que no aceptaba resistencia y la separó del brazo de Charles.

Él se volvió, confundido.

—¿Me la permites? —preguntó Elizabeth con una sonrisa de ángel.

—No.

—Gracias, Charles. Te la devolveré en un momento.

Y, sin más, tiró de Emma hacia el corredor lateral.

—Elizabeth —protestó Emma, soltándose apenas estuvieron lejos del comedor—, ¿me puedes decir qué sucede?

Lizzy se detuvo. Había perdido la sonrisa. Bajo la luz más tenue del pasillo, su belleza rubia parecía menos de porcelana y más humana: cansada, preocupada, atravesada por un temor sincero.

—Voy a enloquecer. Dime la verdad: ¿estás bien con esta boda?

—¿Qué?

—Sé que siempre lo has querido, Emma. Lo sé mejor que nadie. Pero es Charles. A lo que me refiero es… ¡es Charles!

Levantó las manos al cielo con tal dramatismo que Emma no pudo evitar arquear una ceja.

—Sé quién es Elizabeth.

—Charles es un libertino, boca suelta, cabeza de chorlito y arrogante hasta la médula.

Emma soltó una carcajada.

—Todos los hombres son arrogantes hasta la médula. Y, pese a lo que crees, Charles no es tan terrible como parece.

Elizabeth la miró con esa ternura desesperante que las personas reservan para quienes consideran a punto de cometer una desgracia.

—Ven a mi casa después de comer. Necesitamos hablar.

—Qué curioso. Por alguna razón siento que esa conversación pretende acabar con mi matrimonio antes de que empiece.

—En cierta forma, sí —admitió Lizzy sin vergüenza—. Quiero asegurarme de que no entras a ciegas. Yo misma te revelaré todo lo negativo de Charles y, si aun así insistes…

—No necesito que me lo reveles —la interrumpió Emma—. Ya lo sé. Lo que ocurre es que tú no lo comprendes del todo. Charles y yo sabemos lo que hacemos.

—De todas formas vendrás conmigo.

Emma dejó caer la cabeza hacia atrás con un suspiro.

—¿Tengo opción?

—¿Acaso no me conoces?

—Bien —gruñó—. Iré.

—Lo sé —respondió Elizabeth con petulancia.

Lizzy regresó al comedor delante de ella.

Emma se quedó un instante en el corredor, oyendo el murmullo de voces al otro lado de la puerta.

Comprendía la preocupación de su amiga. Elizabeth siempre había querido que ella y Charles terminaran juntos, pero no así.

No por arreglo. No por conveniencia. No con Emma amándolo en secreto y Charles creyendo que le ofrecía una solución elegante.

Pero Emma había dado su palabra.

Y para ella, la palabra era lo único que una persona podía conservar cuando el mundo le quitaba lo demás.

La comida transcurrió entre bromas, reproches y miradas demasiado curiosas.

Violet fingió no dirigir la conversación hacia la boda cada vez que podía; Annabella habló de flores; Marinett sugirió colores; Katherine, aún contrariada por el caballo negro, anunció que un matrimonio sin discusión diaria era una institución sospechosa.

Charles sobrevivió con una mezcla de encanto y descaro, y Emma descubrió, no sin preocupación, que empezaba a gustarle verlo allí, sentado entre los suyos, aceptado por aquellas mujeres que lo habían criado a fuerza de amor, gritos y amenazas veladas.

Cuando la tarde se apagó del todo, Emma se vio obligada a despedirse de su prometido. Charles había dado por sentado que la llevaría de vuelta a casa, pero Elizabeth ya la esperaba junto al carruaje con expresión de general victorioso.

—Lo siento —dijo Emma—. Elizabeth…